Los cementerios son puertas entre dos mundos, lugares donde las vidas que fueron son todavía, y se erigen discretamente ante el tiempo implacable. Visitar un cementerio antiguo que guarda solamente nombres ajenos y símbolos rotos sólo podía haber sido descrito por un verdadero poeta romántico; en el siglo XIX, Percy Bysshe Shelley los llamó “espacios abiertos entre las ruinas”, lugares que son capaces de hacer que nos enamoremos de la muerte. Uno de los cementerios más bellos y poderosos del mundo, colmado de una imponente solemnidad, es el Cementerio de la Recoleta en Buenos Aires.

El también llamado Cementerio del Norte se erigió en 1822 en lo que era la huerta de un convento del siglo XVII, construido para la Orden de los Recoletas Descalzos. Un día después de su apertura, llegaron sus primeros habitantes: un niño negro, esclavo liberado, llamado Juan Benito, y una joven de nombre María Dolores Maciel. Desperdigados entre sus laberínticos pasillos se yerguen casi 5,000 sepulcros (miles de historias que acabaron), entre los cuales brillan el del gran Adolfo Bioy Casares y el de María Eva Duarte de Perón. Sin embargo, las historias de sus habitantes desconocidos son igualmente poderosas y nos hablan con la misma fuerza.

El encanto de la Recoleta navega entre la belleza y el abandono, en ese lugar donde también moran los templos abandonados y los barcos que han naufragado. La majestuosidad de las bóvedas y de sus ídolos gastados por el tiempo sólo se engrandece con las grietas en la madera de los antiguos ataúdes y las plantas que trepan entre los crucifijos y los candelabros.

Hay algo sagrado en el acto de caminar por el Cementerio de la Recoleta. Es como si las tumbas de las magníficas criptas se abrieran por un instante para contar historias que el tiempo ha borrado pero que aún son capaces, por un instante, de vivir como inmortales. Recorrer este espacio es entrar a un triste Hades que, por cierto, nos habla mucho de la espectacular sensibilidad del siglo XIX y su cercanía a la muerte.

El silencio de los muertos nos habla y vibra en las piedras cuarteadas del camposanto más importante de la bella Buenos Aires; allí las muertes atraviesan el tiempo para luego volver al olvido y el silencio. Al recorrer este poderoso espacio es posible escuchar a los que se han ido en una canto fugaz, potente e inmortal, similar al lamento de la estatua del gran rey Ozymandias (protagonista del maravilloso poema de Shelley), cuyo abandono y olvido en medio del cruel desierto rompió en trozos el símbolo de su vida:

Mi nombre es Ozymandias, rey de reyes;

¡Contemplad mis obras, poderosos, y desesperad!”

Nada queda a su lado. Alrededor de la decadencia

de estas colosales ruinas, infinitas y desnudas

se extienden, a lo lejos, las solitarias y llanas arenas.

 

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*Imágenes: 1, 2) Wikimedia Commons; 3, 4, 5) Wally Goetz – Flickr / Creative Commons

Los cementerios son puertas entre dos mundos, lugares donde las vidas que fueron son todavía, y se erigen discretamente ante el tiempo implacable. Visitar un cementerio antiguo que guarda solamente nombres ajenos y símbolos rotos sólo podía haber sido descrito por un verdadero poeta romántico; en el siglo XIX, Percy Bysshe Shelley los llamó “espacios abiertos entre las ruinas”, lugares que son capaces de hacer que nos enamoremos de la muerte. Uno de los cementerios más bellos y poderosos del mundo, colmado de una imponente solemnidad, es el Cementerio de la Recoleta en Buenos Aires.

El también llamado Cementerio del Norte se erigió en 1822 en lo que era la huerta de un convento del siglo XVII, construido para la Orden de los Recoletas Descalzos. Un día después de su apertura, llegaron sus primeros habitantes: un niño negro, esclavo liberado, llamado Juan Benito, y una joven de nombre María Dolores Maciel. Desperdigados entre sus laberínticos pasillos se yerguen casi 5,000 sepulcros (miles de historias que acabaron), entre los cuales brillan el del gran Adolfo Bioy Casares y el de María Eva Duarte de Perón. Sin embargo, las historias de sus habitantes desconocidos son igualmente poderosas y nos hablan con la misma fuerza.

El encanto de la Recoleta navega entre la belleza y el abandono, en ese lugar donde también moran los templos abandonados y los barcos que han naufragado. La majestuosidad de las bóvedas y de sus ídolos gastados por el tiempo sólo se engrandece con las grietas en la madera de los antiguos ataúdes y las plantas que trepan entre los crucifijos y los candelabros.

Hay algo sagrado en el acto de caminar por el Cementerio de la Recoleta. Es como si las tumbas de las magníficas criptas se abrieran por un instante para contar historias que el tiempo ha borrado pero que aún son capaces, por un instante, de vivir como inmortales. Recorrer este espacio es entrar a un triste Hades que, por cierto, nos habla mucho de la espectacular sensibilidad del siglo XIX y su cercanía a la muerte.

El silencio de los muertos nos habla y vibra en las piedras cuarteadas del camposanto más importante de la bella Buenos Aires; allí las muertes atraviesan el tiempo para luego volver al olvido y el silencio. Al recorrer este poderoso espacio es posible escuchar a los que se han ido en una canto fugaz, potente e inmortal, similar al lamento de la estatua del gran rey Ozymandias (protagonista del maravilloso poema de Shelley), cuyo abandono y olvido en medio del cruel desierto rompió en trozos el símbolo de su vida:

Mi nombre es Ozymandias, rey de reyes;

¡Contemplad mis obras, poderosos, y desesperad!”

Nada queda a su lado. Alrededor de la decadencia

de estas colosales ruinas, infinitas y desnudas

se extienden, a lo lejos, las solitarias y llanas arenas.

 

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*Imágenes: 1, 2) Wikimedia Commons; 3, 4, 5) Wally Goetz – Flickr / Creative Commons