Sin importar cuánto le guste escribir a un escritor, hay cientos de razones para no escribir nada. El nuevo libro Daily Rituals: How Great Minds Make Time, Find Inspiration and Get to Work, de Mason Currey, nos dicen cómo las personas creativas famosas lograron, básicamente, sentarse a trabajar.

Si estas intentando hacer de la escritura un hábito efectivo, o simplemente intentas encontrar la manera de trabajar sin distracciones, este libro podría ser particularmente útil. Currey describe las rutinas creativas de escritores, artistas y otras personas creativas que van desde Hemingway y Kafka, hasta Jung y Jane Austen. Por supuesto, no todas las rutinas son efectivas, pero ¿a quién no le gustaría saber que desayunaba Beethoven?).

Pro otro lado, más allá de la potencial inspiración contenida en estos ejemplos, existe la teoría de que si imitamos a los grandes genios de la humanidad, algo de ellos se nos podría quedar. El patrón más común de la rutinas antologadas es el de despertar y trabajar, tomar un descanso a medio día (o una caminata), y regresar más tarde a trabajar.

A continuación algunos de los hábitos citados en el libro:

Las mieles matutinas

Evidentemente hay personas brillantes que procuran la noche, como Proust que se levantaba entre 3pm y 6pm e inmediatamente fumaba polvos de opio para aliviar su asma, luego pedía su café y su croissant y, luego, se ponía a escribir. Pero los que se levantan temprano son una clara mayoría, quizá por el silencio y el clima que uno encuentra cuando nace el sol; y porque a esas horas es difícil que haya interrupciones. Mozart, O’Keeffe, Lloyd Wright, son algunos ejemplos. Hemingway escribió “[A esas horas] no hay nadie que te moleste y está fresco o frío y tú llegas a tu trabajo tan cálido como escribes”.

Psicólogos categorizan a las personas de acuerdo a lo que llaman “mañanés” (morningness) y “nochés” (nightness), pero no está claro si uno de ellos es superior al otro. Existe evidencia de que las personas de mañanas son más felices y más concienzudas, pero también que las nocturnas podrían ser más inteligentes. Lo importante es que cualquiera de nosotros puede cambiar sus hábitos de vigilia en el momento que quiera (y pueda). Y si te quieres unir al grupo de los que se despiertan temprano, el truco es empezar a despertarte a la misma hora todos los días, pero irte a la cama sólo cuando estés realmente cansado. Quizá sacrifiques uno o dos días de cansancio extremo, pero te ajustarás al nuevo programa rápidamente.

No dejes tu trabajo diurno

“El tiempo es corto, mi fuerza limitada, la oficina es un horror, el departamento es ruidoso”, le escribió Franz Kafka a su prometida, “y si una vida amable y directa no es posible, entonces uno debe tratar de retorcerse en el camino por medio de maniobras suaves”. Él, por ejemplo, que trabajaba en una compañía de seguros, se organizaba para trabajar de 10:30 de la noche hasta la madrugada todos los días, encajando momentos de creatividad en las esquinas de su vida ocupada. William Faulkner escribió As I Lay Dying en las tardes, antes de comenzar su turno nocturno en una planta de poder. El trabajo de TS Eliot en el banco Lloyds le dio gran seguridad financiera y William Carlos Williams, pediatra, escribía poemas en el reverso de sus recetas médicas. El tiempo limitado concentra a la mente, y la disciplina requerida para presentarte en el trabajo pareciera ser uno de los grandes procesos del arte. “Yo creo que encontrar un trabajo es una de las mejores cosas del mundo que me pudieron haber pasado, introduce disciplina y regularidad a la vida”, escribió Wallace Stevens, quien fue un vendedor de seguros que incrustaba versos en los oficios que mandaba en sus protocolos laborales. Hace sentido que la falta de un trabajo fijo sea uno de los promotores del alcoholismo que ha permeado el mundo de la creatividad. Uno solo puede escribir tres o cuatro horas al día, y luego saber qué hacer con el resto del tiempo es un verdadero arte.

 

Sal mucho a caminar

Existe suficiente evidencia que sugiere que caminar –sobretodo en ambientes naturales o en lugares con árboles—está asociado con un aumento de productividad y competencia en tareas que tengan que ver con la imaginación. La rutina diaria de compositores como Beethoven, Mahler, Erik Satie y Tchaikovsky, quién, según el autor del libro “pensaba que tenía que salir a caminar al menos dos horas al día y si regresaba incluso unos minutos antes grandes infortunios caerían sobre él” incluía largas caminatas en silencio por la naturaleza. En la actualidad, las caminatas no sólo te alejan de la pantalla de la computadora y de todos los hoyos negros que puedes encontrar ahí, también te libera de estar sentado todo el día, bombea tu sangre al corazón y clarifica tu mente. Salir a caminar es sobre todo una de las más efectivas maneras de encontrar inspiración.

 

Quédate con un solo horario

“Decide lo que quieres o debes hacer con el día”, aconsejaba Auden, “y luego hazlo todos los días exactamente a la misma hora, y la pasión no te dará problemas”. Esta clase de existencia podría parecer imposible en estos tiempos, pero más bien es una especie de zona de confort que te permite sentir una estabilidad (aunque sea artificial) y sacar provecho de ella. Nos podríamos ahorrar el terror existencial de no saber qué va a pasar en una hora o mañana (aunque cabe mencionar que esto también tiene lo suyo, aunque no necesariamente para realizar una empresa a corto plazo). De cualquier manera, a muchos escritores como William James, progenitor de la psicología moderna, le sirvió la monotonía. Él argumentaba que sólo volviendo automáticos o habituales algunos aspectos de nuestra vida diaria podemos “liberar nuestra mente para avanzar a campos de acción realmente interesantes”. Descubrimientos subsecuentes en torno a las limitantes de la fuerza de voluntad han sugerido que decidir dónde o cuándo trabajar impiden la capacidad de hacer el trabajo. Así que despertar cada mañana y considerar si debemos sentarnos a escribir o más bien desayunar o más bien salir a escribir a un café incrementa las posibilidades de no hacer nada.

Practica un estratégico abuso de substancias

Casi cualquier ayuda química ha sido probada en algún momento por personas creativas. Auden, Anyn Rand y Graham Greene tenían su Bencedrina, e innumerables otros trataron el vodka, el whiskey o la ginebra. Pero quizá sólo hay un estupefaciente que ha sobrevivido al tiempo, y ese el café. Beethoven contaba sus granos de café: sesenta cada mañana; Kierkegaard se servía café negro sobre una taza llena de azúcar, luego tomaba la pócima final (parecida al lodo) de un solo trago; Balzac se tomaba cincuenta tazas de café al día. Se ha sugerido que los beneficios de la cafeína, en términos de concentración, puede ser contrariada por la disminución de competencia en tareas más imaginativas. Pero si eso es cierto, todos los anteriores lo ignoraron por completo.

Aprende a trabajar en cualquier lugar

Una de las ideas más contraproducentes para una mente creativa es que si estuviera en un mejor lugar podría trabajar mejor. El compositor americano Morton Feldman alguna vez apuntó “Por años dije que si encontrara una silla cómoda podría rivalizar a Mozart” y Somerset Maugham tenía que mirar a una pared blanca antes de enfrentarse con las palabras. Pero, por ejemplo, los años más productivos de Jane Austen fueron cuando escribía en su sala familiar, a veces con su madre tejiendo a su lado.

En todo caso, la absoluta libertad de la distracción no existe. Y si lo hace es en detrimento de nuestro músculo que se ejercita cuando tratamos de concentrarnos en lugares ruidosos. Un estudio sugirió que el barullo de una cafetería, por ejemplo, puede ser preferible al silencio en términos de creatividad. Y así como para algunas personas es más fácil concentrarse en un escritorio desordenado y para otras en uno absolutamente limpio y organizado, no hay reglas para ello. El lugar perfecto para trabajar no es aquél que imaginamos, si no el que tenemos dado.

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Sin importar cuánto le guste escribir a un escritor, hay cientos de razones para no escribir nada. El nuevo libro Daily Rituals: How Great Minds Make Time, Find Inspiration and Get to Work, de Mason Currey, nos dicen cómo las personas creativas famosas lograron, básicamente, sentarse a trabajar.

Si estas intentando hacer de la escritura un hábito efectivo, o simplemente intentas encontrar la manera de trabajar sin distracciones, este libro podría ser particularmente útil. Currey describe las rutinas creativas de escritores, artistas y otras personas creativas que van desde Hemingway y Kafka, hasta Jung y Jane Austen. Por supuesto, no todas las rutinas son efectivas, pero ¿a quién no le gustaría saber que desayunaba Beethoven?).

Pro otro lado, más allá de la potencial inspiración contenida en estos ejemplos, existe la teoría de que si imitamos a los grandes genios de la humanidad, algo de ellos se nos podría quedar. El patrón más común de la rutinas antologadas es el de despertar y trabajar, tomar un descanso a medio día (o una caminata), y regresar más tarde a trabajar.

A continuación algunos de los hábitos citados en el libro:

Las mieles matutinas

Evidentemente hay personas brillantes que procuran la noche, como Proust que se levantaba entre 3pm y 6pm e inmediatamente fumaba polvos de opio para aliviar su asma, luego pedía su café y su croissant y, luego, se ponía a escribir. Pero los que se levantan temprano son una clara mayoría, quizá por el silencio y el clima que uno encuentra cuando nace el sol; y porque a esas horas es difícil que haya interrupciones. Mozart, O’Keeffe, Lloyd Wright, son algunos ejemplos. Hemingway escribió “[A esas horas] no hay nadie que te moleste y está fresco o frío y tú llegas a tu trabajo tan cálido como escribes”.

Psicólogos categorizan a las personas de acuerdo a lo que llaman “mañanés” (morningness) y “nochés” (nightness), pero no está claro si uno de ellos es superior al otro. Existe evidencia de que las personas de mañanas son más felices y más concienzudas, pero también que las nocturnas podrían ser más inteligentes. Lo importante es que cualquiera de nosotros puede cambiar sus hábitos de vigilia en el momento que quiera (y pueda). Y si te quieres unir al grupo de los que se despiertan temprano, el truco es empezar a despertarte a la misma hora todos los días, pero irte a la cama sólo cuando estés realmente cansado. Quizá sacrifiques uno o dos días de cansancio extremo, pero te ajustarás al nuevo programa rápidamente.

No dejes tu trabajo diurno

“El tiempo es corto, mi fuerza limitada, la oficina es un horror, el departamento es ruidoso”, le escribió Franz Kafka a su prometida, “y si una vida amable y directa no es posible, entonces uno debe tratar de retorcerse en el camino por medio de maniobras suaves”. Él, por ejemplo, que trabajaba en una compañía de seguros, se organizaba para trabajar de 10:30 de la noche hasta la madrugada todos los días, encajando momentos de creatividad en las esquinas de su vida ocupada. William Faulkner escribió As I Lay Dying en las tardes, antes de comenzar su turno nocturno en una planta de poder. El trabajo de TS Eliot en el banco Lloyds le dio gran seguridad financiera y William Carlos Williams, pediatra, escribía poemas en el reverso de sus recetas médicas. El tiempo limitado concentra a la mente, y la disciplina requerida para presentarte en el trabajo pareciera ser uno de los grandes procesos del arte. “Yo creo que encontrar un trabajo es una de las mejores cosas del mundo que me pudieron haber pasado, introduce disciplina y regularidad a la vida”, escribió Wallace Stevens, quien fue un vendedor de seguros que incrustaba versos en los oficios que mandaba en sus protocolos laborales. Hace sentido que la falta de un trabajo fijo sea uno de los promotores del alcoholismo que ha permeado el mundo de la creatividad. Uno solo puede escribir tres o cuatro horas al día, y luego saber qué hacer con el resto del tiempo es un verdadero arte.

 

Sal mucho a caminar

Existe suficiente evidencia que sugiere que caminar –sobretodo en ambientes naturales o en lugares con árboles—está asociado con un aumento de productividad y competencia en tareas que tengan que ver con la imaginación. La rutina diaria de compositores como Beethoven, Mahler, Erik Satie y Tchaikovsky, quién, según el autor del libro “pensaba que tenía que salir a caminar al menos dos horas al día y si regresaba incluso unos minutos antes grandes infortunios caerían sobre él” incluía largas caminatas en silencio por la naturaleza. En la actualidad, las caminatas no sólo te alejan de la pantalla de la computadora y de todos los hoyos negros que puedes encontrar ahí, también te libera de estar sentado todo el día, bombea tu sangre al corazón y clarifica tu mente. Salir a caminar es sobre todo una de las más efectivas maneras de encontrar inspiración.

 

Quédate con un solo horario

“Decide lo que quieres o debes hacer con el día”, aconsejaba Auden, “y luego hazlo todos los días exactamente a la misma hora, y la pasión no te dará problemas”. Esta clase de existencia podría parecer imposible en estos tiempos, pero más bien es una especie de zona de confort que te permite sentir una estabilidad (aunque sea artificial) y sacar provecho de ella. Nos podríamos ahorrar el terror existencial de no saber qué va a pasar en una hora o mañana (aunque cabe mencionar que esto también tiene lo suyo, aunque no necesariamente para realizar una empresa a corto plazo). De cualquier manera, a muchos escritores como William James, progenitor de la psicología moderna, le sirvió la monotonía. Él argumentaba que sólo volviendo automáticos o habituales algunos aspectos de nuestra vida diaria podemos “liberar nuestra mente para avanzar a campos de acción realmente interesantes”. Descubrimientos subsecuentes en torno a las limitantes de la fuerza de voluntad han sugerido que decidir dónde o cuándo trabajar impiden la capacidad de hacer el trabajo. Así que despertar cada mañana y considerar si debemos sentarnos a escribir o más bien desayunar o más bien salir a escribir a un café incrementa las posibilidades de no hacer nada.

Practica un estratégico abuso de substancias

Casi cualquier ayuda química ha sido probada en algún momento por personas creativas. Auden, Anyn Rand y Graham Greene tenían su Bencedrina, e innumerables otros trataron el vodka, el whiskey o la ginebra. Pero quizá sólo hay un estupefaciente que ha sobrevivido al tiempo, y ese el café. Beethoven contaba sus granos de café: sesenta cada mañana; Kierkegaard se servía café negro sobre una taza llena de azúcar, luego tomaba la pócima final (parecida al lodo) de un solo trago; Balzac se tomaba cincuenta tazas de café al día. Se ha sugerido que los beneficios de la cafeína, en términos de concentración, puede ser contrariada por la disminución de competencia en tareas más imaginativas. Pero si eso es cierto, todos los anteriores lo ignoraron por completo.

Aprende a trabajar en cualquier lugar

Una de las ideas más contraproducentes para una mente creativa es que si estuviera en un mejor lugar podría trabajar mejor. El compositor americano Morton Feldman alguna vez apuntó “Por años dije que si encontrara una silla cómoda podría rivalizar a Mozart” y Somerset Maugham tenía que mirar a una pared blanca antes de enfrentarse con las palabras. Pero, por ejemplo, los años más productivos de Jane Austen fueron cuando escribía en su sala familiar, a veces con su madre tejiendo a su lado.

En todo caso, la absoluta libertad de la distracción no existe. Y si lo hace es en detrimento de nuestro músculo que se ejercita cuando tratamos de concentrarnos en lugares ruidosos. Un estudio sugirió que el barullo de una cafetería, por ejemplo, puede ser preferible al silencio en términos de creatividad. Y así como para algunas personas es más fácil concentrarse en un escritorio desordenado y para otras en uno absolutamente limpio y organizado, no hay reglas para ello. El lugar perfecto para trabajar no es aquél que imaginamos, si no el que tenemos dado.

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