“Hay ciertas cosas que encienden el corazón y la mente al mismo tiempo. Es como si una bella tormenta llegara hasta nosotros, una bella y emocionante tormenta, un amor profundo y un flujo de entusiasmo en el cerebro”, es la manera en que David Lynch describió, en una entrevista, el momento en el que encuentra algo que lo inspira. Esta descripción no es inesperada: si existe un artista diestro para pescar ideas, para asimilar y apropiarse de discursos estéticos ajenos es este cineasta nacido en Montana. Desde su preciosa y extravagante lógica onírica, hasta el extraordinario balance que logra entre humor y horror, entre la belleza y lo grotesco, las películas de este grande del cine (como la de tantos otros) son, en buena medida, producto de su reinterpretación de la obra de aquellos creadores que encienden su corazón y su mente.

El sugestivo ensayo visual de Meno Kooistra nos muestra una de la más grandes fuentes de inspiración de David Lynch, la pintura, y no es una sorpresa, este creador comenzó su carrera artística haciendo pinturas y dibujos, lo que lo llevó a estudiar arte en la School of the Museum of Fine Arts de Boston.

Se dice que todo gran artista es aquel capaz de utilizar la obra de otros que los inspiran e integrarla a un discurso propio, y Lynch es un caso paradigmático de este práctica Su innegable importancia en la historia del cine surrealista, la clara influencia de la fotografía en su trabajo y su gusto por el simbolismo es claro en sus puestas en escena, su cinematografía, e incluso, en el aspecto de sus personajes.

Así, este video muestra —en un ejercicio comparativo— cómo Lynch ha utilizado elementos surrealistas de la obra de René Magritte, la estética grotesca de Francis Bacon, el realismo de Edward Hopper y los paisajes entre épicos y terroríficos de Arnold Böcklin, para crear algunas de las películas más importantes del cine estadounidense, exhibiendo su muy particular (y envidiable) manera de invocar a las musas…

“Hay ciertas cosas que encienden el corazón y la mente al mismo tiempo. Es como si una bella tormenta llegara hasta nosotros, una bella y emocionante tormenta, un amor profundo y un flujo de entusiasmo en el cerebro”, es la manera en que David Lynch describió, en una entrevista, el momento en el que encuentra algo que lo inspira. Esta descripción no es inesperada: si existe un artista diestro para pescar ideas, para asimilar y apropiarse de discursos estéticos ajenos es este cineasta nacido en Montana. Desde su preciosa y extravagante lógica onírica, hasta el extraordinario balance que logra entre humor y horror, entre la belleza y lo grotesco, las películas de este grande del cine (como la de tantos otros) son, en buena medida, producto de su reinterpretación de la obra de aquellos creadores que encienden su corazón y su mente.

El sugestivo ensayo visual de Meno Kooistra nos muestra una de la más grandes fuentes de inspiración de David Lynch, la pintura, y no es una sorpresa, este creador comenzó su carrera artística haciendo pinturas y dibujos, lo que lo llevó a estudiar arte en la School of the Museum of Fine Arts de Boston.

Se dice que todo gran artista es aquel capaz de utilizar la obra de otros que los inspiran e integrarla a un discurso propio, y Lynch es un caso paradigmático de este práctica Su innegable importancia en la historia del cine surrealista, la clara influencia de la fotografía en su trabajo y su gusto por el simbolismo es claro en sus puestas en escena, su cinematografía, e incluso, en el aspecto de sus personajes.

Así, este video muestra —en un ejercicio comparativo— cómo Lynch ha utilizado elementos surrealistas de la obra de René Magritte, la estética grotesca de Francis Bacon, el realismo de Edward Hopper y los paisajes entre épicos y terroríficos de Arnold Böcklin, para crear algunas de las películas más importantes del cine estadounidense, exhibiendo su muy particular (y envidiable) manera de invocar a las musas…