Los conceptos humanos —demasiado humanos— de bien y mal nos enfrentan continuamente a nociones reduccionistas de la existencia humana: ningún hombre ni mujer es completamente bueno ni malo. La naturaleza de nuestras acciones es bipolar, y la potencia ética de dichas acciones sólo se revela congruente o incongruente con el tiempo. Sin embargo, la historia del mundo también ha dado terribles ejemplos de que la maldad, cuando se vuelve política de Estado, puede atentar contra los derechos civiles y humanos de naciones enteras, como en la Alemania nazi y la Rusia soviética.

El poeta Joseph Brodsky (1940-1996) vivió de cerca los horrores del estalinismo, y a lo largo de su vida conferenció acerca del mundo que le había tocado vivir y sobre las herramientas existenciales —por llamarlas de algún modo— con las que logró resistir. En un discurso presentado en el Williams College en 1984, Brodsky tocó algunos puntos sumamente vigentes acerca de la existencia del mal o de la maldad (más allá del punto de vista estrictamente teológico, como condición social y forma de opresión), así como de la manera en que podemos enfrentarlo para no convertirnos en víctimas pasivas:

No importa cuán osados o precavidos decidan ser, en el curso de sus vidas entrarán tarde o temprano en contacto físico directo con lo que se conoce como la Maldad. No me refiero aquí a una propiedad de la novela gótica sino, para decir lo menos, una realidad social palpable que ustedes de ningún modo pueden controlar. Ninguna medida de naturaleza buena ni cálculos minuciosos podrán prevenir este encuentro. De hecho, mientras mayores sean los cálculos, mientras más precavidos sean, mayor es la probabilidad de este encuentro, más duro su impacto. Tal es la estructura de la vida que lo que nosotros vemos como Maldad es capaz de una presencia bastante ubicua tan sólo porque tiende a presentarse disfrazada de bondad. Nunca lo verán llamando a la puerta anunciándose a sí misma: ‘¡Hola, soy la Maldad!’.

Diferenciarse radicalmente de toda adhesión, de toda colaboración con el origen y acción de esa Maldad es lo que puede darnos un terreno franco para sobrevivir a ella: si la Maldad, parece decir Brodsky, es la operación social a través de la cual se producen víctimas homogéneas e iguales, es necesario que el individuo prevalezca sobre esa homogenización, que consiga hacerle frente diferenciándose todo lo posible de sus agresores:

La defensa más segura contra el Mal es el individualismo extremo, la originalidad del pensamiento, la extravagancia, incluso —si les parece— la excentricidad. Esto es, algo que no pueda ser fingido, falsificado, imitado; algo con lo que incluso un impostor experimentado no podría. Algo que, en otras palabras, no puede ser compartido, como tu propia piel —ni siquiera por una minoría.

El dejarse tratar como víctima, además, “a menudo tiene un aspecto narcisista”, en la medida en que no busca la reparación del daño ni exige justicia, sino que se puede perpetuar como victimización pura (permitiendo, por ejemplo, que los gobiernos se limpien la conciencia creando políticas asistencialistas que no reparan el daño pero sí mejoran su imagen en la opinión pública). Además, dice Brodsky, “el mal echa raíces cuando un hombre comienza a pensar que es mejor que otros”.

Así pues, en lugar de darnos a nosotros mismos la posición de víctima (o de permitir que el agresor o la fuente del Mal social nos trate como tales), Brodsky nos ofrece una sorprendente lectura de un conocido pasaje bíblico, “El sermón de la montaña” (Lucas 6:29): “Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite el manto, no le impidas que se lleve también la túnica”.

No obstante, más que una apelación a la pasividad y el sacrificio, la lectura de Brodsky incita a la resistencia activa, permitiendo que el mal se muestre inoperante en la medida de sus exigencias absurdas:

El sentido de estas líneas es cualquier cosa menos pasivo, porque sugiere que el mal puede volverse absurdo a través del exceso; sugiere representar al mal como algo absurdo a través de empequeñecer sus demandas con el volumen de nuestra docilidad, lo cual devalúa el daño. Esto es algo que pone a la víctima en una posición sumamente activa, en la posición de un agresor mental. La victoria que es posible aquí no es moral sino existencial.

¿Por qué goza de mala fama esta admonición bíblica? Porque, dice Brodsky, existe una “reticencia natural a exponer aún otra parte de tu cuerpo al golpe”, la cual “se justifica por la sospecha de que este tipo de conducta sólo agita y fortalece al mal; la victoria moral puede ser confundida por el adversario como su impunidad”.

Por lo tanto, finaliza Brodsky, presentar la otra mejilla es una solución que no puede ser llevada a cabo masivamente, “pues se trata de un asunto extremadamente íntimo”. Aunque el mal se lleve a cabo contra una población, un país o una “raza” entera, “el encuentro siempre ocurre de uno en uno. Siempre se trata de tu piel, de tu manto y túnica…”. Frente a la imposibilidad de generalizar una posición ética, Brodsky afirma que su única aspiración es “infundir gota a gota en ustedes la idea de que mientras tengan su piel, túnica, manto y pies, no están derrotados, sin importar las condiciones”.

 

*Imagen: Cate Storymoon – Flickr / Creative Commons

Los conceptos humanos —demasiado humanos— de bien y mal nos enfrentan continuamente a nociones reduccionistas de la existencia humana: ningún hombre ni mujer es completamente bueno ni malo. La naturaleza de nuestras acciones es bipolar, y la potencia ética de dichas acciones sólo se revela congruente o incongruente con el tiempo. Sin embargo, la historia del mundo también ha dado terribles ejemplos de que la maldad, cuando se vuelve política de Estado, puede atentar contra los derechos civiles y humanos de naciones enteras, como en la Alemania nazi y la Rusia soviética.

El poeta Joseph Brodsky (1940-1996) vivió de cerca los horrores del estalinismo, y a lo largo de su vida conferenció acerca del mundo que le había tocado vivir y sobre las herramientas existenciales —por llamarlas de algún modo— con las que logró resistir. En un discurso presentado en el Williams College en 1984, Brodsky tocó algunos puntos sumamente vigentes acerca de la existencia del mal o de la maldad (más allá del punto de vista estrictamente teológico, como condición social y forma de opresión), así como de la manera en que podemos enfrentarlo para no convertirnos en víctimas pasivas:

No importa cuán osados o precavidos decidan ser, en el curso de sus vidas entrarán tarde o temprano en contacto físico directo con lo que se conoce como la Maldad. No me refiero aquí a una propiedad de la novela gótica sino, para decir lo menos, una realidad social palpable que ustedes de ningún modo pueden controlar. Ninguna medida de naturaleza buena ni cálculos minuciosos podrán prevenir este encuentro. De hecho, mientras mayores sean los cálculos, mientras más precavidos sean, mayor es la probabilidad de este encuentro, más duro su impacto. Tal es la estructura de la vida que lo que nosotros vemos como Maldad es capaz de una presencia bastante ubicua tan sólo porque tiende a presentarse disfrazada de bondad. Nunca lo verán llamando a la puerta anunciándose a sí misma: ‘¡Hola, soy la Maldad!’.

Diferenciarse radicalmente de toda adhesión, de toda colaboración con el origen y acción de esa Maldad es lo que puede darnos un terreno franco para sobrevivir a ella: si la Maldad, parece decir Brodsky, es la operación social a través de la cual se producen víctimas homogéneas e iguales, es necesario que el individuo prevalezca sobre esa homogenización, que consiga hacerle frente diferenciándose todo lo posible de sus agresores:

La defensa más segura contra el Mal es el individualismo extremo, la originalidad del pensamiento, la extravagancia, incluso —si les parece— la excentricidad. Esto es, algo que no pueda ser fingido, falsificado, imitado; algo con lo que incluso un impostor experimentado no podría. Algo que, en otras palabras, no puede ser compartido, como tu propia piel —ni siquiera por una minoría.

El dejarse tratar como víctima, además, “a menudo tiene un aspecto narcisista”, en la medida en que no busca la reparación del daño ni exige justicia, sino que se puede perpetuar como victimización pura (permitiendo, por ejemplo, que los gobiernos se limpien la conciencia creando políticas asistencialistas que no reparan el daño pero sí mejoran su imagen en la opinión pública). Además, dice Brodsky, “el mal echa raíces cuando un hombre comienza a pensar que es mejor que otros”.

Así pues, en lugar de darnos a nosotros mismos la posición de víctima (o de permitir que el agresor o la fuente del Mal social nos trate como tales), Brodsky nos ofrece una sorprendente lectura de un conocido pasaje bíblico, “El sermón de la montaña” (Lucas 6:29): “Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite el manto, no le impidas que se lleve también la túnica”.

No obstante, más que una apelación a la pasividad y el sacrificio, la lectura de Brodsky incita a la resistencia activa, permitiendo que el mal se muestre inoperante en la medida de sus exigencias absurdas:

El sentido de estas líneas es cualquier cosa menos pasivo, porque sugiere que el mal puede volverse absurdo a través del exceso; sugiere representar al mal como algo absurdo a través de empequeñecer sus demandas con el volumen de nuestra docilidad, lo cual devalúa el daño. Esto es algo que pone a la víctima en una posición sumamente activa, en la posición de un agresor mental. La victoria que es posible aquí no es moral sino existencial.

¿Por qué goza de mala fama esta admonición bíblica? Porque, dice Brodsky, existe una “reticencia natural a exponer aún otra parte de tu cuerpo al golpe”, la cual “se justifica por la sospecha de que este tipo de conducta sólo agita y fortalece al mal; la victoria moral puede ser confundida por el adversario como su impunidad”.

Por lo tanto, finaliza Brodsky, presentar la otra mejilla es una solución que no puede ser llevada a cabo masivamente, “pues se trata de un asunto extremadamente íntimo”. Aunque el mal se lleve a cabo contra una población, un país o una “raza” entera, “el encuentro siempre ocurre de uno en uno. Siempre se trata de tu piel, de tu manto y túnica…”. Frente a la imposibilidad de generalizar una posición ética, Brodsky afirma que su única aspiración es “infundir gota a gota en ustedes la idea de que mientras tengan su piel, túnica, manto y pies, no están derrotados, sin importar las condiciones”.

 

*Imagen: Cate Storymoon – Flickr / Creative Commons