Se dice que nadie nunca podría escribir la historia verdadera de Slab City. Lo que se sabe de este lugar y su pasado es fragmentario e impreciso. Un censo de 1902, que divide esta zona del desierto de Sonora ubicada en California en parcelas, indica que este trozo fue destinado, hace más de un siglo, a alojar escuelas públicas gratuitas; también sabemos que la lozas (slabs, en inglés) de concreto que dan nombre a la ciudad fueron colocadas en mayo de 1942, como parte de los cimientos de una base de entrenamiento de la marina estadounidense. Finalmente, ha llegado a nuestros días un registro que va de 1980 a 1997 de las casas rodantes y trailers que han habitado este paraje: éste indica que en 1992, el año de mayor población de la ciudad, existían unos 872 de estos vehículos en el área. Hoy, se dice, esta anárquica utopía es el último espacio realmente libre en el mundo.

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En la biblioteca de Slab City, los libros se prestan sin fecha de devolución y no tienen fichas. Éstos son divididos en secciones, pero no acomodados en orden alfabético: se trata de una biblioteca anarquista que emula el espíritu de su bibliotecario, Cornelius Vango. Él explica que estas inusuales reglas se deben a que él no quisiera que exista una sola razón para que alguien no se lleve un libro a casa —incluso cuando muchos de los usuarios sólo van de paso y no devolverán lo que se han llevado.

Hace cuatro años, Vango tomó el mando de la única biblioteca de Slab City, cuya historia (al igual que la de la ciudad) escapa definiciones y cronologías. Se sabe que ésta fue fundada por una mujer llamada Rosalie, una bibliotecaria que murió en 2003; su tumba se encuentra justo afuera de la biblioteca. Tras su muerte y antes de que Vango tomara el mando, muchos intentaron hacerse cargo de ella sin éxito; la gente solía llevarse los libros y nadie quería invertir en nuevos volúmenes, pero fue a través de donaciones y ahorros que el actual bibliotecario logró amasar una colección que hoy incluye miles de libros, divididos en ficción y no ficción.

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De entre todos los espacios del mundo que son habitados por viajeros y personas que viven una vida nómada, la particularidad de este es la manera en que conjuga la autonomía de su sociedad, las necesidades de sus habitantes y el control (o reglas), tres aspectos que además de hacerlo singular, requieren una gran cantidad de trabajo y esfuerzo por parte de sus pobladores —para sobrevivir, por ejemplo, los brutales veranos en el desierto.

Además, esta ciudad anárquica es dueña de una arquitectura muy particular, y nociones muy propias de urbanismo, infraestructura y planeación. Así, a pesar de las dificultades de sus pobladores para construir y conseguir materiales, la construcción ahí es, sobre todo, una importante expresión de libertad: en Slab City se puede construir cualquier cosa que se desee, porque simplemente no existen reglas que restrinjan ésta ni muchas otras actividades. Es por esto que la biblioteca local no tiene puerta, porque ésta nunca cierra.

En Slab City, la ciudad anárquica del desierto, hay que ocupar un lugar para poseerlo. Dicho de otra manera, si Vango el bibliotecario se ausenta por un buen tiempo y no dedica su tiempo a atender su establecimiento, alguien más puede tomar control de él. Pero a pesar de que esta ciudad tiene reglas distintas a las del resto del mundo, las tiene. El respeto por los vecinos de la comunidad es uno de sus principios esenciales, pero es verdad que, en general, todo mundo el bienvenido. Por todas estas razones es que este lugar tendría que ser visitado al menos una vez en la vida…

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Imágenes: 1) Dominio público 2) Dominio público 3) Dominio público 4) tuchodi – Creative Commons

Se dice que nadie nunca podría escribir la historia verdadera de Slab City. Lo que se sabe de este lugar y su pasado es fragmentario e impreciso. Un censo de 1902, que divide esta zona del desierto de Sonora ubicada en California en parcelas, indica que este trozo fue destinado, hace más de un siglo, a alojar escuelas públicas gratuitas; también sabemos que la lozas (slabs, en inglés) de concreto que dan nombre a la ciudad fueron colocadas en mayo de 1942, como parte de los cimientos de una base de entrenamiento de la marina estadounidense. Finalmente, ha llegado a nuestros días un registro que va de 1980 a 1997 de las casas rodantes y trailers que han habitado este paraje: éste indica que en 1992, el año de mayor población de la ciudad, existían unos 872 de estos vehículos en el área. Hoy, se dice, esta anárquica utopía es el último espacio realmente libre en el mundo.

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En la biblioteca de Slab City, los libros se prestan sin fecha de devolución y no tienen fichas. Éstos son divididos en secciones, pero no acomodados en orden alfabético: se trata de una biblioteca anarquista que emula el espíritu de su bibliotecario, Cornelius Vango. Él explica que estas inusuales reglas se deben a que él no quisiera que exista una sola razón para que alguien no se lleve un libro a casa —incluso cuando muchos de los usuarios sólo van de paso y no devolverán lo que se han llevado.

Hace cuatro años, Vango tomó el mando de la única biblioteca de Slab City, cuya historia (al igual que la de la ciudad) escapa definiciones y cronologías. Se sabe que ésta fue fundada por una mujer llamada Rosalie, una bibliotecaria que murió en 2003; su tumba se encuentra justo afuera de la biblioteca. Tras su muerte y antes de que Vango tomara el mando, muchos intentaron hacerse cargo de ella sin éxito; la gente solía llevarse los libros y nadie quería invertir en nuevos volúmenes, pero fue a través de donaciones y ahorros que el actual bibliotecario logró amasar una colección que hoy incluye miles de libros, divididos en ficción y no ficción.

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De entre todos los espacios del mundo que son habitados por viajeros y personas que viven una vida nómada, la particularidad de este es la manera en que conjuga la autonomía de su sociedad, las necesidades de sus habitantes y el control (o reglas), tres aspectos que además de hacerlo singular, requieren una gran cantidad de trabajo y esfuerzo por parte de sus pobladores —para sobrevivir, por ejemplo, los brutales veranos en el desierto.

Además, esta ciudad anárquica es dueña de una arquitectura muy particular, y nociones muy propias de urbanismo, infraestructura y planeación. Así, a pesar de las dificultades de sus pobladores para construir y conseguir materiales, la construcción ahí es, sobre todo, una importante expresión de libertad: en Slab City se puede construir cualquier cosa que se desee, porque simplemente no existen reglas que restrinjan ésta ni muchas otras actividades. Es por esto que la biblioteca local no tiene puerta, porque ésta nunca cierra.

En Slab City, la ciudad anárquica del desierto, hay que ocupar un lugar para poseerlo. Dicho de otra manera, si Vango el bibliotecario se ausenta por un buen tiempo y no dedica su tiempo a atender su establecimiento, alguien más puede tomar control de él. Pero a pesar de que esta ciudad tiene reglas distintas a las del resto del mundo, las tiene. El respeto por los vecinos de la comunidad es uno de sus principios esenciales, pero es verdad que, en general, todo mundo el bienvenido. Por todas estas razones es que este lugar tendría que ser visitado al menos una vez en la vida…

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Imágenes: 1) Dominio público 2) Dominio público 3) Dominio público 4) tuchodi – Creative Commons