En el cuarto olvidado de un museo, hace poco tiempo, se descubrió el gabinete de curiosidades de Cornelius S. C. Röder. De este personaje, de quien conocemos poco, se sabe que fue un acaudalado explorador, comerciante y coleccionista que vivió en el siglo XIX y que en vida reunió todos aquellos objetos que lo fascinaron. Su enigmática colección se encuentran hoy en exhibición en el Museum Obscurum, en la ciudad danesa de Nykøbing Falster, y sobrevive como testigo de una mente sumamente especial y un gusto por lo raro, lo fantástico y lo obscuro —un recordatorio de que el coleccionismo es sobre todo una manera de ver el mundo, siempre reflejada en la acumulación y celebración de aquellos objetos que son raros, únicos y sorprendentes.

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Otra cosa que se sabe del excéntrico Rödder es que, en algún momento de su vida, éste visitó la ciudad de Londres y cuando regresó, su gustó se había inclinado por lo misterioso, el ocultismo y la criptozoología —pseudociencia que se dedicó a buscar animales cuya existencia nunca había sido comprobada. En su casa, el danés ubicó su colección en una habitación secreta. Ésta fue descubierta en 2017, cuando el Museum Obscurum encontró una serie de cajas dentro del el espacio dentro del museo cuya existencia era desconocida. Así, expertos de la institución reconstruyeron la casa de Rödder (basándose en su diario y otros registros) y pusieron su colección en exhibición en el estudio de ésta. Se sabe que el antiguo dueño de la casa que hoy es el museo había heredado esta extrañísimo tesoro.

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El coleccionismo vio uno de sus momentos más brillantes en los gabinetes de curiosidades que proliferaron en Europa en los siglos XV, XVI y XVII. Estas colecciones pertenecientes a ricos y nobles eran pequeños museos particulares poblados de objetos —como conchas y caracoles, esqueletos, animales disecados, antigüedades, obras de arte y objetos provenientes de tierras lejanas— creados por el hombre o por la naturaleza que, aparentemente, no tenían nada en común excepto su capacidad de provocar asombro, lo que hizo a estos gbinetes una especie de pequeña enciclopedia de rarezas.

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El esqueleto de un vampiro, una colección de hadas momificadas, un ornitorrinco disecado, el cráneo de un niño feral, un pequeño dragón, los restos de un pez globo y un hombre lobo son algunos de los objetos que hace más de un siglo reunió Rödder. Su precioso museo es capaz, aún hoy, de recordarnos que el coleccionismo es una forma de arte, una manera de darle sentido al mundo que dota de poder a los objetos (sobre todo aquellos que existen entre lo incómodo y lo fascinante) más allá de su existencia meramente física.

 

 

 

Imágenes: Museum Obscurum

En el cuarto olvidado de un museo, hace poco tiempo, se descubrió el gabinete de curiosidades de Cornelius S. C. Röder. De este personaje, de quien conocemos poco, se sabe que fue un acaudalado explorador, comerciante y coleccionista que vivió en el siglo XIX y que en vida reunió todos aquellos objetos que lo fascinaron. Su enigmática colección se encuentran hoy en exhibición en el Museum Obscurum, en la ciudad danesa de Nykøbing Falster, y sobrevive como testigo de una mente sumamente especial y un gusto por lo raro, lo fantástico y lo obscuro —un recordatorio de que el coleccionismo es sobre todo una manera de ver el mundo, siempre reflejada en la acumulación y celebración de aquellos objetos que son raros, únicos y sorprendentes.

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Otra cosa que se sabe del excéntrico Rödder es que, en algún momento de su vida, éste visitó la ciudad de Londres y cuando regresó, su gustó se había inclinado por lo misterioso, el ocultismo y la criptozoología —pseudociencia que se dedicó a buscar animales cuya existencia nunca había sido comprobada. En su casa, el danés ubicó su colección en una habitación secreta. Ésta fue descubierta en 2017, cuando el Museum Obscurum encontró una serie de cajas dentro del el espacio dentro del museo cuya existencia era desconocida. Así, expertos de la institución reconstruyeron la casa de Rödder (basándose en su diario y otros registros) y pusieron su colección en exhibición en el estudio de ésta. Se sabe que el antiguo dueño de la casa que hoy es el museo había heredado esta extrañísimo tesoro.

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El coleccionismo vio uno de sus momentos más brillantes en los gabinetes de curiosidades que proliferaron en Europa en los siglos XV, XVI y XVII. Estas colecciones pertenecientes a ricos y nobles eran pequeños museos particulares poblados de objetos —como conchas y caracoles, esqueletos, animales disecados, antigüedades, obras de arte y objetos provenientes de tierras lejanas— creados por el hombre o por la naturaleza que, aparentemente, no tenían nada en común excepto su capacidad de provocar asombro, lo que hizo a estos gbinetes una especie de pequeña enciclopedia de rarezas.

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El esqueleto de un vampiro, una colección de hadas momificadas, un ornitorrinco disecado, el cráneo de un niño feral, un pequeño dragón, los restos de un pez globo y un hombre lobo son algunos de los objetos que hace más de un siglo reunió Rödder. Su precioso museo es capaz, aún hoy, de recordarnos que el coleccionismo es una forma de arte, una manera de darle sentido al mundo que dota de poder a los objetos (sobre todo aquellos que existen entre lo incómodo y lo fascinante) más allá de su existencia meramente física.

 

 

 

Imágenes: Museum Obscurum