“Lo más profundo del hombre está en la piel”, escribió alguna vez el poeta francés Paul Valéry. Y es que la piel, nuestro límite con el mundo exterior, tiene una materialidad profundamente metafísica: es el medio por donde, en buena medida, el mundo entra en nosotros. El arte de la taxidermia —cuyo nombre deriva de las voces latinas taxi, “mover” y derma, “piel”— es un ejemplo singular de la fijación que tenemos con la dermis y también con el cuerpo, tanto el propio, el humano, como el de otros seres vivos.

Esta práctica, para muchos un arte, ha pasado por diferentes etapas y ha ganado o perdido popularidad dependiendo de la época. A pesar de esto, sigue viva y resulta de nuestra propia transferencia, en términos metafísicos, de lo que “es” un ser vivo a ese material que ha sido su cáscara, su contenedor y que tal vez podría conservar algo de la esencia de lo que alguna vez fue.

Los siglos XVI y XVII vieron los primeros antecedentes de la taxidermia, al menos en Occidente (las aún más antiguas técnicas de momificación egipcia, por ejemplo, podrían considerarse precursoras). Durante dichos siglos fue desarrollada por exploradores que buscaban preservar, aunque no con mucho éxito o exactitud, especies de animales exóticos que encontraban en sus viajes. Muchas veces estas piezas terminaban en excéntricos gabinetes de curiosidades.

Fue en el siglo XVIII que se publicaron los más tempranos manuales de taxidermia conocidos, pero su era dorada fue el siglo XIX, específicamente durante la Inglaterra victoriana. En esta época, una gran cantidad de científicos utilizaron esta práctica para estudiar a los seres vivos con los que compartimos el planeta; entre ellos destacó el ornitólogo inglés John Hancock, considerado el padre de la taxidermia moderna.

La segunda mitad del siglo XIX fue conocida por su fijación con la muerte (baste recordar la inquietante fotografía post mortem) y su gusto por la excentricidad; entonces existió también lo que se conoció como “taxidermia antropomórfica”, animales vestidos como humanos y montados en escenas como cenas, duelos de espadas o encuentros de box; reinó también una gran curiosidad por los animales deformes que, a su vez, fueron disecados y conservados para su exhibición.

Tras la Segunda Guerra Mundial, la taxidermia perdió popularidad y hasta el día de hoy es criticada por estar, frecuentemente, relacionada con la caza y sus trofeos. Pero es preciso considerar que esta práctica también podría verse como una especie de homenaje póstumo que, en la actualidad, ha tenido un resurgimiento. Éste responde, en parte, al gusto que nuestra era digital ha provocado por lo que está hecho a mano.

La taxidermia, que nació como un “arte científico”, es una mezcla de disciplinas, conocimientos y oficios que van desde la anatomía, hasta la carpintería, la escultura, la peletería, la costura, la pintura y el curtido de pieles, además de requerir minuciosos procesos de medición y observación, algo que sólo puede nacer de un amor por el cuerpo de un animal.

taxidermia1
La oscuridad que emana de estos seres sin vida podría verse, entonces, luminosa. En un nivel más profundo, el arte de la taxidermia nace de una voluntad prometeica por ser un intento de dar vida (a la manera de un dios) a algo que no la tiene, de regalar la inmortalidad, la resurrección y la permanencia, de capturar eso que es en esencia fugaz, y hacer un excéntrico epitafio a las criaturas que en otro tiempo recorrieron el mundo.

 

 

Imágenes: 1) Brooklyn Taxidermy – flickr 2) Dominio público

“Lo más profundo del hombre está en la piel”, escribió alguna vez el poeta francés Paul Valéry. Y es que la piel, nuestro límite con el mundo exterior, tiene una materialidad profundamente metafísica: es el medio por donde, en buena medida, el mundo entra en nosotros. El arte de la taxidermia —cuyo nombre deriva de las voces latinas taxi, “mover” y derma, “piel”— es un ejemplo singular de la fijación que tenemos con la dermis y también con el cuerpo, tanto el propio, el humano, como el de otros seres vivos.

Esta práctica, para muchos un arte, ha pasado por diferentes etapas y ha ganado o perdido popularidad dependiendo de la época. A pesar de esto, sigue viva y resulta de nuestra propia transferencia, en términos metafísicos, de lo que “es” un ser vivo a ese material que ha sido su cáscara, su contenedor y que tal vez podría conservar algo de la esencia de lo que alguna vez fue.

Los siglos XVI y XVII vieron los primeros antecedentes de la taxidermia, al menos en Occidente (las aún más antiguas técnicas de momificación egipcia, por ejemplo, podrían considerarse precursoras). Durante dichos siglos fue desarrollada por exploradores que buscaban preservar, aunque no con mucho éxito o exactitud, especies de animales exóticos que encontraban en sus viajes. Muchas veces estas piezas terminaban en excéntricos gabinetes de curiosidades.

Fue en el siglo XVIII que se publicaron los más tempranos manuales de taxidermia conocidos, pero su era dorada fue el siglo XIX, específicamente durante la Inglaterra victoriana. En esta época, una gran cantidad de científicos utilizaron esta práctica para estudiar a los seres vivos con los que compartimos el planeta; entre ellos destacó el ornitólogo inglés John Hancock, considerado el padre de la taxidermia moderna.

La segunda mitad del siglo XIX fue conocida por su fijación con la muerte (baste recordar la inquietante fotografía post mortem) y su gusto por la excentricidad; entonces existió también lo que se conoció como “taxidermia antropomórfica”, animales vestidos como humanos y montados en escenas como cenas, duelos de espadas o encuentros de box; reinó también una gran curiosidad por los animales deformes que, a su vez, fueron disecados y conservados para su exhibición.

Tras la Segunda Guerra Mundial, la taxidermia perdió popularidad y hasta el día de hoy es criticada por estar, frecuentemente, relacionada con la caza y sus trofeos. Pero es preciso considerar que esta práctica también podría verse como una especie de homenaje póstumo que, en la actualidad, ha tenido un resurgimiento. Éste responde, en parte, al gusto que nuestra era digital ha provocado por lo que está hecho a mano.

La taxidermia, que nació como un “arte científico”, es una mezcla de disciplinas, conocimientos y oficios que van desde la anatomía, hasta la carpintería, la escultura, la peletería, la costura, la pintura y el curtido de pieles, además de requerir minuciosos procesos de medición y observación, algo que sólo puede nacer de un amor por el cuerpo de un animal.

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La oscuridad que emana de estos seres sin vida podría verse, entonces, luminosa. En un nivel más profundo, el arte de la taxidermia nace de una voluntad prometeica por ser un intento de dar vida (a la manera de un dios) a algo que no la tiene, de regalar la inmortalidad, la resurrección y la permanencia, de capturar eso que es en esencia fugaz, y hacer un excéntrico epitafio a las criaturas que en otro tiempo recorrieron el mundo.

 

 

Imágenes: 1) Brooklyn Taxidermy – flickr 2) Dominio público