Es como la voz de un animal, ¿no es cierto?
Un gigantesco y solitario animal que grita en la noche.

-Ray Bradbury, “The Foghorn”

El 22 de junio del 2013, más de 50 barcos se reunieron en el Mar del Norte para tocar una pieza de música, marcando la desaparición del sonido de la sirena de niebla del paisaje litoral del Reino Unido. A la pieza se llamó “Réquiem por la sirena de niebla”, que fue ejecutada por tres orquestas de música, barcos en el mar y la bocina de niebla de Souter Lighthouse. Conducida y controlada desde la lejanía, la elegía surgió directamente de los barcos, que hicieron sonar sus cuernos a una partitura que duró 40 minutos y culminó en el rugido épico de la último gemido de la última sirena de niebla de Inglaterra.

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El sonido melancólico de una sirena de niebla es producto del ambiente por el que viaja; de esta suerte, la verdadera “compositora” del sonido es la propia niebla. Por los últimos 150 años, las sirenas (nótese el afortunado homónimo con las quimeras mitológicas) han avisado a los marinos sobre los peligros del mar durante condiciones de neblina, pero han sido gradualmente usurpadas por los radares GPS integrados a los barcos. Así, al igual que el primer faro del mundo arde en la historia de Alejandría, la última sirena de niebla resonará en la historia de Inglaterra.

Lise Autogena, una de las artistas detrás del Requiem, comentó:

Muy pronto la última de las sirenas de niebla alrededor de Inglaterra será retirada de servicio y su llamado familiar se convertirá sólo en un recuerdo. Pero una sirena distante siempre ha tenido algo de la cualidad de la memoria; su suave sonido melancólico siempre ha parecido venir a nosotros de un lugar perdido. El Foghorn Requiem será una última despedida a un sonido, y a la gente y al estilo de vida que representa.

Las también llamadas “bocinas de bruma” fueron acompañantes complementarias de los faros: si ellos, como decía Carlos Monsivais, “son los ojos de la noche”, ellas son la voz de la neblina, sin la cual los barcos navegan ciegos hacia arrecifes y costas invisibles. Pero su voz es más que un aviso simbólico, es un clamor que llega directo a las partes más profundas y desoladas de quien lo escucha.

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Spectrogram of the dying note of the foghorn ©Autogena & Portway 2013
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Necesitamos una voz que llame sobre las aguas, que advierta a los barcos; haré esa voz. Haré una voz que será como todo el tiempo y toda la niebla; una voz como una cama vacía junto a ti toda la noche, y como una casa vacía cuando abres la puerta, y como otoñales árboles desnudos. Un sonido de pájaros que vuelan hacia el sur, gritando, y un sonido de viento de noviembre y el mar en la costa dura y fría. Haré un sonido tan desolado que alcanzará a todos y al oírlo gemirán las almas, y los hogares parecerán más tibios, y en las distantes ciudades todos pensarán que es bueno estar en casa. Haré un sonido y un aparato y lo llamarán la sirena, y quienes lo oigan conocerán la tristeza de la eternidad y la brevedad de la vida. (Ray Bradbury, “La sirena”)

El Foghorn Requiem fue una de esas experiencias de tanta fuerza que puede vivirse aún ahora desde la lejanía, desde la imaginación y la retrospectiva. La sinfónica de metales tocó mirando al mar seguida de algo que la audiencia funeraria no podrá olvidar jamás: el sonido del Souter Foghorn tocando su última nota y sosteniéndola hasta agotar sus reservas de aire. “Mientras la reserva se vaciaba y la presión del aire bajó, la nota se deslizó hacia abajo, titubeó, se rompió y cayó en silencio”, reportó Sarah Angliss. “Este gesto final fue animalista, melancólico, como el último gemido de una bestia herida”.

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Imagen principal: Sam Underwood

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Es como la voz de un animal, ¿no es cierto?
Un gigantesco y solitario animal que grita en la noche.

-Ray Bradbury, “The Foghorn”

El 22 de junio del 2013, más de 50 barcos se reunieron en el Mar del Norte para tocar una pieza de música, marcando la desaparición del sonido de la sirena de niebla del paisaje litoral del Reino Unido. A la pieza se llamó “Réquiem por la sirena de niebla”, que fue ejecutada por tres orquestas de música, barcos en el mar y la bocina de niebla de Souter Lighthouse. Conducida y controlada desde la lejanía, la elegía surgió directamente de los barcos, que hicieron sonar sus cuernos a una partitura que duró 40 minutos y culminó en el rugido épico de la último gemido de la última sirena de niebla de Inglaterra.

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El sonido melancólico de una sirena de niebla es producto del ambiente por el que viaja; de esta suerte, la verdadera “compositora” del sonido es la propia niebla. Por los últimos 150 años, las sirenas (nótese el afortunado homónimo con las quimeras mitológicas) han avisado a los marinos sobre los peligros del mar durante condiciones de neblina, pero han sido gradualmente usurpadas por los radares GPS integrados a los barcos. Así, al igual que el primer faro del mundo arde en la historia de Alejandría, la última sirena de niebla resonará en la historia de Inglaterra.

Lise Autogena, una de las artistas detrás del Requiem, comentó:

Muy pronto la última de las sirenas de niebla alrededor de Inglaterra será retirada de servicio y su llamado familiar se convertirá sólo en un recuerdo. Pero una sirena distante siempre ha tenido algo de la cualidad de la memoria; su suave sonido melancólico siempre ha parecido venir a nosotros de un lugar perdido. El Foghorn Requiem será una última despedida a un sonido, y a la gente y al estilo de vida que representa.

Las también llamadas “bocinas de bruma” fueron acompañantes complementarias de los faros: si ellos, como decía Carlos Monsivais, “son los ojos de la noche”, ellas son la voz de la neblina, sin la cual los barcos navegan ciegos hacia arrecifes y costas invisibles. Pero su voz es más que un aviso simbólico, es un clamor que llega directo a las partes más profundas y desoladas de quien lo escucha.

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Spectrogram of the dying note of the foghorn ©Autogena & Portway 2013
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Necesitamos una voz que llame sobre las aguas, que advierta a los barcos; haré esa voz. Haré una voz que será como todo el tiempo y toda la niebla; una voz como una cama vacía junto a ti toda la noche, y como una casa vacía cuando abres la puerta, y como otoñales árboles desnudos. Un sonido de pájaros que vuelan hacia el sur, gritando, y un sonido de viento de noviembre y el mar en la costa dura y fría. Haré un sonido tan desolado que alcanzará a todos y al oírlo gemirán las almas, y los hogares parecerán más tibios, y en las distantes ciudades todos pensarán que es bueno estar en casa. Haré un sonido y un aparato y lo llamarán la sirena, y quienes lo oigan conocerán la tristeza de la eternidad y la brevedad de la vida. (Ray Bradbury, “La sirena”)

El Foghorn Requiem fue una de esas experiencias de tanta fuerza que puede vivirse aún ahora desde la lejanía, desde la imaginación y la retrospectiva. La sinfónica de metales tocó mirando al mar seguida de algo que la audiencia funeraria no podrá olvidar jamás: el sonido del Souter Foghorn tocando su última nota y sosteniéndola hasta agotar sus reservas de aire. “Mientras la reserva se vaciaba y la presión del aire bajó, la nota se deslizó hacia abajo, titubeó, se rompió y cayó en silencio”, reportó Sarah Angliss. “Este gesto final fue animalista, melancólico, como el último gemido de una bestia herida”.

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Imagen principal: Sam Underwood

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