Under the thinning fog the surf curled and creamed,
almost without sound, like a thought trying to form inself
on the edge of consciousness.

-Raymond Chandler, The Big Sleep

Del latín nebŭla, la niebla es una nube densa de diminutas gotas de agua que se suspende en la atmósfera cerca de la superficie de la tierra y oscurece o restringe la visibilidad (más aún que la neblina; la reduce a menos de 1 km). Quizá puede parecer extraño dedicarle este espacio entero, un artículo, a la niebla, pero es un fenómeno tan elegante y (a)sombroso que a partir de ella podemos entender un poco más del mundo y de nosotros. Lo primero es que, en la niebla, todo se comporta como la niebla: movedizo, atmosférico, misterioso.

Los árboles, si fueron verdes, tras la niebla son grises; de un tono de gris que insinúa un color verde pero hundido bajo un velo como todo lo demás. Sólo el gris tiene esa capacidad: puede sugerir cualquier tono pero nunca dejar de ser sí mismo, una mezcla de negro y blanco que engulle la gama newtoniana como un enorme barco fantasma. José Emilio Pacheco lo dijo bien: “Entre la niebla / los majestuosos ceibos / fantasmas rojos”.

En el reino mental, todos tenemos clichés que usamos como metáforas; así la niebla es una manera de decir que estamos inciertos, confundidos, “nublados”. El fenómeno, como figura, nos ha dado una compensación existencial. Nosotros hablamos de la niebla al igual que ella habla de nosotros, de nuestros aspectos ocultos, borrosos y discontinuos; características tan esencialmente humanas como meteorológicas. Pero de todo lo que la niebla puede significar (y de toda su belleza húmeda atmosférica), la luz tras la niebla es especialmente diáfana.

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La luz pierde fuerza y velocidad entre las nubes. Los fotones rebotan, se reflejan, se contienen como minúsculas luciérnagas alrededor del faro que las emite y no pueden llegar muy lejos. La nubosidad serena el entusiasmo de una lámpara. Por ello en la historia marítima se necesitó, además del faro, la sirena de niebla. La luz en la bruma no tiene suficiente alcance para llegar a los ojos de un marinero perdido, pero el sonido sí, aunque este también este esté amortiguado por las nubes.

Ontológicamente podemos usar la visión del faro en la niebla como una antorcha metafísica; como una verdad que luce tras las nubes sin molestarlas. Pero es necesario acercarse mucho para verla. Ir hacia ella como las mariposas nocturnas, que en su ceguera sienten o perciben la luz –quizá en todo su cuerpo– como una temperatura. La luz en la niebla es un fulgor condensado, brillante y lacónica como una señal en el tráfico, que nos guía entre la calígine hacia encontrar nuestro camino.

Podemos usar la niebla como un recurso para pensar esto, o simplemente para sentir (imaginariamente) miles de gotas de humedad recorriendo el cuerpo. La niebla es como un mar o como un fantasma, pero siempre es una ficción que encanta lo que toca. Y necesitamos la ficción para que nos lleve más allá de nuestros alrededores monótonos; ella, como la niebla, es una pintura del mundo que se resiste a los términos más obvios de descripción, y quizá por ello nos explica el mundo de manera tan simple.

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Under the thinning fog the surf curled and creamed,
almost without sound, like a thought trying to form inself
on the edge of consciousness.

-Raymond Chandler, The Big Sleep

Del latín nebŭla, la niebla es una nube densa de diminutas gotas de agua que se suspende en la atmósfera cerca de la superficie de la tierra y oscurece o restringe la visibilidad (más aún que la neblina; la reduce a menos de 1 km). Quizá puede parecer extraño dedicarle este espacio entero, un artículo, a la niebla, pero es un fenómeno tan elegante y (a)sombroso que a partir de ella podemos entender un poco más del mundo y de nosotros. Lo primero es que, en la niebla, todo se comporta como la niebla: movedizo, atmosférico, misterioso.

Los árboles, si fueron verdes, tras la niebla son grises; de un tono de gris que insinúa un color verde pero hundido bajo un velo como todo lo demás. Sólo el gris tiene esa capacidad: puede sugerir cualquier tono pero nunca dejar de ser sí mismo, una mezcla de negro y blanco que engulle la gama newtoniana como un enorme barco fantasma. José Emilio Pacheco lo dijo bien: “Entre la niebla / los majestuosos ceibos / fantasmas rojos”.

En el reino mental, todos tenemos clichés que usamos como metáforas; así la niebla es una manera de decir que estamos inciertos, confundidos, “nublados”. El fenómeno, como figura, nos ha dado una compensación existencial. Nosotros hablamos de la niebla al igual que ella habla de nosotros, de nuestros aspectos ocultos, borrosos y discontinuos; características tan esencialmente humanas como meteorológicas. Pero de todo lo que la niebla puede significar (y de toda su belleza húmeda atmosférica), la luz tras la niebla es especialmente diáfana.

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La luz pierde fuerza y velocidad entre las nubes. Los fotones rebotan, se reflejan, se contienen como minúsculas luciérnagas alrededor del faro que las emite y no pueden llegar muy lejos. La nubosidad serena el entusiasmo de una lámpara. Por ello en la historia marítima se necesitó, además del faro, la sirena de niebla. La luz en la bruma no tiene suficiente alcance para llegar a los ojos de un marinero perdido, pero el sonido sí, aunque este también este esté amortiguado por las nubes.

Ontológicamente podemos usar la visión del faro en la niebla como una antorcha metafísica; como una verdad que luce tras las nubes sin molestarlas. Pero es necesario acercarse mucho para verla. Ir hacia ella como las mariposas nocturnas, que en su ceguera sienten o perciben la luz –quizá en todo su cuerpo– como una temperatura. La luz en la niebla es un fulgor condensado, brillante y lacónica como una señal en el tráfico, que nos guía entre la calígine hacia encontrar nuestro camino.

Podemos usar la niebla como un recurso para pensar esto, o simplemente para sentir (imaginariamente) miles de gotas de humedad recorriendo el cuerpo. La niebla es como un mar o como un fantasma, pero siempre es una ficción que encanta lo que toca. Y necesitamos la ficción para que nos lleve más allá de nuestros alrededores monótonos; ella, como la niebla, es una pintura del mundo que se resiste a los términos más obvios de descripción, y quizá por ello nos explica el mundo de manera tan simple.

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