Al igual que mi representación es el mundo, mi voluntad es la voluntad del mundo.

Wittgenstein, Diario filosófico

¿Qué estabas haciendo antes de leer esta nota? ¿Una tarea rutinaria que quisiste interrumpir y suspender por un momento, esperando que así se interrumpiera también el aburrimiento o la monotonía de los quehaceres diarios? En cierta forma no importa, porque todos lo hacemos, porque todos, de alguna manera, formamos parte de rutinas específicas, repetitivas por definición, y según algunos por esto mismo tranquilizadoras, rutinas que de vez en vez queremos romper o cambiar, cuando sentimos de pronto que todos los días que transcurren son idénticos.

Esa es una de las tragedias mínimas del hombre moderno. Como lo advirtieron varios escritores, filósofos, pintores, poetas y aun personas comunes y corrientes al menos desde el siglo XIX, la vida moderna se caracteriza por cierta mecanización de su devenir, requiere para su funcionamiento que decenas, cientos, miles y millones de individuos hagan todos los días lo mismo. Ese, por ejemplo, también fue uno de los motivos predilectos de la literatura y la filosofía existencialistas. Desde Camus, Simone de Beauvoir y Ernesto Sabato, entre varios otros, se hizo notar tanto este efecto del modo de vida moderno como la deshumanización que a su vez se deriva del fenómeno.

Esto último se hace patente con notable claridad en la primera parte del video que acompaña la presente nota. El oficinista común (ese personaje que Dostoievski y Gógol volvieron arquetipo) a quien la fuerza con que fue empujado a la vida adulta mantiene en un movimiento inercial, autómata, que lo lleva del trabajo a su casa y al supermercado y a los embotellamientos callejeros; esa fuerza que, a veces sin que él o ella lo noten, los hace comportarse de determinada manera más allá de la obligación y la necesidad. Porque no es necesario ni obligatorio enfadarse con la cajera que no atiende rápido a quien está delante de nosotros en la fila, ¿o sí? Y, con todo, sucede.

wallace

El video es una escenificación sumamente elocuente y emotiva de un discurso que, por otra parte, es en sí mismo estimulante y reflexivo, “This is Water”, que el escritor estadounidense David Foster Wallace dio en mayo de 2005 en una ceremonia de graduación del Kenyon College, en Ohio.

Por las circunstancias en que fue presentado, el discurso es una lectura sobre la vida que con amplia probabilidad espera a los universitarios que, al terminar sus estudios, entran de lleno al mundo de las responsabilidades. Por tratarse de Foster Wallace, esta lectura es notablemente original y, sobre todo, arriesgada, lúcida hasta bordear cierta crueldad (el sello de los grandes escritores). Pero no se trata, en modo alguno, de un ejercicio desolador, pues la propuesta de Wallace algo tiene de esos ideales humanistas en los cuales la formación académica, la educación (en sentido amplio), sirve para hacer del mundo un mejor lugar.

La persona educada ―con esa educación que, por fortuna, no se adquiere solo en las muchas escuelas por las que pasamos, y que más bien es una suerte de autoconocimiento, de epifanía individual que se proyecta después hacia la comunidad― tendría que desarrollar la capacidad de distinguir entre la autenticidad y la imposición, entre los pensamientos y los actos que son suyos de veras y aquellos que repite por mera mecanización, tomados estos últimos de otras maneras de ser, otras narrativas que circulan en el mundo con propósitos que no son los del sujeto ni, muchas veces, los del bien común. Cuando sonamos la bocina de nuestro auto agrediendo al conductor de enfrente, ¿a quién obedecemos? ¿A un impulso propio o a otra voluntad que no es realmente nuestra? Esa es la pregunta que Foster Wallace pide que respondamos, la decisión que nos invita a tomar: ser verdaderamente libres.

La libertad que importa verdaderamente implica atención, consciencia y disciplina, y estar realmente interesados en el bienestar de los demás y estar dispuestos a sacrificarnos por ellos una y otra vez en miríadas de insignificantes y poco atractivas maneras, todos los días.

Esa es la libertad real. Eso es ser educado y entender cómo pensar. La alternativa es lo inconsciente, lo automático, el funcionamiento por default, el sentimiento constante de haber tenido y perdido alguna cosa infinita.

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Al igual que mi representación es el mundo, mi voluntad es la voluntad del mundo.

Wittgenstein, Diario filosófico

¿Qué estabas haciendo antes de leer esta nota? ¿Una tarea rutinaria que quisiste interrumpir y suspender por un momento, esperando que así se interrumpiera también el aburrimiento o la monotonía de los quehaceres diarios? En cierta forma no importa, porque todos lo hacemos, porque todos, de alguna manera, formamos parte de rutinas específicas, repetitivas por definición, y según algunos por esto mismo tranquilizadoras, rutinas que de vez en vez queremos romper o cambiar, cuando sentimos de pronto que todos los días que transcurren son idénticos.

Esa es una de las tragedias mínimas del hombre moderno. Como lo advirtieron varios escritores, filósofos, pintores, poetas y aun personas comunes y corrientes al menos desde el siglo XIX, la vida moderna se caracteriza por cierta mecanización de su devenir, requiere para su funcionamiento que decenas, cientos, miles y millones de individuos hagan todos los días lo mismo. Ese, por ejemplo, también fue uno de los motivos predilectos de la literatura y la filosofía existencialistas. Desde Camus, Simone de Beauvoir y Ernesto Sabato, entre varios otros, se hizo notar tanto este efecto del modo de vida moderno como la deshumanización que a su vez se deriva del fenómeno.

Esto último se hace patente con notable claridad en la primera parte del video que acompaña la presente nota. El oficinista común (ese personaje que Dostoievski y Gógol volvieron arquetipo) a quien la fuerza con que fue empujado a la vida adulta mantiene en un movimiento inercial, autómata, que lo lleva del trabajo a su casa y al supermercado y a los embotellamientos callejeros; esa fuerza que, a veces sin que él o ella lo noten, los hace comportarse de determinada manera más allá de la obligación y la necesidad. Porque no es necesario ni obligatorio enfadarse con la cajera que no atiende rápido a quien está delante de nosotros en la fila, ¿o sí? Y, con todo, sucede.

wallace

El video es una escenificación sumamente elocuente y emotiva de un discurso que, por otra parte, es en sí mismo estimulante y reflexivo, “This is Water”, que el escritor estadounidense David Foster Wallace dio en mayo de 2005 en una ceremonia de graduación del Kenyon College, en Ohio.

Por las circunstancias en que fue presentado, el discurso es una lectura sobre la vida que con amplia probabilidad espera a los universitarios que, al terminar sus estudios, entran de lleno al mundo de las responsabilidades. Por tratarse de Foster Wallace, esta lectura es notablemente original y, sobre todo, arriesgada, lúcida hasta bordear cierta crueldad (el sello de los grandes escritores). Pero no se trata, en modo alguno, de un ejercicio desolador, pues la propuesta de Wallace algo tiene de esos ideales humanistas en los cuales la formación académica, la educación (en sentido amplio), sirve para hacer del mundo un mejor lugar.

La persona educada ―con esa educación que, por fortuna, no se adquiere solo en las muchas escuelas por las que pasamos, y que más bien es una suerte de autoconocimiento, de epifanía individual que se proyecta después hacia la comunidad― tendría que desarrollar la capacidad de distinguir entre la autenticidad y la imposición, entre los pensamientos y los actos que son suyos de veras y aquellos que repite por mera mecanización, tomados estos últimos de otras maneras de ser, otras narrativas que circulan en el mundo con propósitos que no son los del sujeto ni, muchas veces, los del bien común. Cuando sonamos la bocina de nuestro auto agrediendo al conductor de enfrente, ¿a quién obedecemos? ¿A un impulso propio o a otra voluntad que no es realmente nuestra? Esa es la pregunta que Foster Wallace pide que respondamos, la decisión que nos invita a tomar: ser verdaderamente libres.

La libertad que importa verdaderamente implica atención, consciencia y disciplina, y estar realmente interesados en el bienestar de los demás y estar dispuestos a sacrificarnos por ellos una y otra vez en miríadas de insignificantes y poco atractivas maneras, todos los días.

Esa es la libertad real. Eso es ser educado y entender cómo pensar. La alternativa es lo inconsciente, lo automático, el funcionamiento por default, el sentimiento constante de haber tenido y perdido alguna cosa infinita.

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