Antes de que la ciencia lo sospechara, Walt Whitman sabía que lo más profundo es la piel. En Hojas de hierba, el bardo quiso construir un poema inmenso que abarcara todo el cuerpo y el alma de un ser humano (él), que sería un espejo en el cual el lector se vería reflejado entero (junto a él). Quiso, en otras palabras, construir el alma metafísica de grasa y carne. Un poema de piel. Con su idea poética central: que no tenemos un cuerpo sino que somos un cuerpo, Whitman estaba anticipándose a uno de los descubrimientos neurocientíficos más importantes del siglo XX.

Jonah Lehrer, en su libro Proust Was a Neuroscientist, describe todo el torrente de espantos y discrepancias que Whitman generó al unir el cuerpo y la metafísica en un mismo libro de poemas. El escritor estaba rompiendo con esa idea separatista que comenzó desde el siglo XVII con René Descartes. Fue este filósofo –el más influyente del siglo– quien primero separó el cerebro del cuerpo: disoció el ser en dos substancias distintas: un alma divina y una carcasa mortal. El alma era la fuente de la razón, la ciencia y todo lo bueno. Nuestra piel, por otro lado, era como un reloj, una maquinaria que sangra. Con esta cisma, Descartes condenó al cuerpo a una vida de sumisión.

No es de sorprender, entonces, que la fusión de Whitman fuese una idea revolucionaria, tan radical en concepto como su verso libre. Durante esos tiempos, la ciencia seguía creyendo que nuestros sentimientos venían del cerebro y que el cuerpo era solo un cúmulo de materia inerte. De ahí que su poesía fuera denunciada como erótica y audaz, e incluso como “una declaración pornográfica”. Pero para Whitman lo profano y lo profundo sólo eran distintos nombres para la misma cosa.

Creo en la carne y en los apetitos,
y cada parte, cada pizca de mí
es un milagro.
Divino soy por dentro y por fuera, y
santifico todo lo que toco o me toca,
el aroma de estas axilas es más
hermoso que una plegaria,
esta cabeza más que los templos,
las biblias y todos los credos.

Whitman fue el primero en escribir poemas en los que la carne no era un extraño, y su teoría la extrajo de los sentimientos corporales de investigaciones sobre sí mismo. El paisaje de su cuerpo fue su inspiración. Cada palabra que escribía dolía en alguna parte del cuerpo, erizaba algún vello epidérmico: estaba hecha de anatomía. Hojas de hierba es un ser que se construye por acumulación, no puede comprenderse sino entero. Con franqueza y sin parpadear, el bardo regresó la dignidad a aquello que permanecía repugnante por la religión y relegado por la ciencia; inventó la sexualidad como tema en la poesía norteamericana. Él cantaba al cuerpo eléctrico.

Ven, dijo mi alma,
escribamos versos para mi cuerpo (pues somos uno)

La neurociencia sabe que los poemas de Whitman decían la verdad: las emociones son generadas por el cuerpo. “Efímeros como parecen, nuestros sentimientos de hecho están arraigados a los movimientos de nuestros músculos y las palpitaciones de nuestras entrañas”, escribe Lehrer. “La mente está encarnada… no sólo encerebrada”.

Se ha calculado que en cada respiración estamos introduciendo aproximadamente un átomo de cada una de las respiraciones que flotan en el planeta. Al exhalar lo devolvemos, y así veinte mil veces al día por siete mil millones de personas.

Cuando Walt Whitman escribía en 1855 “Canto a mí mismo” y afirmaba en sus versos que los átomos de su sangre estaban hechos de tierra y de aire, que no había un átomo en su cuerpo que no nos perteneciera, estaba, sin duda, expresando verdades profundas que aún no se vislumbraban en la ciencia de su tiempo. La premisa destilada de su filosofía es que somos el poema que emerge de la unidad del cuerpo y la mente. Esa unidad frágil –este breve paréntesis de ser– es todo lo que tenemos. Celebrémoslo.

Yo me celebro y yo me canto,
Y todo cuanto es mío también es tuyo,
Porque no hay un átomo de mi cuerpo que no te pertenezca.

Antes de que la ciencia lo sospechara, Walt Whitman sabía que lo más profundo es la piel. En Hojas de hierba, el bardo quiso construir un poema inmenso que abarcara todo el cuerpo y el alma de un ser humano (él), que sería un espejo en el cual el lector se vería reflejado entero (junto a él). Quiso, en otras palabras, construir el alma metafísica de grasa y carne. Un poema de piel. Con su idea poética central: que no tenemos un cuerpo sino que somos un cuerpo, Whitman estaba anticipándose a uno de los descubrimientos neurocientíficos más importantes del siglo XX.

Jonah Lehrer, en su libro Proust Was a Neuroscientist, describe todo el torrente de espantos y discrepancias que Whitman generó al unir el cuerpo y la metafísica en un mismo libro de poemas. El escritor estaba rompiendo con esa idea separatista que comenzó desde el siglo XVII con René Descartes. Fue este filósofo –el más influyente del siglo– quien primero separó el cerebro del cuerpo: disoció el ser en dos substancias distintas: un alma divina y una carcasa mortal. El alma era la fuente de la razón, la ciencia y todo lo bueno. Nuestra piel, por otro lado, era como un reloj, una maquinaria que sangra. Con esta cisma, Descartes condenó al cuerpo a una vida de sumisión.

No es de sorprender, entonces, que la fusión de Whitman fuese una idea revolucionaria, tan radical en concepto como su verso libre. Durante esos tiempos, la ciencia seguía creyendo que nuestros sentimientos venían del cerebro y que el cuerpo era solo un cúmulo de materia inerte. De ahí que su poesía fuera denunciada como erótica y audaz, e incluso como “una declaración pornográfica”. Pero para Whitman lo profano y lo profundo sólo eran distintos nombres para la misma cosa.

Creo en la carne y en los apetitos,
y cada parte, cada pizca de mí
es un milagro.
Divino soy por dentro y por fuera, y
santifico todo lo que toco o me toca,
el aroma de estas axilas es más
hermoso que una plegaria,
esta cabeza más que los templos,
las biblias y todos los credos.

Whitman fue el primero en escribir poemas en los que la carne no era un extraño, y su teoría la extrajo de los sentimientos corporales de investigaciones sobre sí mismo. El paisaje de su cuerpo fue su inspiración. Cada palabra que escribía dolía en alguna parte del cuerpo, erizaba algún vello epidérmico: estaba hecha de anatomía. Hojas de hierba es un ser que se construye por acumulación, no puede comprenderse sino entero. Con franqueza y sin parpadear, el bardo regresó la dignidad a aquello que permanecía repugnante por la religión y relegado por la ciencia; inventó la sexualidad como tema en la poesía norteamericana. Él cantaba al cuerpo eléctrico.

Ven, dijo mi alma,
escribamos versos para mi cuerpo (pues somos uno)

La neurociencia sabe que los poemas de Whitman decían la verdad: las emociones son generadas por el cuerpo. “Efímeros como parecen, nuestros sentimientos de hecho están arraigados a los movimientos de nuestros músculos y las palpitaciones de nuestras entrañas”, escribe Lehrer. “La mente está encarnada… no sólo encerebrada”.

Se ha calculado que en cada respiración estamos introduciendo aproximadamente un átomo de cada una de las respiraciones que flotan en el planeta. Al exhalar lo devolvemos, y así veinte mil veces al día por siete mil millones de personas.

Cuando Walt Whitman escribía en 1855 “Canto a mí mismo” y afirmaba en sus versos que los átomos de su sangre estaban hechos de tierra y de aire, que no había un átomo en su cuerpo que no nos perteneciera, estaba, sin duda, expresando verdades profundas que aún no se vislumbraban en la ciencia de su tiempo. La premisa destilada de su filosofía es que somos el poema que emerge de la unidad del cuerpo y la mente. Esa unidad frágil –este breve paréntesis de ser– es todo lo que tenemos. Celebrémoslo.

Yo me celebro y yo me canto,
Y todo cuanto es mío también es tuyo,
Porque no hay un átomo de mi cuerpo que no te pertenezca.

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