Al repasar la historia del arte, en especial si lo hacemos tomando a ciertos personajes como hitos que marcan determinadas épocas, no es muy común que pensemos al mismo tiempo en un detalle biográfico tan sencillo como su edad.

Hasta cierto punto esta es una perspectiva, pues supone que prestamos más atención a su obra que a su vida; sin embargo, también nos deja la impresión de que los grandes genios creativos se encuentran fuera del tiempo, ajenos a su transcurrir. Como a veces sucede con nuestros padres, a los grandes artistas también los imaginamos casi siempre de una misma edad, con el mismo aspecto de la primera vez que los conocimos o que nos dimos cuenta de su existencia. En este sentido no resulta fácil pensar que Da Vinci, Shakespeare o Cervantes fueron alguna vez jóvenes, como cualquiera, y que acaso, tal y como sucede ahora, en su juventud también dudaron.

¿Hay una edad para que la creatividad madure? Quizá no nos hayamos preguntado esto antes, de tan habituados que estamos a ver a los artistas siempre bajo el mismo aspecto. Sin embargo, no es una cuestión ociosa, en especial en una época como la nuestra, en la que parece haber poco espacio para la paciencia y la morosidad ante el imperio de lo instantáneo.

Hace unas semanas, en el sitio Ozy, Sean Braswell compartió una interesante reflexión a propósito de los genios que florecen “hacia el final”. Esta caracterización, no exenta de dramatismo, intenta ir a contracorriente de la idea más o menos generalizada y aceptada en nuestra época de que la creatividad es un rasgo exclusivo e inseparable de la juventud. Como si sólo los jóvenes fueran capaces de proponer ideas fuera de lo ordinario. Industrias como la de la informática o la publicidad –con CEOs y VPs creativos que, en ciertos casos, han alcanzado dichas posiciones a los veintitantos o treinta y tantos– parecen confirmar dicha impresión, pero lo cierto es que sólo parcialmente o únicamente para esos ámbitos.

En las artes, lo común es más bien lo opuesto. Salvo casos extraordinarios como Rimbaud o Mozart, quizá los genios más precoces de la historia, lo común ha sido que un artista comience a mostrarse verdaderamente en la adultez, y consolide su obra a un paso de la ancianidad. Robert Frost siempre quiso ser poeta, desde adolescente, pero publicó su primer libro a los 39 años y a los 63 intuyó esto:

Los jóvenes tienen perspicacia. Un chispazo aquí, otro allá. Como estrellas despuntando en el atardecer. […] es después, en la oscuridad de la vida, cuando ves formas, constelaciones.

Los ejemplos pueden multiplicarse y encontrarse en cualquier disciplina artística. Braswell refiere también el caso de Cézanne, quien antes de convertirse en uno de los pintores más revolucionarios de la historia, estuvo a punto de seguir a su padre en el ámbito bancario. Y aunque hizo esta elección de vida a los 22 años, fue sólo hasta los 56 que tuvo su primera exposición individual.

Pero hay algo aún más interesante y sutil que notar en estos casos. La edad es importante, en efecto, sobre todo si queremos apostar por la madurez en estos tiempos de precocidad; no obstante, no podemos dejar de advertir que en los ejemplos de Frost y Cézanne (y cualquier otro que pudiéramos referir) hay una cualidad común: la constancia.

No debe ser sencillo tomar la decisión de ser pintor a los 22 años y haber esperado 30 para tener una muestra incontrovertible de reconocimiento. ¿Cuántos, en una situación similar, no habrán renunciado?

Más allá de la paciencia a la que aludíamos antes en el texto, quizá haya otra enseñanza en el florecimiento de estos genios tardíos. Ese sostener y no soltar aquello que de verdad se desea –algo a lo que tampoco estamos muy habituados en nuestra época, tan afecta a lo efímero y lo desechable.

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Al repasar la historia del arte, en especial si lo hacemos tomando a ciertos personajes como hitos que marcan determinadas épocas, no es muy común que pensemos al mismo tiempo en un detalle biográfico tan sencillo como su edad.

Hasta cierto punto esta es una perspectiva, pues supone que prestamos más atención a su obra que a su vida; sin embargo, también nos deja la impresión de que los grandes genios creativos se encuentran fuera del tiempo, ajenos a su transcurrir. Como a veces sucede con nuestros padres, a los grandes artistas también los imaginamos casi siempre de una misma edad, con el mismo aspecto de la primera vez que los conocimos o que nos dimos cuenta de su existencia. En este sentido no resulta fácil pensar que Da Vinci, Shakespeare o Cervantes fueron alguna vez jóvenes, como cualquiera, y que acaso, tal y como sucede ahora, en su juventud también dudaron.

¿Hay una edad para que la creatividad madure? Quizá no nos hayamos preguntado esto antes, de tan habituados que estamos a ver a los artistas siempre bajo el mismo aspecto. Sin embargo, no es una cuestión ociosa, en especial en una época como la nuestra, en la que parece haber poco espacio para la paciencia y la morosidad ante el imperio de lo instantáneo.

Hace unas semanas, en el sitio Ozy, Sean Braswell compartió una interesante reflexión a propósito de los genios que florecen “hacia el final”. Esta caracterización, no exenta de dramatismo, intenta ir a contracorriente de la idea más o menos generalizada y aceptada en nuestra época de que la creatividad es un rasgo exclusivo e inseparable de la juventud. Como si sólo los jóvenes fueran capaces de proponer ideas fuera de lo ordinario. Industrias como la de la informática o la publicidad –con CEOs y VPs creativos que, en ciertos casos, han alcanzado dichas posiciones a los veintitantos o treinta y tantos– parecen confirmar dicha impresión, pero lo cierto es que sólo parcialmente o únicamente para esos ámbitos.

En las artes, lo común es más bien lo opuesto. Salvo casos extraordinarios como Rimbaud o Mozart, quizá los genios más precoces de la historia, lo común ha sido que un artista comience a mostrarse verdaderamente en la adultez, y consolide su obra a un paso de la ancianidad. Robert Frost siempre quiso ser poeta, desde adolescente, pero publicó su primer libro a los 39 años y a los 63 intuyó esto:

Los jóvenes tienen perspicacia. Un chispazo aquí, otro allá. Como estrellas despuntando en el atardecer. […] es después, en la oscuridad de la vida, cuando ves formas, constelaciones.

Los ejemplos pueden multiplicarse y encontrarse en cualquier disciplina artística. Braswell refiere también el caso de Cézanne, quien antes de convertirse en uno de los pintores más revolucionarios de la historia, estuvo a punto de seguir a su padre en el ámbito bancario. Y aunque hizo esta elección de vida a los 22 años, fue sólo hasta los 56 que tuvo su primera exposición individual.

Pero hay algo aún más interesante y sutil que notar en estos casos. La edad es importante, en efecto, sobre todo si queremos apostar por la madurez en estos tiempos de precocidad; no obstante, no podemos dejar de advertir que en los ejemplos de Frost y Cézanne (y cualquier otro que pudiéramos referir) hay una cualidad común: la constancia.

No debe ser sencillo tomar la decisión de ser pintor a los 22 años y haber esperado 30 para tener una muestra incontrovertible de reconocimiento. ¿Cuántos, en una situación similar, no habrán renunciado?

Más allá de la paciencia a la que aludíamos antes en el texto, quizá haya otra enseñanza en el florecimiento de estos genios tardíos. Ese sostener y no soltar aquello que de verdad se desea –algo a lo que tampoco estamos muy habituados en nuestra época, tan afecta a lo efímero y lo desechable.

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