La idea del artista como un ser torturado por su propia desdicha se ha malinterpretado culturalmente al punto de llegar a ser tóxico. Se cree, sobre todo en ámbitos de estudiantes de arte o dentro de ideologías pop, que el sufrimiento es requerido para crear obras sustanciales, y por lo tanto se idealiza a figuras trágicas –tan humanas como nosotros– por las razones incorrectas. Se pierde algo valioso en esas mitologías. Debajo de la aparente patología “romántica” de artistas perturbados, hay un dialogo vital entre la creatividad y el papel de la desdicha.

Es verdad que algunas de las obras más conmovedoras de la historia han surgido de ese lugar profundo, pero su valor reside en la valentía. El artista pudo transformar, usando la creatividad, un sentimiento en un medio de comunicación. Así, la valentía ante el dolor, y no el dolor mismo, es lo que trasciende. Y la tristeza, o el dolor, es uno de los lugares más fértiles que existen en nosotros; es gracias a ellos que nos transformamos.

Francis Bacon (1909 – 1992), conocido por su imaginería sobrecargada de violencia, ansiedad y terror, decía que “los sentimientos de desesperación e infelicidad son más útiles para un artista que el sentimiento de complacencia, porque la desesperación y la infelicidad estiran toda tu sensibilidad”.

El sufrimiento es llamado “el antiguo alimento de los héroes” porque es como arcilla, es un material maleable para crear. De acuerdo con Bacon, el artista debe tomar lo que le es dado y transmutarlo. En entrevista con el prominente crítico de arte John Gruen, Bacon ahonda en la correspondencia entre la creatividad humana y el tormento.

Creo que la vida es violenta y la mayoría de la gente se aleja de ese lado de ella en un esfuerzo por vivir una vida … Pero yo creo que solo se están engañando a sí mismos. El acto de nacer es una cosa violenta y el arte de morir es una cosa violenta. Y, como seguramente has observado, el acto de vivir es en sí violento. Por ejemplo, hay auto-violencia en el hecho de que yo beba demasiado. Pero me siento absolutamente seguro de que el artista debe ser nutrido por sus pasiones y sus desesperaciones. Estas cosas alteran a un artista ya sea para bien, para mejor o para peor. Debe alterarlo. Los sentimientos de desesperación e infelicidad son más útiles para un artista que el sentimiento de complacencia porque la desesperación y la infelicidad estiran toda tu sensibilidad.

¿Quién mejor que Bacon, magistral traductor de su inventario de terror emocional, para dar cuenta de la importancia de encarar y nutrirse de las pasiones humanas? Parte del gran poder de sus pinturas, como explica H. Potter Abbott en un magnífico ensayo, viene de su rechazo a satisfacer el deseo de narrativa que despierta en nosotros. “La experiencia de indeterminación, de querer saber y no ser permitidos saber, es en sí mismo un tipo de dolor y hace un leve eco al terrible dolor que expresan las pinturas”, observa. Es precisamente esa capacidad transmisora lo que hace que todo (literalmente) valga la pena. En las obras de Bacon queremos entender el dolor, aunque nos duela. Queremos narrativa, pero el pintor la frustra instantáneamente. Por un lado la incita –pensamos en sus trípticos o sus figuras en serie, que evocan movimiento, secuencia— y por el otro la cancela: no hay nada claro en ese movimiento.

Ante esto, Bacon mismo decía que “el trabajo del artista no es ser claro, ser escuchado o entendido por completo, o incluso ser gustado. El trabajo de un artista es profundizar el misterio dentro de cada persona que se cruza en su camino a tal punto que no tengan otra opción que dejar ir su superficialidad”.

Volviendo al tema del tan romantizado sufrimiento del héroe, Bacon, con tremenda autoconciencia, contempla la relación de la desdicha y la creatividad, en su sentido más amplio. Corta de tajo el idealizado sufrimiento (el “sufrir por sufrir”) y nos recuerda que después de todo, las emociones son material, y el artista es un artífice. “Deben entender”, decía, “que la vida no es nada al menos que hagas algo de ella”.

Claro que sufro. ¿Quién no? Pero no creo que me haya convertido en un mejor artista por mi sufrimiento, sino por mi fuerza de voluntad, y la manera en que he trabajado conmigo mismo. Hay una conexión entre nuestra vida y nuestro trabajo, y sin embargo, al mismo tiempo, no la hay. Porque, después de todo, el arte es artificio, lo cual tendemos a olvidar. Si uno pudiera hacer de la vida de uno el trabajo de uno, entonces la conexión se ha logrado. En un sentido, podría decir que he pintado mi propia vida. He pintado la historia de mi vida en mi propio trabajo, pero solo en un sentido.

Cuando uno está sumergido en el trabajo… es muy estimulante y excitante, porque ahí es donde acercas las cosas a tu sistema nervioso. Debes entender que yo no pinto para nadie excepto para mí mismo. ¡No podría expresarte lo sorprendido que estuve cuando mi trabajo comenzó a venderse!

La idea del artista como un ser torturado por su propia desdicha se ha malinterpretado culturalmente al punto de llegar a ser tóxico. Se cree, sobre todo en ámbitos de estudiantes de arte o dentro de ideologías pop, que el sufrimiento es requerido para crear obras sustanciales, y por lo tanto se idealiza a figuras trágicas –tan humanas como nosotros– por las razones incorrectas. Se pierde algo valioso en esas mitologías. Debajo de la aparente patología “romántica” de artistas perturbados, hay un dialogo vital entre la creatividad y el papel de la desdicha.

Es verdad que algunas de las obras más conmovedoras de la historia han surgido de ese lugar profundo, pero su valor reside en la valentía. El artista pudo transformar, usando la creatividad, un sentimiento en un medio de comunicación. Así, la valentía ante el dolor, y no el dolor mismo, es lo que trasciende. Y la tristeza, o el dolor, es uno de los lugares más fértiles que existen en nosotros; es gracias a ellos que nos transformamos.

Francis Bacon (1909 – 1992), conocido por su imaginería sobrecargada de violencia, ansiedad y terror, decía que “los sentimientos de desesperación e infelicidad son más útiles para un artista que el sentimiento de complacencia, porque la desesperación y la infelicidad estiran toda tu sensibilidad”.

El sufrimiento es llamado “el antiguo alimento de los héroes” porque es como arcilla, es un material maleable para crear. De acuerdo con Bacon, el artista debe tomar lo que le es dado y transmutarlo. En entrevista con el prominente crítico de arte John Gruen, Bacon ahonda en la correspondencia entre la creatividad humana y el tormento.

Creo que la vida es violenta y la mayoría de la gente se aleja de ese lado de ella en un esfuerzo por vivir una vida … Pero yo creo que solo se están engañando a sí mismos. El acto de nacer es una cosa violenta y el arte de morir es una cosa violenta. Y, como seguramente has observado, el acto de vivir es en sí violento. Por ejemplo, hay auto-violencia en el hecho de que yo beba demasiado. Pero me siento absolutamente seguro de que el artista debe ser nutrido por sus pasiones y sus desesperaciones. Estas cosas alteran a un artista ya sea para bien, para mejor o para peor. Debe alterarlo. Los sentimientos de desesperación e infelicidad son más útiles para un artista que el sentimiento de complacencia porque la desesperación y la infelicidad estiran toda tu sensibilidad.

¿Quién mejor que Bacon, magistral traductor de su inventario de terror emocional, para dar cuenta de la importancia de encarar y nutrirse de las pasiones humanas? Parte del gran poder de sus pinturas, como explica H. Potter Abbott en un magnífico ensayo, viene de su rechazo a satisfacer el deseo de narrativa que despierta en nosotros. “La experiencia de indeterminación, de querer saber y no ser permitidos saber, es en sí mismo un tipo de dolor y hace un leve eco al terrible dolor que expresan las pinturas”, observa. Es precisamente esa capacidad transmisora lo que hace que todo (literalmente) valga la pena. En las obras de Bacon queremos entender el dolor, aunque nos duela. Queremos narrativa, pero el pintor la frustra instantáneamente. Por un lado la incita –pensamos en sus trípticos o sus figuras en serie, que evocan movimiento, secuencia— y por el otro la cancela: no hay nada claro en ese movimiento.

Ante esto, Bacon mismo decía que “el trabajo del artista no es ser claro, ser escuchado o entendido por completo, o incluso ser gustado. El trabajo de un artista es profundizar el misterio dentro de cada persona que se cruza en su camino a tal punto que no tengan otra opción que dejar ir su superficialidad”.

Volviendo al tema del tan romantizado sufrimiento del héroe, Bacon, con tremenda autoconciencia, contempla la relación de la desdicha y la creatividad, en su sentido más amplio. Corta de tajo el idealizado sufrimiento (el “sufrir por sufrir”) y nos recuerda que después de todo, las emociones son material, y el artista es un artífice. “Deben entender”, decía, “que la vida no es nada al menos que hagas algo de ella”.

Claro que sufro. ¿Quién no? Pero no creo que me haya convertido en un mejor artista por mi sufrimiento, sino por mi fuerza de voluntad, y la manera en que he trabajado conmigo mismo. Hay una conexión entre nuestra vida y nuestro trabajo, y sin embargo, al mismo tiempo, no la hay. Porque, después de todo, el arte es artificio, lo cual tendemos a olvidar. Si uno pudiera hacer de la vida de uno el trabajo de uno, entonces la conexión se ha logrado. En un sentido, podría decir que he pintado mi propia vida. He pintado la historia de mi vida en mi propio trabajo, pero solo en un sentido.

Cuando uno está sumergido en el trabajo… es muy estimulante y excitante, porque ahí es donde acercas las cosas a tu sistema nervioso. Debes entender que yo no pinto para nadie excepto para mí mismo. ¡No podría expresarte lo sorprendido que estuve cuando mi trabajo comenzó a venderse!

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