De un modo u otro, durante la llamada “era Gutenberg” (que refiera a la imprenta), los autores han tratado de consignar en el ideal del “libro total” una visión entera del mundo y la realidad: desde Hegel hasta la “Gran Novela Americana”, pasando por los catálogos costumbristas del siglo XVIII y la Enciclopedia, el libro total –esto es, el libro que sea capaz de englobar todo lo que es, fue y será– sigue siendo un proyecto elusivo, o para decirlo con precisión, parcial.

Pero los naipes que integran la baraja del Tarot (en sus diferentes variedades, figuras y mitologías) asumen esa parcialidad e incompletud como base, y tenien en su unidad móvil y su sistema simbólico el germen de ese improbable libro total donde están -al menos en potencia- todas las historias.

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El origen de la baraja, así como de su autor, son inciertos. ¿Quién podría decir, por ejemplo, que inventó en la soledad de su taller el idioma español? El Tarot, en tanto lenguaje y práctica del lenguaje, existe en la misma dimensión que las grandes obras anónimas del hombre, las pirámides mayas o las catedrales góticas. Sobre su nombre hay muchas especulaciones: algunos dicen que viene del Tao, la totalidad del confucianismo; otros buscan su etimología en Toth, el dios egipcio de la escritura y la magia, asimilado al Hermes romano durante los siglos. Hay quienes incluso ven en la palabra “Tarot” un eco de “Torah”, la ley en hebreo.

Si el origen de su nombre es difícil de precisar, su simbolismo no es tarea menor: el Tarot más antiguo y del cual se han hecho variaciones posteriores (sin que por esto debamos entender que hay un “modelo” ideal u original en el Tarot) es el Tarot de Marsella, que ha sido datado a comienzos del siglo XV en el norte de Italia; este consta de 22 arcanos mayores y 56 menores. En los mayores encontramos imágenes arquetípicas de personajes, funciones, o estructuras de convivencia humana enclavadas en mitos judeocristianos y en la tradición sociopolítica de la Europa medieval; así, sus 22 estancias (que simbolizan el camino del iniciado desde la intemperie del Loco a la realización en el Mundo) muestran a reyes, reinas, magos, demonios y cuerpos celestes, como el Sol, la Luna y la Estrella.

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En cuanto a su lectura, popularmente se cree que el Tarot sirve para predecir el futuro del consultante, de manera que este tenga mejores herramientas para hacerle frente. Tendencias más modernas de lectura (como las promovidas por Alejandro Jodorowsky, Marianne Costa, Jean Claude Fornoy o Philipe Camoin) ven en el Tarot un método proyectivo de significación: los símbolos funcionan como espejos en los cuáles el consultante y el lector van creando un relato de intención terapéutica, buscando consejo o analizando situaciones angustiantes olvidadas durante largo tiempo, a la manera de una terapia psicoanalítica, sólo que con herramientas que han sido afinadas y utilizadas durante siglos.

Se dice que el Tarot “no sabe”, sino que el consultante accede a “un saber” sobre sí mismo y sobre su mundo a través de la consulta. Vistos como objetos, los naipes del Tarot son solamente impresiones coloridas sobre cartón; como herramienta de aprendizaje, el Tarot enseña a adoptar una mirada simbólica sobre el mundo y sobre la realidad; una mirada que no tiene nada que ver con potencias supraterrenales, sino con la capacidad de observación y autoconocimiento que se posea.

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El Tarot es un libro infinito porque todas las situaciones son ilustrables a través de sus imágenes: la mirada aprende a reconocerse en el ars combinatoria, a identificarse con las situaciones y desidentificarse para buscar el ser debajo de las capas de historia humana que cada uno de nosotros debe atravesar tarde o temprano para nacer efectivamente, para ocupar, pues, el capítulo que es sólo nuestro en el infinito libro de la vida.

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De un modo u otro, durante la llamada “era Gutenberg” (que refiera a la imprenta), los autores han tratado de consignar en el ideal del “libro total” una visión entera del mundo y la realidad: desde Hegel hasta la “Gran Novela Americana”, pasando por los catálogos costumbristas del siglo XVIII y la Enciclopedia, el libro total –esto es, el libro que sea capaz de englobar todo lo que es, fue y será– sigue siendo un proyecto elusivo, o para decirlo con precisión, parcial.

Pero los naipes que integran la baraja del Tarot (en sus diferentes variedades, figuras y mitologías) asumen esa parcialidad e incompletud como base, y tenien en su unidad móvil y su sistema simbólico el germen de ese improbable libro total donde están -al menos en potencia- todas las historias.

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El origen de la baraja, así como de su autor, son inciertos. ¿Quién podría decir, por ejemplo, que inventó en la soledad de su taller el idioma español? El Tarot, en tanto lenguaje y práctica del lenguaje, existe en la misma dimensión que las grandes obras anónimas del hombre, las pirámides mayas o las catedrales góticas. Sobre su nombre hay muchas especulaciones: algunos dicen que viene del Tao, la totalidad del confucianismo; otros buscan su etimología en Toth, el dios egipcio de la escritura y la magia, asimilado al Hermes romano durante los siglos. Hay quienes incluso ven en la palabra “Tarot” un eco de “Torah”, la ley en hebreo.

Si el origen de su nombre es difícil de precisar, su simbolismo no es tarea menor: el Tarot más antiguo y del cual se han hecho variaciones posteriores (sin que por esto debamos entender que hay un “modelo” ideal u original en el Tarot) es el Tarot de Marsella, que ha sido datado a comienzos del siglo XV en el norte de Italia; este consta de 22 arcanos mayores y 56 menores. En los mayores encontramos imágenes arquetípicas de personajes, funciones, o estructuras de convivencia humana enclavadas en mitos judeocristianos y en la tradición sociopolítica de la Europa medieval; así, sus 22 estancias (que simbolizan el camino del iniciado desde la intemperie del Loco a la realización en el Mundo) muestran a reyes, reinas, magos, demonios y cuerpos celestes, como el Sol, la Luna y la Estrella.

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En cuanto a su lectura, popularmente se cree que el Tarot sirve para predecir el futuro del consultante, de manera que este tenga mejores herramientas para hacerle frente. Tendencias más modernas de lectura (como las promovidas por Alejandro Jodorowsky, Marianne Costa, Jean Claude Fornoy o Philipe Camoin) ven en el Tarot un método proyectivo de significación: los símbolos funcionan como espejos en los cuáles el consultante y el lector van creando un relato de intención terapéutica, buscando consejo o analizando situaciones angustiantes olvidadas durante largo tiempo, a la manera de una terapia psicoanalítica, sólo que con herramientas que han sido afinadas y utilizadas durante siglos.

Se dice que el Tarot “no sabe”, sino que el consultante accede a “un saber” sobre sí mismo y sobre su mundo a través de la consulta. Vistos como objetos, los naipes del Tarot son solamente impresiones coloridas sobre cartón; como herramienta de aprendizaje, el Tarot enseña a adoptar una mirada simbólica sobre el mundo y sobre la realidad; una mirada que no tiene nada que ver con potencias supraterrenales, sino con la capacidad de observación y autoconocimiento que se posea.

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El Tarot es un libro infinito porque todas las situaciones son ilustrables a través de sus imágenes: la mirada aprende a reconocerse en el ars combinatoria, a identificarse con las situaciones y desidentificarse para buscar el ser debajo de las capas de historia humana que cada uno de nosotros debe atravesar tarde o temprano para nacer efectivamente, para ocupar, pues, el capítulo que es sólo nuestro en el infinito libro de la vida.

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