El surgimiento de la filosofía Reggio Emilia, en Italia, está marcada por un desasosiego anímico provocado por el caos de la Segunda Guerra Mundial. De esos momentos de desamparo emergieron muchas luces, pero entre ellas una particularmente brillante: crear una educación completamente distinta a la que se proporcionaba hasta ese momento y romper así con el trasfondo dramático de la posguerra. Reggio Emilia inaugura un hermoso futuro que incluye a los niños pequeños como “portadores de más de cien lenguajes”, como protagonistas y como seres capaces de negociar con todo lo que su ambiente les brinda.

La escuela fue desarrollada por Loris Malgaluzi, quien era maestro, y los padres de familia los pueblos alrededor de Reggio Emilia. El concepto fue planeado para niños de preescolar y preprimaria con un foco muy particular, que vale la pena resaltar por ser uno de las mejores ideas que ha tenido la educación desde ese entonces: el arte.

El arte como un medio, o un médium, más que como un producto para desarrollar creatividad. Los maestros enfocan su atención en lo que los niños están aprendiendo y pensando, y con base en esto, les proporcionan herramientas para hacer sus pensamientos visibles. Es decir, les permiten trazar su proceso cognitivo o emocional en un lenguaje artístico para que, terminada la pieza, puedan tener un “infográfico” de su propio cerebro y su proceso creativo. Le enseñan a los niños técnicas de arte para darles herramientas para expresar sus procedimientos mentales y entenderlos de una manera abierta.

Ser creativo es altamente valorado en la cultura de Reggio Emilia. Se otorga un espacio enorme para estudios de arte y galerías de exposición para los niños. Cada salón de clases tiene un pequeño estudio de arte conectado, donde abundan materiales accesibles a los niños. Cabe mencionar que los materiales son principalmente reciclados (cuentas de vidrio, tubos, cuencas, piezas de cerámica)  o elementos naturales (rocas, piedras, frijoles, semillas, flores secas), y los disponen de manera que sugieran una invitación para que cualquiera los use.

Las instalaciones están colmadas de juegos de luz que entra a través de agua de colores por las ventanas o de monedas que reflejan el sol, muros transparentes, sillas de distintas formas y tamaños. En fin, cada escuela diseña su invitación para que el niño o niña sienta que está en medio de y puede hacer uso del lenguaje del arte (que a su vez contiene mil lenguajes) para explicarse el mundo que lo rodea y poder comunicarse con él. Pocas escuelas pueden jactarse de un anti-método tan orgánico y saludable como Reggio Emilia, que desde su nacimiento no ha dejado de rendir frutos alrededor del mundo.

El surgimiento de la filosofía Reggio Emilia, en Italia, está marcada por un desasosiego anímico provocado por el caos de la Segunda Guerra Mundial. De esos momentos de desamparo emergieron muchas luces, pero entre ellas una particularmente brillante: crear una educación completamente distinta a la que se proporcionaba hasta ese momento y romper así con el trasfondo dramático de la posguerra. Reggio Emilia inaugura un hermoso futuro que incluye a los niños pequeños como “portadores de más de cien lenguajes”, como protagonistas y como seres capaces de negociar con todo lo que su ambiente les brinda.

La escuela fue desarrollada por Loris Malgaluzi, quien era maestro, y los padres de familia los pueblos alrededor de Reggio Emilia. El concepto fue planeado para niños de preescolar y preprimaria con un foco muy particular, que vale la pena resaltar por ser uno de las mejores ideas que ha tenido la educación desde ese entonces: el arte.

El arte como un medio, o un médium, más que como un producto para desarrollar creatividad. Los maestros enfocan su atención en lo que los niños están aprendiendo y pensando, y con base en esto, les proporcionan herramientas para hacer sus pensamientos visibles. Es decir, les permiten trazar su proceso cognitivo o emocional en un lenguaje artístico para que, terminada la pieza, puedan tener un “infográfico” de su propio cerebro y su proceso creativo. Le enseñan a los niños técnicas de arte para darles herramientas para expresar sus procedimientos mentales y entenderlos de una manera abierta.

Ser creativo es altamente valorado en la cultura de Reggio Emilia. Se otorga un espacio enorme para estudios de arte y galerías de exposición para los niños. Cada salón de clases tiene un pequeño estudio de arte conectado, donde abundan materiales accesibles a los niños. Cabe mencionar que los materiales son principalmente reciclados (cuentas de vidrio, tubos, cuencas, piezas de cerámica)  o elementos naturales (rocas, piedras, frijoles, semillas, flores secas), y los disponen de manera que sugieran una invitación para que cualquiera los use.

Las instalaciones están colmadas de juegos de luz que entra a través de agua de colores por las ventanas o de monedas que reflejan el sol, muros transparentes, sillas de distintas formas y tamaños. En fin, cada escuela diseña su invitación para que el niño o niña sienta que está en medio de y puede hacer uso del lenguaje del arte (que a su vez contiene mil lenguajes) para explicarse el mundo que lo rodea y poder comunicarse con él. Pocas escuelas pueden jactarse de un anti-método tan orgánico y saludable como Reggio Emilia, que desde su nacimiento no ha dejado de rendir frutos alrededor del mundo.

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