Atravesar la puerta que separa nuestro mundo de aquello que desconocemos es tal vez el más genuino gesto de valentía (ese “cruzar el velo”). Los más audaces navegantes, los exploradores natos, los ávidos forjadores de acertijos o aquellos literatos que osaron nombrar lo que la imaginación aún no tocaba, son todas figuras que ilustran con nobleza este arrojo.

En el arte de la cartografía medieval se designaba como terra incognita a esas regiones del globo todavía no descifradas. Aquello que está ahí, al otro lado del mar y que comienza justo donde nuestro mundo termina. Ahí donde la niebla dicta sus leyes inaudibles.

“La más antigua e intensa emoción del ser humano es el miedo, y el miedo más añejo y tajante es el miedo a lo desconocido” decía H.P. Lovecraft, sugiriendo un origen biológico o un carácter arquetípico de esta actitud. Pero, vale la pena decirlo, lo desconocido es un reino al cual históricamente se nos enseñó a temer –incluso la leyenda terra incognita era en ocasiones reemplazada por hic sunt dracones, presumiendo que los territorios que se conservaban intactos eran nido de dragones y otras monstruosas criaturas– .

terra incognita cuerpo nota

Ese miedo cultural que nos detona lo desconocido, y que quizá tenga antecedentes en la biología de la supervivencia, no solo actúa a nivel especie o sociedad, se replica también a escalas micro.

Cada quien tiene su propia terra incognita, aquello que nos habita pero que preferimos eludir, y que en el plano de la psique Jung llamó “la sombra”. Otro buen ejemplo de la tierra desconocida ocurre en el campo del conocimiento, en particular el científico. Los hombres de ciencia trabajan, en tiempo real, ganar campo a los misterios del universo y así extender los límites de lo familiar –recordemos que actualmente ellos son los verdaderos cazadores de tesoros.

Parece imposible no empatizar, pues todos lo hemos experimentado, con el temor que nos impone lo que desconocemos. A fin de cuentas, la virginidad intimida. Sin embargo, precisamente de esas ignotas praderas se ha extraído buena parte de la realidad humana: todo descubrimiento implica el abordaje y “conquista” de algo hasta entonces inasequible, y casi todo lo que hoy conocemos, alguna vez nos fue ignorado. De hecho la utopía está cimentada, por definición, en estos terrenos.

Desde esta perspectiva el desarrollo de nuestra especie encontró en la terra incognita a su mejor aliada, pues nuestro crecimiento es proporcional al espacio que ella nos ofrece. Aquello que no conocemos es un reto, uno que en buena medida dota de sentido a nuestra existencia; es un llamado a visualizar, nombrar y asir aquello con lo que hasta ese momento coexistimos solo a medias. Es la oportunidad por excelencia de crecer. Lo desconocido es simplemente una invitación, pero quizá la más excitante de todas, a ni más ni menos que conocer.

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Atravesar la puerta que separa nuestro mundo de aquello que desconocemos es tal vez el más genuino gesto de valentía (ese “cruzar el velo”). Los más audaces navegantes, los exploradores natos, los ávidos forjadores de acertijos o aquellos literatos que osaron nombrar lo que la imaginación aún no tocaba, son todas figuras que ilustran con nobleza este arrojo.

En el arte de la cartografía medieval se designaba como terra incognita a esas regiones del globo todavía no descifradas. Aquello que está ahí, al otro lado del mar y que comienza justo donde nuestro mundo termina. Ahí donde la niebla dicta sus leyes inaudibles.

“La más antigua e intensa emoción del ser humano es el miedo, y el miedo más añejo y tajante es el miedo a lo desconocido” decía H.P. Lovecraft, sugiriendo un origen biológico o un carácter arquetípico de esta actitud. Pero, vale la pena decirlo, lo desconocido es un reino al cual históricamente se nos enseñó a temer –incluso la leyenda terra incognita era en ocasiones reemplazada por hic sunt dracones, presumiendo que los territorios que se conservaban intactos eran nido de dragones y otras monstruosas criaturas– .

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Ese miedo cultural que nos detona lo desconocido, y que quizá tenga antecedentes en la biología de la supervivencia, no solo actúa a nivel especie o sociedad, se replica también a escalas micro.

Cada quien tiene su propia terra incognita, aquello que nos habita pero que preferimos eludir, y que en el plano de la psique Jung llamó “la sombra”. Otro buen ejemplo de la tierra desconocida ocurre en el campo del conocimiento, en particular el científico. Los hombres de ciencia trabajan, en tiempo real, ganar campo a los misterios del universo y así extender los límites de lo familiar –recordemos que actualmente ellos son los verdaderos cazadores de tesoros.

Parece imposible no empatizar, pues todos lo hemos experimentado, con el temor que nos impone lo que desconocemos. A fin de cuentas, la virginidad intimida. Sin embargo, precisamente de esas ignotas praderas se ha extraído buena parte de la realidad humana: todo descubrimiento implica el abordaje y “conquista” de algo hasta entonces inasequible, y casi todo lo que hoy conocemos, alguna vez nos fue ignorado. De hecho la utopía está cimentada, por definición, en estos terrenos.

Desde esta perspectiva el desarrollo de nuestra especie encontró en la terra incognita a su mejor aliada, pues nuestro crecimiento es proporcional al espacio que ella nos ofrece. Aquello que no conocemos es un reto, uno que en buena medida dota de sentido a nuestra existencia; es un llamado a visualizar, nombrar y asir aquello con lo que hasta ese momento coexistimos solo a medias. Es la oportunidad por excelencia de crecer. Lo desconocido es simplemente una invitación, pero quizá la más excitante de todas, a ni más ni menos que conocer.

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