Si los objetos poseen alguna clase de espíritu, los que están hechos de madera tienen, sin duda alguna, uno de los más elevados. Tal vez porque alguna vez fueron parte de un ser vivo, magnánimo y silencioso o, quizá, por el hecho de haber sido labrados a mano, algo que les da una esencia particular, una especie de vida propia. Desde hace siglos, los artesanos franceses de la madera, agrupados en sociedades conocidas como compaignons, producen pequeñas escaleras de madera a manera de obra cúspide —modelos que parecerían la promesa de escaleras reales, pero que nunca tuvieron un uso verdadero, más allá de existir llenos de gracia. Una de las más extensas colecciones de estos extraños objetos se encuentra en el Cooper Hewitt Smithsonian Design Museum de la ciudad de Nueva York.

Desde la Edad Media y hasta el día de hoy, en Francia, algunos gremios de artesanos y trabajadores de distintas áreas se han agrupado en hermandades conocidas como compaignons (voz que podría traducirse como “compañeros”). Originalmente, éstas se dividían en cinco rubros, dependiendo del material con el que trabajaban: piedra, madera, metal, cuero y textiles, y comida; esto, por supuesto, ha cambiado en tiempos más modernos, en los que existen, incluso, las hermandades de los electricistas, por nombrar sólo un ejemplo.

Estas unidas sociedades se desenvolvieron rodeadas de misterios y rituales: tenían sus festividades propias, sus tradiciones funerarias y hasta un santo patrono. Una de sus más importantes costumbres era su vida nomádica por escuelas de toda Francia, a las que viajaban y donde vivían durante meses para perfeccionar su técnica con distintos maestros de distintas regiones. Una vez que un aprendiz se convertía en compaignon (es decir, en un trabajador constituido), éste debía producir una “obra maestra”, una especie de culminación de sus estudios. Cuando esto sucedía, el artesano adoptaba un nombre que indicaba una de sus cualidades y su lugar de origen, sobrenombres encantadores como “Prudencia de Draguignan”, “Flor de Bagnolet” o “Libertad de Chateauneuf”.

Los trabajadores de la madera, usualmente, finalizaban sus estudios con pequeños modelos de escaleras de madera. Durante más de 30 años, el coleccionista Eugene V. Thaw reunió una colección de estas preciosas miniaturas que miden pocos centímetros de alto y están hechas de maderas como el ébano, el nogal y la caoba; muchas veces están decoradas con pequeñísimos barandales y pasamanos hechos de marfil o metal. La colección de Thaw incluye piezas hechas desde el siglo XVIII y hasta el siglo XX, y es una muestra de la destreza y perfección de estos maestros carpinteros.

En su imposible delicadeza, a un observador actual estos objetos podrían recordarle (de forma atrevida y anacrónica) la esencia de lo surrealista y de algunos artistas del siglo XX como M.C. Escher, cuyas escaleras que no llegan a ningún lado sostienen un extraño parecido con estos tesoros de la artesanía francesa. Pero más allá de sus semejanzas o diferencias con otras expresiones humanas, o de la cautivadora historia de aquellos que las produjeron, estos objetos poseen una cualidad hipnotizante y surrealista que, aún hoy, es casi inverosímil.

 

escaleras1 
escaleras2
esclaeras3
escaleras4
escaleras5
escaleras6
 

 

Imágenes: Cooper Hewitt, Smithsonian Design Museum.

 

Si los objetos poseen alguna clase de espíritu, los que están hechos de madera tienen, sin duda alguna, uno de los más elevados. Tal vez porque alguna vez fueron parte de un ser vivo, magnánimo y silencioso o, quizá, por el hecho de haber sido labrados a mano, algo que les da una esencia particular, una especie de vida propia. Desde hace siglos, los artesanos franceses de la madera, agrupados en sociedades conocidas como compaignons, producen pequeñas escaleras de madera a manera de obra cúspide —modelos que parecerían la promesa de escaleras reales, pero que nunca tuvieron un uso verdadero, más allá de existir llenos de gracia. Una de las más extensas colecciones de estos extraños objetos se encuentra en el Cooper Hewitt Smithsonian Design Museum de la ciudad de Nueva York.

Desde la Edad Media y hasta el día de hoy, en Francia, algunos gremios de artesanos y trabajadores de distintas áreas se han agrupado en hermandades conocidas como compaignons (voz que podría traducirse como “compañeros”). Originalmente, éstas se dividían en cinco rubros, dependiendo del material con el que trabajaban: piedra, madera, metal, cuero y textiles, y comida; esto, por supuesto, ha cambiado en tiempos más modernos, en los que existen, incluso, las hermandades de los electricistas, por nombrar sólo un ejemplo.

Estas unidas sociedades se desenvolvieron rodeadas de misterios y rituales: tenían sus festividades propias, sus tradiciones funerarias y hasta un santo patrono. Una de sus más importantes costumbres era su vida nomádica por escuelas de toda Francia, a las que viajaban y donde vivían durante meses para perfeccionar su técnica con distintos maestros de distintas regiones. Una vez que un aprendiz se convertía en compaignon (es decir, en un trabajador constituido), éste debía producir una “obra maestra”, una especie de culminación de sus estudios. Cuando esto sucedía, el artesano adoptaba un nombre que indicaba una de sus cualidades y su lugar de origen, sobrenombres encantadores como “Prudencia de Draguignan”, “Flor de Bagnolet” o “Libertad de Chateauneuf”.

Los trabajadores de la madera, usualmente, finalizaban sus estudios con pequeños modelos de escaleras de madera. Durante más de 30 años, el coleccionista Eugene V. Thaw reunió una colección de estas preciosas miniaturas que miden pocos centímetros de alto y están hechas de maderas como el ébano, el nogal y la caoba; muchas veces están decoradas con pequeñísimos barandales y pasamanos hechos de marfil o metal. La colección de Thaw incluye piezas hechas desde el siglo XVIII y hasta el siglo XX, y es una muestra de la destreza y perfección de estos maestros carpinteros.

En su imposible delicadeza, a un observador actual estos objetos podrían recordarle (de forma atrevida y anacrónica) la esencia de lo surrealista y de algunos artistas del siglo XX como M.C. Escher, cuyas escaleras que no llegan a ningún lado sostienen un extraño parecido con estos tesoros de la artesanía francesa. Pero más allá de sus semejanzas o diferencias con otras expresiones humanas, o de la cautivadora historia de aquellos que las produjeron, estos objetos poseen una cualidad hipnotizante y surrealista que, aún hoy, es casi inverosímil.

 

escaleras1 
escaleras2
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Imágenes: Cooper Hewitt, Smithsonian Design Museum.