La création du monde n’a pas eu lieu au début, elle a lieu tous les jours.

Marcel Proust

Repetir es, en cierto sentido, un procedimiento natural con el que aprehendemos el mundo. Repetimos para aprender, como en el caso de un idioma; repetimos también para memorizar, para entender cómo funciona algo, a veces también para esperar que una y otra vez una causa tenga el mismo efecto. La repetición, en este sentido, es propia de nuestra forma de acercarnos a la realidad para comprenderla. A veces, sin embargo, repetir también implica continuar sobre la misma línea. Un ejercicio monótono que nos mantiene en el mismo estado. ¿Qué sería de nuestras conversaciones si no hiciéramos más que repetir las mismas palabras que aprendimos de niños?

Esa estrechez puede servir de ejemplo al carácter rutinario de la repetición, la cual no se limita a circunstancias elementales de ese tipo. Por el contrario: repetimos más de lo que quisiéramos y con menos conciencia de lo que pensamos. Con cierta frecuencia, las relaciones que entablamos, la forma en que nos conducimos en determinados escenarios (amoroso, laboral, familiar, etc.), nuestras reacciones y decisiones, son repetición de algo que hemos hecho siempre igual. O al menos con un aspecto muy semejante, con variaciones mínimas por las que se cuela, quizá, el deseo de hacer las cosas de otra manera.

 repetición2

En octubre de 1843, Søren Kierkegaard publicó un texto al que dio el singular título de La repetición. Un ensayo de psicología experimental, el cual firmó con el no menos elocuente pseudónimo de Constantin Constantius. No se trata, sin embargo, de un ensayo filosófico como lo concebimos actualmente, sino de una suerte de relato reflexivo en el que Kierkegaard utiliza el recurso del pseudónimo para exponer la situación amorosa entre una mujer que después de haber aceptado casarse con un joven, se arrepiente. De ahí el temple narrativo del ensayo. En el transcurso, sin embargo, el danés desarrolla premisas filosóficas en torno a la repetición, problema que se le revela ineludible ante su propia circunstancia de una decepción amorosa que se repite y encuentra una especie de reflejo metafórico en un viaje a Berlín que emprende por segunda ocasión en su vida.

El libro, por supuesto, es rico y diverso, pero si pudiera extraerse su núcleo, el fragmento que Kierkegaard rodea de preámbulos y defensas pero que, en última instancia, podría ser el verdaderamente importante, entonces es posible que se trate de estas pocas líneas:

Cuando los griegos afirmaban que todo conocimiento era una reminiscencia, querían decir con ello que toda la existencia, esto es, lo que ahora existe, había ya sido antes. En cambio, cuando se afirma que la vida es una repetición, se quiere significar con ello que la existencia, esto es, lo que ya ha existido, empieza a existir ahora de nuevo.

En otras concepciones, la repetición tiene un carácter cíclico, ininterrumpido. Así en Nietzsche, por ejemplo, y su idea del “eterno retorno”. Así también en la cosmogonía cristiana, en la que la sucesión del tiempo es una misma, acordada con la teleología del plan divino. En la teoría psicoanalítica freudiana, aunque la repetición nunca es exactamente la misma, para el neurótico es la constante de su padecer.

Kierkegaard, sin embargo, nos da la llave para salir de este movimiento circular. Decir que “lo que ya ha existido, empieza a existir ahora de nuevo” es descubrir de pronto que, entonces, esta vez podemos actuar de una manera distinta, pues es como si cualquiera de nosotros inaugurara una forma inédita de ser y estar en el mundo.

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La création du monde n’a pas eu lieu au début, elle a lieu tous les jours.

Marcel Proust

Repetir es, en cierto sentido, un procedimiento natural con el que aprehendemos el mundo. Repetimos para aprender, como en el caso de un idioma; repetimos también para memorizar, para entender cómo funciona algo, a veces también para esperar que una y otra vez una causa tenga el mismo efecto. La repetición, en este sentido, es propia de nuestra forma de acercarnos a la realidad para comprenderla. A veces, sin embargo, repetir también implica continuar sobre la misma línea. Un ejercicio monótono que nos mantiene en el mismo estado. ¿Qué sería de nuestras conversaciones si no hiciéramos más que repetir las mismas palabras que aprendimos de niños?

Esa estrechez puede servir de ejemplo al carácter rutinario de la repetición, la cual no se limita a circunstancias elementales de ese tipo. Por el contrario: repetimos más de lo que quisiéramos y con menos conciencia de lo que pensamos. Con cierta frecuencia, las relaciones que entablamos, la forma en que nos conducimos en determinados escenarios (amoroso, laboral, familiar, etc.), nuestras reacciones y decisiones, son repetición de algo que hemos hecho siempre igual. O al menos con un aspecto muy semejante, con variaciones mínimas por las que se cuela, quizá, el deseo de hacer las cosas de otra manera.

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En octubre de 1843, Søren Kierkegaard publicó un texto al que dio el singular título de La repetición. Un ensayo de psicología experimental, el cual firmó con el no menos elocuente pseudónimo de Constantin Constantius. No se trata, sin embargo, de un ensayo filosófico como lo concebimos actualmente, sino de una suerte de relato reflexivo en el que Kierkegaard utiliza el recurso del pseudónimo para exponer la situación amorosa entre una mujer que después de haber aceptado casarse con un joven, se arrepiente. De ahí el temple narrativo del ensayo. En el transcurso, sin embargo, el danés desarrolla premisas filosóficas en torno a la repetición, problema que se le revela ineludible ante su propia circunstancia de una decepción amorosa que se repite y encuentra una especie de reflejo metafórico en un viaje a Berlín que emprende por segunda ocasión en su vida.

El libro, por supuesto, es rico y diverso, pero si pudiera extraerse su núcleo, el fragmento que Kierkegaard rodea de preámbulos y defensas pero que, en última instancia, podría ser el verdaderamente importante, entonces es posible que se trate de estas pocas líneas:

Cuando los griegos afirmaban que todo conocimiento era una reminiscencia, querían decir con ello que toda la existencia, esto es, lo que ahora existe, había ya sido antes. En cambio, cuando se afirma que la vida es una repetición, se quiere significar con ello que la existencia, esto es, lo que ya ha existido, empieza a existir ahora de nuevo.

En otras concepciones, la repetición tiene un carácter cíclico, ininterrumpido. Así en Nietzsche, por ejemplo, y su idea del “eterno retorno”. Así también en la cosmogonía cristiana, en la que la sucesión del tiempo es una misma, acordada con la teleología del plan divino. En la teoría psicoanalítica freudiana, aunque la repetición nunca es exactamente la misma, para el neurótico es la constante de su padecer.

Kierkegaard, sin embargo, nos da la llave para salir de este movimiento circular. Decir que “lo que ya ha existido, empieza a existir ahora de nuevo” es descubrir de pronto que, entonces, esta vez podemos actuar de una manera distinta, pues es como si cualquiera de nosotros inaugurara una forma inédita de ser y estar en el mundo.

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