Si asociamos por un momento la práctica del budismo zen con las celebridades de Hollywood, probablemente pensemos que tienen poco en común. Sin embargo, el actor y carpintero Nick Offerman aparece como un improbable ejemplo de que no hace falta ser un monje para poner en práctica el zen de la vida diaria.

Nick Offerman ha tenido una larga y versátil carrera, apareciendo en series de TV como 24 y Gilmore Girls, hasta Parks and Recreation, además de incontables doblajes para cine, videojuegos y televisión. Pero cuando no está en el set de filmación, Offerman es un consumado carpintero. Y no se trata de un excéntrico pasatiempo, sino de algo que lo ha acompañado a lo largo de su vida para no perder la cordura y mantenerse centrado.

“La madera”, explica Offerman, “es algo a lo que podemos dar forma con diferentes herramientas de acero… Más que la piedra o el vidrio, para mí, la madera es el material más amigable para trabajar.”

En entrevistas a lo largo del tiempo, Offerman narra cómo las audiciones para papeles de actuación lo dejaban estresado y preocupado durante días. Para aliviar este estado, se metía al taller de carpintería y comenzaba a trabajar en algo: podía ser simplemente limar un pedazo de madera y unirlo con otro con clavos o pegamento. Luego de un rato, “podía ver el resultado tangible del trabajo que había hecho. Y no hay forma de describir esa sensación. Hay magia en eso”.

Offerman llegó a describir esta magia como “de una cualidad meditativa o Zen”, la cual le daba “una actitud más ligera, hasta el punto de que ya no me importaban tanto las series de TV”.

Esto recuerda una de las enseñanzas más poderosas del maestro D.T. Suzuki en Mente Zen, mente de principiante, cuando explica que shoshin (o mente de principiante) es la meta de toda práctica espiritual auténtica, específicamente del Zen. Al igual que en la carpintería, la actuación o cualquier otra actividad que se realice durante mucho tiempo, la mente va perdiendo la frescura original, o como la llama el maestro Suzuki, “el significado ilimitado de la mente original”.

Una práctica espiritual no se limita a la devoción mecánica que puede llevar al adepto a recitar una y otra vez los sutras u oraciones sin poner toda su intención en ellos; en cambio, comenzar a tallar una mesa de madera o la casa de un perro sin otra intención en mente salvo la tarea que absorbe al cuerpo y la concentración, era capaz de colocar a Offerman en un estado muy similar al de shoshin o mente de aprendiz.

La tentación de sentir que hemos dominado algo puede nublar nuestra percepción y hacernos producir expectativas innecesarias, que en última instancia llevarán al sufrimiento. En cambio, encontrar satisfacción pura y simple en la actividad que llevamos a cabo en el presente es una fuente de conexión y un motor de aprendizaje mucho más poderoso que la falsa maestría.

Sin importar lo que hagamos, recobrar el asombro y la intención original en nuestras tareas cotidianas a través del shoshin puede ser una meta para permanecer con la mente fresca y el corazón abierto.

 

 

 

Imagen: Udo Schönemann – flickr

Si asociamos por un momento la práctica del budismo zen con las celebridades de Hollywood, probablemente pensemos que tienen poco en común. Sin embargo, el actor y carpintero Nick Offerman aparece como un improbable ejemplo de que no hace falta ser un monje para poner en práctica el zen de la vida diaria.

Nick Offerman ha tenido una larga y versátil carrera, apareciendo en series de TV como 24 y Gilmore Girls, hasta Parks and Recreation, además de incontables doblajes para cine, videojuegos y televisión. Pero cuando no está en el set de filmación, Offerman es un consumado carpintero. Y no se trata de un excéntrico pasatiempo, sino de algo que lo ha acompañado a lo largo de su vida para no perder la cordura y mantenerse centrado.

“La madera”, explica Offerman, “es algo a lo que podemos dar forma con diferentes herramientas de acero… Más que la piedra o el vidrio, para mí, la madera es el material más amigable para trabajar.”

En entrevistas a lo largo del tiempo, Offerman narra cómo las audiciones para papeles de actuación lo dejaban estresado y preocupado durante días. Para aliviar este estado, se metía al taller de carpintería y comenzaba a trabajar en algo: podía ser simplemente limar un pedazo de madera y unirlo con otro con clavos o pegamento. Luego de un rato, “podía ver el resultado tangible del trabajo que había hecho. Y no hay forma de describir esa sensación. Hay magia en eso”.

Offerman llegó a describir esta magia como “de una cualidad meditativa o Zen”, la cual le daba “una actitud más ligera, hasta el punto de que ya no me importaban tanto las series de TV”.

Esto recuerda una de las enseñanzas más poderosas del maestro D.T. Suzuki en Mente Zen, mente de principiante, cuando explica que shoshin (o mente de principiante) es la meta de toda práctica espiritual auténtica, específicamente del Zen. Al igual que en la carpintería, la actuación o cualquier otra actividad que se realice durante mucho tiempo, la mente va perdiendo la frescura original, o como la llama el maestro Suzuki, “el significado ilimitado de la mente original”.

Una práctica espiritual no se limita a la devoción mecánica que puede llevar al adepto a recitar una y otra vez los sutras u oraciones sin poner toda su intención en ellos; en cambio, comenzar a tallar una mesa de madera o la casa de un perro sin otra intención en mente salvo la tarea que absorbe al cuerpo y la concentración, era capaz de colocar a Offerman en un estado muy similar al de shoshin o mente de aprendiz.

La tentación de sentir que hemos dominado algo puede nublar nuestra percepción y hacernos producir expectativas innecesarias, que en última instancia llevarán al sufrimiento. En cambio, encontrar satisfacción pura y simple en la actividad que llevamos a cabo en el presente es una fuente de conexión y un motor de aprendizaje mucho más poderoso que la falsa maestría.

Sin importar lo que hagamos, recobrar el asombro y la intención original en nuestras tareas cotidianas a través del shoshin puede ser una meta para permanecer con la mente fresca y el corazón abierto.

 

 

 

Imagen: Udo Schönemann – flickr