Cualquier lector o lectora se enfrenta, tarde o temprano, con el mismo problema: ¿qué hacer con los libros que no se han leído? ¿Con aquellos que vamos dejando sin leer, como un rastro de separadores que marcan el lugar de la interrupción de la lectura, ahí donde nuestros ojos han estado?

A pesar de nuestras buenas intenciones, muchos lectores vemos con una mezcla de orgullo e impaciencia crecer esas pilas de libros en las habitaciones de nuestras viviendas; las pilas de libros pueden ser pendientes de lectura, o simplemente objetos de una colección personalísima, que encuentra una bella expresión en la palabra japonesa tsundoku.

Según el portal Open Culture, “la palabra se remonta al inicio mismo del Japón moderno, la era Meiji (1868-1912) y tiene su origen en un juego de palabras. Tsundoku, que literalmente significa ‘pila de lectura’, se escribe en japonés como 積ん. Tsunde oku significa dejar que algo se apile, y se escribe 積んでおく. Algún bromista de principios de siglo cambió ese oku (おく) de tsunde oku por doku () que significa leer. Y puesto que tsunde doku es difícil de decir, la palabra se compactó para formar tsundoku”.

Sería sencillo demostrar a través de un simple procedimiento estadístico que, aunque los lectores emplearan todo el tiempo disponible de su vida para dedicarlo a leer, en realidad no lograrían jamás agotar el caudal de páginas en las que ha quedado consignado el entendimiento humano.

De este modo, la propensión del instante –esa intuición secreta que nos hace tomar un libro del anaquel de una librería para integrarlo a los objetos de nuestra galaxia doméstica—integra una serie acumulativa de materiales de lectura que muchas veces se interrumpe.

Ya el poeta cubano José Lezama Lima afirmaba que una buena biblioteca personal no se compone de los libros que hemos leído y almacenado, sin más, en los libreros, sino también, y sobre todo, de aquellas joyas que esperan su propio instante, a veces durante años, hasta que ocurre el feliz reencuentro con su lector.

 

 

 

 Imagen: William Hoiles – Wikimedia Commons

Cualquier lector o lectora se enfrenta, tarde o temprano, con el mismo problema: ¿qué hacer con los libros que no se han leído? ¿Con aquellos que vamos dejando sin leer, como un rastro de separadores que marcan el lugar de la interrupción de la lectura, ahí donde nuestros ojos han estado?

A pesar de nuestras buenas intenciones, muchos lectores vemos con una mezcla de orgullo e impaciencia crecer esas pilas de libros en las habitaciones de nuestras viviendas; las pilas de libros pueden ser pendientes de lectura, o simplemente objetos de una colección personalísima, que encuentra una bella expresión en la palabra japonesa tsundoku.

Según el portal Open Culture, “la palabra se remonta al inicio mismo del Japón moderno, la era Meiji (1868-1912) y tiene su origen en un juego de palabras. Tsundoku, que literalmente significa ‘pila de lectura’, se escribe en japonés como 積ん. Tsunde oku significa dejar que algo se apile, y se escribe 積んでおく. Algún bromista de principios de siglo cambió ese oku (おく) de tsunde oku por doku () que significa leer. Y puesto que tsunde doku es difícil de decir, la palabra se compactó para formar tsundoku”.

Sería sencillo demostrar a través de un simple procedimiento estadístico que, aunque los lectores emplearan todo el tiempo disponible de su vida para dedicarlo a leer, en realidad no lograrían jamás agotar el caudal de páginas en las que ha quedado consignado el entendimiento humano.

De este modo, la propensión del instante –esa intuición secreta que nos hace tomar un libro del anaquel de una librería para integrarlo a los objetos de nuestra galaxia doméstica—integra una serie acumulativa de materiales de lectura que muchas veces se interrumpe.

Ya el poeta cubano José Lezama Lima afirmaba que una buena biblioteca personal no se compone de los libros que hemos leído y almacenado, sin más, en los libreros, sino también, y sobre todo, de aquellas joyas que esperan su propio instante, a veces durante años, hasta que ocurre el feliz reencuentro con su lector.

 

 

 

 Imagen: William Hoiles – Wikimedia Commons