En la provincia de Aracena, al sur de España, se encuentra una de las maravillas subterráneas más impresionantes del mundo geológico: se trata de la “Gruta de las Maravillas”, mostrada en todo su esplendor a través de un timelapse dirigido por Rafael Asquith y Manuel Benito del Valle.

La palabra “mostrar” es necesaria para referirse al cortometraje La gruta de las maravillas, cuya premisa es mostrar al espectador la historia de la cueva, desde su formación hace millones de años hasta su accidental descubrimiento en el siglo XIX.

Sus creadores afirman que la naturaleza posee su propio lenguaje, por lo que la narración estorbaría y entorpecería la poderosa presencia de las imágenes. Sin embargo, tampoco prescinden de todo tipo de acompañamiento: la música en ocasiones ayuda a enfatizar la monumentalidad de las grutas, pero a veces crea la sensación de una majestuosidad escandalosa, contrastada con la quietud y reposo que se observa al interior de la gruta.

¿No es verdad, después de todo, que durante miles de millones de años estas grutas permanecieron en silencio —privadas, naturalmente, de música— sin contar la esporádica irrupción de un animal o el embriagante y discreto eco de las gotas al caer de las estalactitas?

En la provincia de Aracena, al sur de España, se encuentra una de las maravillas subterráneas más impresionantes del mundo geológico: se trata de la “Gruta de las Maravillas”, mostrada en todo su esplendor a través de un timelapse dirigido por Rafael Asquith y Manuel Benito del Valle.

La palabra “mostrar” es necesaria para referirse al cortometraje La gruta de las maravillas, cuya premisa es mostrar al espectador la historia de la cueva, desde su formación hace millones de años hasta su accidental descubrimiento en el siglo XIX.

Sus creadores afirman que la naturaleza posee su propio lenguaje, por lo que la narración estorbaría y entorpecería la poderosa presencia de las imágenes. Sin embargo, tampoco prescinden de todo tipo de acompañamiento: la música en ocasiones ayuda a enfatizar la monumentalidad de las grutas, pero a veces crea la sensación de una majestuosidad escandalosa, contrastada con la quietud y reposo que se observa al interior de la gruta.

¿No es verdad, después de todo, que durante miles de millones de años estas grutas permanecieron en silencio —privadas, naturalmente, de música— sin contar la esporádica irrupción de un animal o el embriagante y discreto eco de las gotas al caer de las estalactitas?

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