–¿Cómo estás?

–El musgo ha enverdecido con la lluvia

–¿Qué hay del Zen antes de que el musgo enverdeciera?

                                                                                      –El viejo estanque, ¡ah!

   Una rana salta a su interior

El sonido del agua.

Diálogo entre el maestro Buccho y su discípulo Basho.

 

En Kyoto existe un jardín con un templo (lo cual quizá sea un pleonasmo), llamado oficialmente Saihō-ji o “Templo de los perfumes del oeste”. Originalmente erigido en el siglo VIII como un recinto dedicado a Amitabha, fue remodelado 500 años después por el legendario jardinero japonés Muso Soseki para transformarlo en un monasterio zen.

Con el tiempo la naturaleza fue haciéndose del espacio y decidió cubrirlo con un tapiz de musgo. Alrededor de su cuerpo de agua, llamado ogonchi o “estanque dorado”, proliferaron decenas de especies, que se convirtieron en el máximo distintivo del lugar. Hoy, coloquialmente se conoce a este antiguo monasterio como Koke-dera o el “Templo del musgo”.

Se dice que más de 120 especies de musgo han tomado el jardín, concentrándose en las orillas del estanque. La calmada intensidad de este proceso comenzó, paradójica y preciosamente, durante una etapa en la que el lugar fue descuidado, hace poco más de un siglo. Ahora el acolchado acervo es único en el mundo y recibe miles de visitantes atraídos por el verdor de este suave edén.

Hay rincones del mundo destinados a cultivar el encanto. Se trata de lugares que trascienden la funcionalidad y la praxis a favor de una suerte de utilidad etérea: más allá de la boyante hermosura que suele distinguirlos, o precisamente por esta, cumplen funciones particularmente generosas en el desarrollo de la humanidad; Koke-dera es uno de estos.

kokedera-moss-3

Imágenes: 1) Autor desconocido / Creative Commons; 2) Nakae / Flickr; 3) Ivanoff / Creative Commons

 –¿Cómo estás?

–El musgo ha enverdecido con la lluvia

–¿Qué hay del Zen antes de que el musgo enverdeciera?

                                                                                      –El viejo estanque, ¡ah!

   Una rana salta a su interior

El sonido del agua.

Diálogo entre el maestro Buccho y su discípulo Basho.

 

En Kyoto existe un jardín con un templo (lo cual quizá sea un pleonasmo), llamado oficialmente Saihō-ji o “Templo de los perfumes del oeste”. Originalmente erigido en el siglo VIII como un recinto dedicado a Amitabha, fue remodelado 500 años después por el legendario jardinero japonés Muso Soseki para transformarlo en un monasterio zen.

Con el tiempo la naturaleza fue haciéndose del espacio y decidió cubrirlo con un tapiz de musgo. Alrededor de su cuerpo de agua, llamado ogonchi o “estanque dorado”, proliferaron decenas de especies, que se convirtieron en el máximo distintivo del lugar. Hoy, coloquialmente se conoce a este antiguo monasterio como Koke-dera o el “Templo del musgo”.

Se dice que más de 120 especies de musgo han tomado el jardín, concentrándose en las orillas del estanque. La calmada intensidad de este proceso comenzó, paradójica y preciosamente, durante una etapa en la que el lugar fue descuidado, hace poco más de un siglo. Ahora el acolchado acervo es único en el mundo y recibe miles de visitantes atraídos por el verdor de este suave edén.

Hay rincones del mundo destinados a cultivar el encanto. Se trata de lugares que trascienden la funcionalidad y la praxis a favor de una suerte de utilidad etérea: más allá de la boyante hermosura que suele distinguirlos, o precisamente por esta, cumplen funciones particularmente generosas en el desarrollo de la humanidad; Koke-dera es uno de estos.

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Imágenes: 1) Autor desconocido / Creative Commons; 2) Nakae / Flickr; 3) Ivanoff / Creative Commons

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