La cartelera cinematográfica se ha vuelto predecible de unos años a la fecha, y como si se tratara del menú de un restaurante, siempre existe para el cinéfilo un bufet de nuevos estrenos protagonizados por superhéroes (o por nuevas versiones y revisiones de los mismos). El auge de este género se debe, claro, a su excelente acogida por públicos de todas las edades: se trata de producciones que recaudan millones de dólares en taquilla, que pueden vender licencias para productos de todo tipo, y cuyas secuelas se planean y publicitan con gran anticipación. ¿Pero es solamente el motor económico lo que está detrás de la fascinación actual por los superhéroes?

El superhéroe moderno por excelencia es Superman, así como su álter ego Clark Kent, un tímido reportero que sale a combatir el crimen en una pijama azul; luego de su creación en la década de los 20, le siguieron muchos superhéroes más: Batman y Robin, la Mujer Maravilla y posteriormente las creaciones de Stan Lee, como Spiderman, Hulk, los Vengadores y los Cuatro Fantásticos, por nombrar solamente a algunos de ellos. Sin embargo, la idea de seres mitad humano y mitad algo más no fue una invención de las historietas del siglo XX.

Desde que tenemos registros escritos, los seres humanos han contado las historias de personas que se enfrentaron a situaciones no sólo peligrosas sino imposibles de lidiar para el resto de los mortales: los mitos de creación de las mitologías están llenos de ellas. Pensemos en Enkidu, una suerte de Hércules de Mesopotamia, que luchaba contra bestias y dioses hace más de 6,000 años; o bien, en la saga de héroes y semidioses del panteón griego, como Teseo, que logró vencer al terrible Minotauro, mitad hombre y mitad toro, o Perseo, que con su ingenio derrotó la mirada petrificante de Medusa.

Estos héroes no se hubieran vuelto tan famosos en su época si no fuera por los rapsodas y poetas que cantaron sus hazañas, y aquí es donde entra la conexión con los superhéroes modernos: por una parte, si contáramos de manera aburrida la historia de un adolescente que es picado por una araña radioactiva y se convierte a su vez en un hombre-arácnido, podríamos estar frente a una historia de terror o una pesadilla kafkiana (como Gregorio Samsa, el ¿héroe? de Metamofosis, quien despierta un buen día convertido en insecto). Por otro lado, si los héroes de las historias fueran infalibles, los adoraríamos como dioses y no como héroes.

Los héroes, tanto antiguos como actuales, no son infalibles: sus historias de vida y situaciones extremas son tan atractivas porque nos recuerdan que los seres humanos podemos ir más allá de nuestras propias limitaciones y convertir aparentes desventajas en superpoderes. Clark Kent es tímido, Bruce Wayne es desconfiado, Peter Parker lucha por conseguir trabajo, pero cuando sienten el llamado de algo más grande que ellos (una suerte de solidaridad extrema que los moviliza a ser de ayuda para otros) trascienden sus fallas, las dejan atrás, y el símbolo de esa trascendencia puede ser una capa o un disfraz extraño, pero son las acciones posteriores las que los vuelven heroicos.

Es posible que en una época donde la religión se ha vuelto un fuerte movilizador político y étnico, los superhéroes sean un buen motor no para abrazar una divinidad, sino para aceptar nuestros errores y darnos a nosotros mismos la oportunidad de sobreponernos a ellos. El heroísmo de los superhéroes actuales (a diferencia, digamos, de los caballeros de la Edad Media) no se trata de realizar proezas fantásticas para ganar fama y servir mejor a un rey o un dios, sino para hacer más tolerables y justas las condiciones de vida en el planeta.

Los dioses han existido siempre en las historias que nos contamos acerca de cómo fue creado el mundo y cuál es el sentido de nuestra presencia en el planeta. Pero los héroes, semidioses y superhéroes están ahí para recordarnos (en un disfraz francamente exagerado por los grandes corporativos cinematográficos) que existen valores que van más allá de las nacionalidades y las identidades individuales; que trascienden nuestra familia, nuestra comunidad y tienen el potencial de cambiar al mundo.

 

.*Imagen: La alfombra voladora, una representación del héroe del folklore ruso, Ivan Tsarevich, 1880 / Wikimedia Commons

La cartelera cinematográfica se ha vuelto predecible de unos años a la fecha, y como si se tratara del menú de un restaurante, siempre existe para el cinéfilo un bufet de nuevos estrenos protagonizados por superhéroes (o por nuevas versiones y revisiones de los mismos). El auge de este género se debe, claro, a su excelente acogida por públicos de todas las edades: se trata de producciones que recaudan millones de dólares en taquilla, que pueden vender licencias para productos de todo tipo, y cuyas secuelas se planean y publicitan con gran anticipación. ¿Pero es solamente el motor económico lo que está detrás de la fascinación actual por los superhéroes?

El superhéroe moderno por excelencia es Superman, así como su álter ego Clark Kent, un tímido reportero que sale a combatir el crimen en una pijama azul; luego de su creación en la década de los 20, le siguieron muchos superhéroes más: Batman y Robin, la Mujer Maravilla y posteriormente las creaciones de Stan Lee, como Spiderman, Hulk, los Vengadores y los Cuatro Fantásticos, por nombrar solamente a algunos de ellos. Sin embargo, la idea de seres mitad humano y mitad algo más no fue una invención de las historietas del siglo XX.

Desde que tenemos registros escritos, los seres humanos han contado las historias de personas que se enfrentaron a situaciones no sólo peligrosas sino imposibles de lidiar para el resto de los mortales: los mitos de creación de las mitologías están llenos de ellas. Pensemos en Enkidu, una suerte de Hércules de Mesopotamia, que luchaba contra bestias y dioses hace más de 6,000 años; o bien, en la saga de héroes y semidioses del panteón griego, como Teseo, que logró vencer al terrible Minotauro, mitad hombre y mitad toro, o Perseo, que con su ingenio derrotó la mirada petrificante de Medusa.

Estos héroes no se hubieran vuelto tan famosos en su época si no fuera por los rapsodas y poetas que cantaron sus hazañas, y aquí es donde entra la conexión con los superhéroes modernos: por una parte, si contáramos de manera aburrida la historia de un adolescente que es picado por una araña radioactiva y se convierte a su vez en un hombre-arácnido, podríamos estar frente a una historia de terror o una pesadilla kafkiana (como Gregorio Samsa, el ¿héroe? de Metamofosis, quien despierta un buen día convertido en insecto). Por otro lado, si los héroes de las historias fueran infalibles, los adoraríamos como dioses y no como héroes.

Los héroes, tanto antiguos como actuales, no son infalibles: sus historias de vida y situaciones extremas son tan atractivas porque nos recuerdan que los seres humanos podemos ir más allá de nuestras propias limitaciones y convertir aparentes desventajas en superpoderes. Clark Kent es tímido, Bruce Wayne es desconfiado, Peter Parker lucha por conseguir trabajo, pero cuando sienten el llamado de algo más grande que ellos (una suerte de solidaridad extrema que los moviliza a ser de ayuda para otros) trascienden sus fallas, las dejan atrás, y el símbolo de esa trascendencia puede ser una capa o un disfraz extraño, pero son las acciones posteriores las que los vuelven heroicos.

Es posible que en una época donde la religión se ha vuelto un fuerte movilizador político y étnico, los superhéroes sean un buen motor no para abrazar una divinidad, sino para aceptar nuestros errores y darnos a nosotros mismos la oportunidad de sobreponernos a ellos. El heroísmo de los superhéroes actuales (a diferencia, digamos, de los caballeros de la Edad Media) no se trata de realizar proezas fantásticas para ganar fama y servir mejor a un rey o un dios, sino para hacer más tolerables y justas las condiciones de vida en el planeta.

Los dioses han existido siempre en las historias que nos contamos acerca de cómo fue creado el mundo y cuál es el sentido de nuestra presencia en el planeta. Pero los héroes, semidioses y superhéroes están ahí para recordarnos (en un disfraz francamente exagerado por los grandes corporativos cinematográficos) que existen valores que van más allá de las nacionalidades y las identidades individuales; que trascienden nuestra familia, nuestra comunidad y tienen el potencial de cambiar al mundo.

 

.*Imagen: La alfombra voladora, una representación del héroe del folklore ruso, Ivan Tsarevich, 1880 / Wikimedia Commons