¿Es posible escuchar a un árbol? De acuerdo a lo que alguna vez acertó Hemann Hesse en un hermoso tributo literario a estos seres, sí. Walt Whitman, otro poeta de la naturaleza, sostenía que una de las grandes lecciones que un árbol puede darnos son las de la humildad y la autenticidad, pues son reflejos de lo más noble del carácter humano. Y es que la naturaleza, en todas sus expresiones, es y seguirá siendo (mientras le permitamos existir) la más grande inspiración artística y espiritual. Esta cuestión ocupó, también, la pluma del gran poeta estadounidense Henry David Thoreau (1817-1862).

Como se sabe, en algún punto de su vida, Thoreau fue a vivir a los bosques de Walden, en Massachussets, con el fin de reflexionar sobre la existencia humana. Uno de los ensayos que resultó de este retiro, titulado simplemente Walden (1854), es un examen simple y lúcido sobre la naturaleza humana en muchas de sus facetas (por ejemplo, lo que realmente significa el éxito).

Para Thoreau, los árboles eran compañeros creativos y espirituales, seres capaces de acercarnos a la sanidad y a lo esencial del universo. El que fue uno de los poetas más relevantes del transcendentalismo norteamericano también consideraba a los árboles encantamientos vivientes, rezos sin palabras y bendiciones para nuestra vida en este mundo. A su lado, él encontraba un contrapunto a la falsedad de las sociedades humanas.

En una entrada de su diario de enero de 1857, Thoreau escribió:

En las calles y en la sociedad soy, casi invariablemente, ordinario y disipado, mi vida es horriblemente miserable. No hay cantidad de oro o de respetabilidad que puedan, en lo más mínimo redimir esto — ¡cenar con un gobernador o un miembro del congreso! Pero solitario, en los bosques y campos remotos, en las sencillas tierras llenas de retoños y los pastizales frecuentados por conejos, hasta en un día negro y triste, como este, mientras un aldeano está pensando en las labores de su posada, regreso a mí mismo y me siento, una vez más,  grandiosamente conectado, y el frío y la soledad son mis amigos. Supongo que estos valores, en mi caso, equivalen a lo que otros obtienen yendo a la iglesia o rezando. Vengo a mi bosque solitario y camino, como quien extraña su hogar y vuelve a casa… Es como si siempre encontrara en esos lugares un grandioso, sereno, inmortal, infinitamente alentador, aunque invisible compañero, y caminara con él.

Esta reflexión concede al mundo natural (y no a las sociedades humanas) el lugar de hogar, como si fuera solamente ahí que un hombre puede encontrarse a sí mismo, en la simpleza y la sencillez, en el poder y la fuerza del espacio natural, tanto en el plano simbólico como en el espacial. Así, la lección es simple y profundamente deslumbrante: no hay nada en la vulgaridad del mundo exterior —el poder, el dinero, la política, las apariencias, el éxito o la fama— que pueda darnos lo que realmente necesitamos, una conexión verdadera con lo que somos, con el universo entero, sus bosques, sus árboles, sus aguas.

 

Imagen: Dominio público

¿Es posible escuchar a un árbol? De acuerdo a lo que alguna vez acertó Hemann Hesse en un hermoso tributo literario a estos seres, sí. Walt Whitman, otro poeta de la naturaleza, sostenía que una de las grandes lecciones que un árbol puede darnos son las de la humildad y la autenticidad, pues son reflejos de lo más noble del carácter humano. Y es que la naturaleza, en todas sus expresiones, es y seguirá siendo (mientras le permitamos existir) la más grande inspiración artística y espiritual. Esta cuestión ocupó, también, la pluma del gran poeta estadounidense Henry David Thoreau (1817-1862).

Como se sabe, en algún punto de su vida, Thoreau fue a vivir a los bosques de Walden, en Massachussets, con el fin de reflexionar sobre la existencia humana. Uno de los ensayos que resultó de este retiro, titulado simplemente Walden (1854), es un examen simple y lúcido sobre la naturaleza humana en muchas de sus facetas (por ejemplo, lo que realmente significa el éxito).

Para Thoreau, los árboles eran compañeros creativos y espirituales, seres capaces de acercarnos a la sanidad y a lo esencial del universo. El que fue uno de los poetas más relevantes del transcendentalismo norteamericano también consideraba a los árboles encantamientos vivientes, rezos sin palabras y bendiciones para nuestra vida en este mundo. A su lado, él encontraba un contrapunto a la falsedad de las sociedades humanas.

En una entrada de su diario de enero de 1857, Thoreau escribió:

En las calles y en la sociedad soy, casi invariablemente, ordinario y disipado, mi vida es horriblemente miserable. No hay cantidad de oro o de respetabilidad que puedan, en lo más mínimo redimir esto — ¡cenar con un gobernador o un miembro del congreso! Pero solitario, en los bosques y campos remotos, en las sencillas tierras llenas de retoños y los pastizales frecuentados por conejos, hasta en un día negro y triste, como este, mientras un aldeano está pensando en las labores de su posada, regreso a mí mismo y me siento, una vez más,  grandiosamente conectado, y el frío y la soledad son mis amigos. Supongo que estos valores, en mi caso, equivalen a lo que otros obtienen yendo a la iglesia o rezando. Vengo a mi bosque solitario y camino, como quien extraña su hogar y vuelve a casa… Es como si siempre encontrara en esos lugares un grandioso, sereno, inmortal, infinitamente alentador, aunque invisible compañero, y caminara con él.

Esta reflexión concede al mundo natural (y no a las sociedades humanas) el lugar de hogar, como si fuera solamente ahí que un hombre puede encontrarse a sí mismo, en la simpleza y la sencillez, en el poder y la fuerza del espacio natural, tanto en el plano simbólico como en el espacial. Así, la lección es simple y profundamente deslumbrante: no hay nada en la vulgaridad del mundo exterior —el poder, el dinero, la política, las apariencias, el éxito o la fama— que pueda darnos lo que realmente necesitamos, una conexión verdadera con lo que somos, con el universo entero, sus bosques, sus árboles, sus aguas.

 

Imagen: Dominio público