Al igual que el arte del bonsái, el gusto por los acuarios muestra el tan humano afán por poseer, de alguna manera, la belleza del mundo natural. La Inglaterra victoriana vio, entre sus muchas obsesiones, el nacimiento de los acuarios y también la creación de hermosos volúmenes que hablaban de estos pequeños jardines subacuáticos. Uno de ellos, quizá el más espectacular, tanto por sus contenidos como por sus hermosas ilustraciones, fue The Aquarium: An Unveiling of the Wonders of the Deep Sea (1854), del naturalista inglés Philip Henry Gosse. Él no sólo popularizó de la práctica de observar la interacción entre las criaturas marinas en algo que emulaba su hábitat, sino que también acuñó el término acuario para designar estos pedazos de mar que pueden existir dentro de una habitación.

Aún joven, Gosse se vio fascinado por las criaturas marinas, especialmente tras un viaje que hizo a Newfoundland donde pudo observar colonias de focas y bancos de bacalaos. El inglés también coleccionó insectos desde temprana edad y dedicó muchos años a documentar todos los que encontraba. Poco después, migró a Canadá, donde pretendía abrir un museo de aves disecadas; pero cuando sus planes fallaron, Gosse volvió a Inglaterra donde en poco tiempo se convirtió en maestro y comenzó a escribir libros sobre zoología y fauna marina. Su popularidad lo llevó a hacer distintos viajes —incluido uno a las Bahamas financiado por un adinerado coleccionista de conchas y caracoles— que finalmente serían el origen de su profundo amor por el mar y sus criaturas.

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Cuando Gosse era ya una autoridad entre los naturalistas ingleses de la época, especialmente en lo relacionado con fauna marina y de las costas, éste se convirtió en un asiduo cristiano y se integró a una estricta secta llamada Plymouth Brethren Movement; sus fuertes convicciones (entre ellas su certeza de que Jesucristo volvería a la Tierra mientras él aún viviera) habrían de reflejarse en todas sus obras posteriores.

De todas las obras de Gosse The Aquarium sería la más exitosa. Escrito un año después de establecer el primer acuario público en el Zoológico de Londres, el libro describía sus observaciones de la biología de las costas, además de dar instrucciones al lector para establecer un océano propio en casa. Esta hazaña, para Gosse, era mucho más inteligente que los estorbosos y complicados equipos que entonces existían para hacer observaciones submarinas.

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<pAdemás de los minuciosos consejos prácticos de Gosse, su libro tiene una faceta religiosa. En él, el inglés afirma que hacer un acuario personal no solamente representa una tarea difícil, sino que también es un ejercicio espiritual en el que debe existir un profundo respeto por la naturaleza, una de las más poderosas muestras de la divinidad y sus atributos. De alguna manera, crear un pequeño océano personal era, para él, un acto capaz de acercarnos a Dios. El naturalista encontró en el mar el pasado de la humanidad, esa era antes de la caída del hombre, e incluso llegó a comparar un arrecife de coral con la ciudad sagrada de Jerusalem.

 

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En las vibrantes ilustraciones de The Aquarium (que bien podrían hacer eco de la belleza en las ilustraciones de Ernst Haeckel), libro que además fue un éxito comercial, Gosse retrató la vida submarina como paraísos llenos de calma, color y belleza, habitados por fauna y flora marina de toda clase (es importante señalar, sin embargo, que algunos expertos han afirmado que una buena parte del trabajo gráfico atribuido a Gosse fue hecho por su esposa, Emily). Para el naturalista, un acuario era también un museo vivo, una curiosa inversión del Arca de Noé que compartía su espíritu con el de los zoológicos, pero que existía dotado de un encantador gusto por las miniaturas.

 

 

Imágenes: Public Domain Review.

Al igual que el arte del bonsái, el gusto por los acuarios muestra el tan humano afán por poseer, de alguna manera, la belleza del mundo natural. La Inglaterra victoriana vio, entre sus muchas obsesiones, el nacimiento de los acuarios y también la creación de hermosos volúmenes que hablaban de estos pequeños jardines subacuáticos. Uno de ellos, quizá el más espectacular, tanto por sus contenidos como por sus hermosas ilustraciones, fue The Aquarium: An Unveiling of the Wonders of the Deep Sea (1854), del naturalista inglés Philip Henry Gosse. Él no sólo popularizó de la práctica de observar la interacción entre las criaturas marinas en algo que emulaba su hábitat, sino que también acuñó el término acuario para designar estos pedazos de mar que pueden existir dentro de una habitación.

Aún joven, Gosse se vio fascinado por las criaturas marinas, especialmente tras un viaje que hizo a Newfoundland donde pudo observar colonias de focas y bancos de bacalaos. El inglés también coleccionó insectos desde temprana edad y dedicó muchos años a documentar todos los que encontraba. Poco después, migró a Canadá, donde pretendía abrir un museo de aves disecadas; pero cuando sus planes fallaron, Gosse volvió a Inglaterra donde en poco tiempo se convirtió en maestro y comenzó a escribir libros sobre zoología y fauna marina. Su popularidad lo llevó a hacer distintos viajes —incluido uno a las Bahamas financiado por un adinerado coleccionista de conchas y caracoles— que finalmente serían el origen de su profundo amor por el mar y sus criaturas.

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Cuando Gosse era ya una autoridad entre los naturalistas ingleses de la época, especialmente en lo relacionado con fauna marina y de las costas, éste se convirtió en un asiduo cristiano y se integró a una estricta secta llamada Plymouth Brethren Movement; sus fuertes convicciones (entre ellas su certeza de que Jesucristo volvería a la Tierra mientras él aún viviera) habrían de reflejarse en todas sus obras posteriores.

De todas las obras de Gosse The Aquarium sería la más exitosa. Escrito un año después de establecer el primer acuario público en el Zoológico de Londres, el libro describía sus observaciones de la biología de las costas, además de dar instrucciones al lector para establecer un océano propio en casa. Esta hazaña, para Gosse, era mucho más inteligente que los estorbosos y complicados equipos que entonces existían para hacer observaciones submarinas.

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<pAdemás de los minuciosos consejos prácticos de Gosse, su libro tiene una faceta religiosa. En él, el inglés afirma que hacer un acuario personal no solamente representa una tarea difícil, sino que también es un ejercicio espiritual en el que debe existir un profundo respeto por la naturaleza, una de las más poderosas muestras de la divinidad y sus atributos. De alguna manera, crear un pequeño océano personal era, para él, un acto capaz de acercarnos a Dios. El naturalista encontró en el mar el pasado de la humanidad, esa era antes de la caída del hombre, e incluso llegó a comparar un arrecife de coral con la ciudad sagrada de Jerusalem.

 

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En las vibrantes ilustraciones de The Aquarium (que bien podrían hacer eco de la belleza en las ilustraciones de Ernst Haeckel), libro que además fue un éxito comercial, Gosse retrató la vida submarina como paraísos llenos de calma, color y belleza, habitados por fauna y flora marina de toda clase (es importante señalar, sin embargo, que algunos expertos han afirmado que una buena parte del trabajo gráfico atribuido a Gosse fue hecho por su esposa, Emily). Para el naturalista, un acuario era también un museo vivo, una curiosa inversión del Arca de Noé que compartía su espíritu con el de los zoológicos, pero que existía dotado de un encantador gusto por las miniaturas.

 

 

Imágenes: Public Domain Review.