Durante siglos los liceos, academias y universidades enseñaron un conjunto de conocimientos entrelazados entre sí; tal el es caso de la división entre el Trivium (gramática, retórica y lógica) y el Quadrivium medieval (aritmética, geometría, música y astronomía). La relación entre matemáticas y música, o entre lógica y retórica, nos muestran que la ciencia y el arte han recorrido un largo camino de la mano en la educación.

En cambio, el actual sistema educativo, o buena parte de él, no se enfoca en el desarrollo de las capacidades y talentos innatos de la persona, tampoco en la búsqueda y fomento de una genuina vocación. Pareciera que la premisa es diluir las características propias, para así producir sujetos explotables en términos de producción: el combustible, y nunca el operador, de una gran máquina.

La enseñanza de la filosofía y las artes en niveles de educación medio y superior está desapareciendo; pululan las carreras cortas de enseñanza técnica, que responden a una demanda educativa del mercado: profesiones con mayores salidas laborales, adaptadas al engranaje.

Hoy es más evidente que nunca que no basta con producir trabajadores capacitados para ocupar puestos en empresas y centros de producción, y que la misión formativa del carácter, los valores, la personalidad y la comunidad que la educación había promovido durante milenios ha sido minada y reducida a su versión más simple, la de “capacitar”.

Según el lingüista Noam Chomsky, el propósito de la educación no es otro que “ayudar a las personas a aprender a pensar por sí mismas”. El pensador austríaco Iván Illich ni siquiera creía que la educación dependiera del sistema escolarizado, y propugnaba por una desescolarización de la sociedad, en la que los autodidactas se buscaran unos a otros para enseñar y aprender comunitariamente, en cierto sentido anticipándose a los foros de Internet. Mientras que el protagónico ocultista británico, Aleister Crowley, advertía la necesidad de que el individuo, desde niño, se creara a sí mismo:

Deja que los niños se eduquen a sí mismos a ser ellos mismos. Aquellos que los entrenan en estándares los lisian y deforman. Los ideales ajenos imponen perversiones parásitas. Cada niño es una esfinge (nadie sabe su secreto más que ella misma).

La desaparición de la enseñanza de la filosofía y el arte en las escuelas es una triste tendencia, pero no puede ser el fin del pensamiento. Como en épocas de oscuridad e intolerancia (la caída del Imperio romano de Occidente, la persecución de brujas, herejes y científicos en Europa y las colonias en América), el conocimiento se recluye en redes, se transforma y se mantiene vivo a través de aquellos rebeldes que insistan en mantenerse indómitos y pensantes. ¡Larga vida a ellos!

 

*Imagen: Creative Commons

Durante siglos los liceos, academias y universidades enseñaron un conjunto de conocimientos entrelazados entre sí; tal el es caso de la división entre el Trivium (gramática, retórica y lógica) y el Quadrivium medieval (aritmética, geometría, música y astronomía). La relación entre matemáticas y música, o entre lógica y retórica, nos muestran que la ciencia y el arte han recorrido un largo camino de la mano en la educación.

En cambio, el actual sistema educativo, o buena parte de él, no se enfoca en el desarrollo de las capacidades y talentos innatos de la persona, tampoco en la búsqueda y fomento de una genuina vocación. Pareciera que la premisa es diluir las características propias, para así producir sujetos explotables en términos de producción: el combustible, y nunca el operador, de una gran máquina.

La enseñanza de la filosofía y las artes en niveles de educación medio y superior está desapareciendo; pululan las carreras cortas de enseñanza técnica, que responden a una demanda educativa del mercado: profesiones con mayores salidas laborales, adaptadas al engranaje.

Hoy es más evidente que nunca que no basta con producir trabajadores capacitados para ocupar puestos en empresas y centros de producción, y que la misión formativa del carácter, los valores, la personalidad y la comunidad que la educación había promovido durante milenios ha sido minada y reducida a su versión más simple, la de “capacitar”.

Según el lingüista Noam Chomsky, el propósito de la educación no es otro que “ayudar a las personas a aprender a pensar por sí mismas”. El pensador austríaco Iván Illich ni siquiera creía que la educación dependiera del sistema escolarizado, y propugnaba por una desescolarización de la sociedad, en la que los autodidactas se buscaran unos a otros para enseñar y aprender comunitariamente, en cierto sentido anticipándose a los foros de Internet. Mientras que el protagónico ocultista británico, Aleister Crowley, advertía la necesidad de que el individuo, desde niño, se creara a sí mismo:

Deja que los niños se eduquen a sí mismos a ser ellos mismos. Aquellos que los entrenan en estándares los lisian y deforman. Los ideales ajenos imponen perversiones parásitas. Cada niño es una esfinge (nadie sabe su secreto más que ella misma).

La desaparición de la enseñanza de la filosofía y el arte en las escuelas es una triste tendencia, pero no puede ser el fin del pensamiento. Como en épocas de oscuridad e intolerancia (la caída del Imperio romano de Occidente, la persecución de brujas, herejes y científicos en Europa y las colonias en América), el conocimiento se recluye en redes, se transforma y se mantiene vivo a través de aquellos rebeldes que insistan en mantenerse indómitos y pensantes. ¡Larga vida a ellos!

 

*Imagen: Creative Commons

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