En su infinito poder, el lenguaje musical encuentra su lugar más elevado en la música devocional. Si bien todas las tradiciones musicales del mundo parecen insinuar lo anterior, el caso de la cultura tibetana —cuyos signos despliegan una singular estética— es un ejemplo notable.

Toda religión se tiñe de los colores y formas de la cultura que la ve nacer. Así, cuando el budismo llegó al Tíbet en el siglo VII, éste se fusionó con las tradiciones de la región, y sus manifestaciones musicales se permearon de este sincretismo. Dentro del ámbito religioso, la música sirve como un registro que sobrevive generaciones de devotos, como una manera de conocer o memorizar las escrituras sagradas, de ahuyentar espíritus nocivos o invocar a las deidades. En el Tíbet, además, derivó en un sistema complejo (y hermoso) de escritura de la música, que es un ingrediente esencial del budismo y sus expresiones espirituales —donde la experiencia estética que sucede fuera del hombre tiene un valor considerable. El sonido dentro del mundo budista posee una cualidad sagrada y tiene la clara capacidad de elevar la la conciencia humana.

La notación de la música tibetana representa —por medio de símbolos— las melodías, el ritmo, los patrones y los arreglos musicales. Una de las más conocidas y extendidas tradiciones de canto ritual es conocida como Yang Yig, que surgió en el siglo VI, antes del budismo tibetano; su escritura no indica ni patrones rítmicos, ni la duración de las notas. Junto con los cantos, visualizaciones y algunos gestos faciales, esta música es la guía principal de muchos de sus rituales, que a menudo integran la danza con el uso de instrumentos tradicionales y de cantos polifónicos.

En la notación musical tibetana, las curvas de los signos indican suaves efectos de subidas y bajadas en la entonación. Los escritos de música tibetana también indican, frecuentemente, el espíritu (metafórico) de lo que debe cantarse; por ejemplo, “fluyendo como un río” o “ligero como la canción de un ave”. También es posible encontrar detalladas indicaciones de las modificaciones que deben hacerse a la voz al momento de pronunciar ciertas vocales. Además de la notación especial para los cantos, existen otras para instrumentos específicos, como tambores, trompetas, cornos y platillos.

La música es tan poderosa porque su lenguaje se comunica con partes esenciales, atemporales e indecibles del hombre. La música tibetana invita, con su profunda inclinación ritual, a una inmersión sensorial en las praderas de lo trascendental y a un replanteamiento de la melodía, del ritmo y del canto.

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Imágenes: 1) Göran Höglund – Creative Commons 2) Wellcome Images

En su infinito poder, el lenguaje musical encuentra su lugar más elevado en la música devocional. Si bien todas las tradiciones musicales del mundo parecen insinuar lo anterior, el caso de la cultura tibetana —cuyos signos despliegan una singular estética— es un ejemplo notable.

Toda religión se tiñe de los colores y formas de la cultura que la ve nacer. Así, cuando el budismo llegó al Tíbet en el siglo VII, éste se fusionó con las tradiciones de la región, y sus manifestaciones musicales se permearon de este sincretismo. Dentro del ámbito religioso, la música sirve como un registro que sobrevive generaciones de devotos, como una manera de conocer o memorizar las escrituras sagradas, de ahuyentar espíritus nocivos o invocar a las deidades. En el Tíbet, además, derivó en un sistema complejo (y hermoso) de escritura de la música, que es un ingrediente esencial del budismo y sus expresiones espirituales —donde la experiencia estética que sucede fuera del hombre tiene un valor considerable. El sonido dentro del mundo budista posee una cualidad sagrada y tiene la clara capacidad de elevar la la conciencia humana.

La notación de la música tibetana representa —por medio de símbolos— las melodías, el ritmo, los patrones y los arreglos musicales. Una de las más conocidas y extendidas tradiciones de canto ritual es conocida como Yang Yig, que surgió en el siglo VI, antes del budismo tibetano; su escritura no indica ni patrones rítmicos, ni la duración de las notas. Junto con los cantos, visualizaciones y algunos gestos faciales, esta música es la guía principal de muchos de sus rituales, que a menudo integran la danza con el uso de instrumentos tradicionales y de cantos polifónicos.

En la notación musical tibetana, las curvas de los signos indican suaves efectos de subidas y bajadas en la entonación. Los escritos de música tibetana también indican, frecuentemente, el espíritu (metafórico) de lo que debe cantarse; por ejemplo, “fluyendo como un río” o “ligero como la canción de un ave”. También es posible encontrar detalladas indicaciones de las modificaciones que deben hacerse a la voz al momento de pronunciar ciertas vocales. Además de la notación especial para los cantos, existen otras para instrumentos específicos, como tambores, trompetas, cornos y platillos.

La música es tan poderosa porque su lenguaje se comunica con partes esenciales, atemporales e indecibles del hombre. La música tibetana invita, con su profunda inclinación ritual, a una inmersión sensorial en las praderas de lo trascendental y a un replanteamiento de la melodía, del ritmo y del canto.

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Imágenes: 1) Göran Höglund – Creative Commons 2) Wellcome Images