Un piano no es un objeto que pueda perderse inadvertidamente, sólo puede abandonarse. Por eso un piano olvidado y dejado a su suerte (a diferencia de un paraguas, por ejemplo) es un espectáculo que pocos llegan a ver en el curso de su vida, un fenómeno que refleja plenamente la melancólica belleza que habita en las cosas que han llegado a su fin. El fotógrafo y pianista Romain Thiery caza y fotografía estas rarezas; su serie de imágenes, una colección magnífica y fantasmal, se titula Requiem for Pianos.

“Siendo yo un pianista, la emoción me inunda cuando descubro un piano abandonado. Es la culminación de mi arte: mis dos pasiones se unen en un solo sentimiento”, explica el artista francés que durante más de cuatro años ha recorrido países como Francia, Bélgica, Italia, Ucrania, Alemania y Polonia en busca de pianos olvidados, frecuentemente dejados por sus dueños en casas y otros espacios que en algún momento fueron desertados. Thiery cuenta que esos pianos son, incluso, ignorados por los saqueadores que frecuentemente vacían estos lugares.

Las fotografías son profundamente íntimas y nos sitúan en estancias que cuentan historias propias: las cortinas manchadas, el papel tapiz que se desprende, las alfombras decoloradas, las lámparas rotas, sólo nos invitan a preguntarnos quién pasó por esa habitación, qué sucedió ahí y, sobre todo, por qué alguien abandonó un instrumento musical de ese tamaño y valor. Hermosos protagonistas de las imágenes, como personajes solitarios y dueños de una “arrogante belleza” (como diría Thiery), los pianos son capaces dejar el silencioso escenario en segundo plano a pesar del polvo que los cubre, sus teclas rotas o su falta de patas.

Los retratos de estos instrumentos dañados y viejos muestran una magnificencia que deja con una sensación sutilmente inquietante. Las imágenes de Thiery son un conjuro que hipnotiza y que le da vida a lo que ya no existe, a lo que ya no se habita y a lo que ya no hace música. Y es precisamente esa melodía muda, espectral, la que incita todas las posibles historias.

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 Imágenes: Romain Thiery

Un piano no es un objeto que pueda perderse inadvertidamente, sólo puede abandonarse. Por eso un piano olvidado y dejado a su suerte (a diferencia de un paraguas, por ejemplo) es un espectáculo que pocos llegan a ver en el curso de su vida, un fenómeno que refleja plenamente la melancólica belleza que habita en las cosas que han llegado a su fin. El fotógrafo y pianista Romain Thiery caza y fotografía estas rarezas; su serie de imágenes, una colección magnífica y fantasmal, se titula Requiem for Pianos.

“Siendo yo un pianista, la emoción me inunda cuando descubro un piano abandonado. Es la culminación de mi arte: mis dos pasiones se unen en un solo sentimiento”, explica el artista francés que durante más de cuatro años ha recorrido países como Francia, Bélgica, Italia, Ucrania, Alemania y Polonia en busca de pianos olvidados, frecuentemente dejados por sus dueños en casas y otros espacios que en algún momento fueron desertados. Thiery cuenta que esos pianos son, incluso, ignorados por los saqueadores que frecuentemente vacían estos lugares.

Las fotografías son profundamente íntimas y nos sitúan en estancias que cuentan historias propias: las cortinas manchadas, el papel tapiz que se desprende, las alfombras decoloradas, las lámparas rotas, sólo nos invitan a preguntarnos quién pasó por esa habitación, qué sucedió ahí y, sobre todo, por qué alguien abandonó un instrumento musical de ese tamaño y valor. Hermosos protagonistas de las imágenes, como personajes solitarios y dueños de una “arrogante belleza” (como diría Thiery), los pianos son capaces dejar el silencioso escenario en segundo plano a pesar del polvo que los cubre, sus teclas rotas o su falta de patas.

Los retratos de estos instrumentos dañados y viejos muestran una magnificencia que deja con una sensación sutilmente inquietante. Las imágenes de Thiery son un conjuro que hipnotiza y que le da vida a lo que ya no existe, a lo que ya no se habita y a lo que ya no hace música. Y es precisamente esa melodía muda, espectral, la que incita todas las posibles historias.

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 Imágenes: Romain Thiery