Podría pensarse que la fantasía es un territorio exclusivo de la mente, accesible sólo a través de los recursos de la imaginación y el ensueño. Sin embargo, sabemos también que no son pocas las construcciones físicas, palpables, que trasladan algo de ese mundo a este, poblándolo de ilusiones materializadas.

Precisamente este enlazamiento de mundos es lo que ocurre con el proyecto Dollhouse de la artista canadiense Heather Benning (1980), el cual consistió en transformar una casa abandonada en una casa de muñecas. Benning llevó a proporciones reales uno de los juguetes más tradicionales del arcón infantil.

En general, Benning gusta de explorar “los problemas de identidad, desplazamiento rural o reclamación, la herencia y la nostalgia”, ideas que sin duda encuentran más de una habitación dentro de una casa de muñecas.

La artista pasó 18 meses reconstruyendo el edificio abandonado desde hace más de 30 años en la localidad canadiense de Redvers; pintó sus paredes y arregló sus ventanas, introdujo el mobiliario necesario para dar ese matiz singular que tienen los objetos salidos de la infancia. Pero más allá de entregarnos un juguete descomunal, pareciera que Benning nos muestra cómo el abandono y la ruina pueden revertirse, y que la fantasía bien pudiese aprovecharse como un instrumento de regeneración urbana.

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Podría pensarse que la fantasía es un territorio exclusivo de la mente, accesible sólo a través de los recursos de la imaginación y el ensueño. Sin embargo, sabemos también que no son pocas las construcciones físicas, palpables, que trasladan algo de ese mundo a este, poblándolo de ilusiones materializadas.

Precisamente este enlazamiento de mundos es lo que ocurre con el proyecto Dollhouse de la artista canadiense Heather Benning (1980), el cual consistió en transformar una casa abandonada en una casa de muñecas. Benning llevó a proporciones reales uno de los juguetes más tradicionales del arcón infantil.

En general, Benning gusta de explorar “los problemas de identidad, desplazamiento rural o reclamación, la herencia y la nostalgia”, ideas que sin duda encuentran más de una habitación dentro de una casa de muñecas.

La artista pasó 18 meses reconstruyendo el edificio abandonado desde hace más de 30 años en la localidad canadiense de Redvers; pintó sus paredes y arregló sus ventanas, introdujo el mobiliario necesario para dar ese matiz singular que tienen los objetos salidos de la infancia. Pero más allá de entregarnos un juguete descomunal, pareciera que Benning nos muestra cómo el abandono y la ruina pueden revertirse, y que la fantasía bien pudiese aprovecharse como un instrumento de regeneración urbana.

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