La literatura podría verse como una especie de cartografía, como una colección de planos de nuestro interior. En ocasiones, dentro de estos mapas tan humanos que son los libros existen, a su vez, otros mapas. Y es que el espacio imaginario es, sin duda, tan importante como el real. En la historia de la literatura existen una gran cantidad de narraciones en las que los espacios —las ciudades, los reinos, los países— son tan importantes como cualquier personaje (o son un personaje en sí mismos) y pueden llegar a ser más reales que la realidad misma. Como una celebración a estas incorpóreas topografías, existe un libro dedicado a los mapas que han nacido en la literatura, The Writer’s Map: An Atlas of Imaginary Lands, editado por Huw Lewis-Jones.

Existen lugares de la literatura que son de naturaleza imposible, como las ciudades invisibles que alguna vez describió Italo Calvino, o las regiones imaginarias que retrata Borges en su cuento Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. También existen lugares que existen en la realidad, y que son reinventados en los libros, como el Dublín de James Joyce o los bosque de Walden retratados en el poema de Thoreau, por nombrar sólo algunos ejemplos. En la larga tradición de la cartografía literaria existen esos escritores que, de hecho, hicieron mapas en sus libros, como aquellos planos de la Tierra Media en los épicos libros J R. R. Tolkien —algunos de estos lugares que existen en los libros son el objeto de The Writer’s Map.

El libro de Lewis-Jones ofrece la oportunidad de recorrer las tierras de la Utopía de Tomás Moro, la isla del tesoro de R. L. Stevenson o las muchas comarcas y reinos que integran la Tierra Media. Además, el libro contiene una buena cantidad de ensayos sobre la cartografía literaria hechos por escritores y también por cartógrafos. “Para muchos escritores”, escribe Lewis-Jones, “la hechura de un mapa es absolutamente central para dar forma y contar su historia”. Para otros, los mapas simplemente evitan párrafos y párrafos de descripciones espaciales.

Algo que une a los escritores cuyos mapas forman parte de este volumen es un amor por la imaginación, por la fantasía; muchos de ellos son parte de los libros desde su publicación y otros provienen de los cuadernos y anotaciones privadas de varios escritores —tesoros que incluyen, por ejemplo, el mapa de Mordor hecho por Tolkien en un papel cuadriculado; mapas de Narnia provenientes de los cuadernos de C. S. Lewis; o la ruta que tomó Jack Kerouac en En el camino.

Los espacios literarios son tan fascinantes porque tienen más posibilidades que los lugares reales, independientemente de si éstos son elementos paraliterarios o uno solo con el texto, esos lugares hechos de palabras siempre estimularán nuestra imaginación de formas insospechadas.

 

Imagen: Dominio público

La literatura podría verse como una especie de cartografía, como una colección de planos de nuestro interior. En ocasiones, dentro de estos mapas tan humanos que son los libros existen, a su vez, otros mapas. Y es que el espacio imaginario es, sin duda, tan importante como el real. En la historia de la literatura existen una gran cantidad de narraciones en las que los espacios —las ciudades, los reinos, los países— son tan importantes como cualquier personaje (o son un personaje en sí mismos) y pueden llegar a ser más reales que la realidad misma. Como una celebración a estas incorpóreas topografías, existe un libro dedicado a los mapas que han nacido en la literatura, The Writer’s Map: An Atlas of Imaginary Lands, editado por Huw Lewis-Jones.

Existen lugares de la literatura que son de naturaleza imposible, como las ciudades invisibles que alguna vez describió Italo Calvino, o las regiones imaginarias que retrata Borges en su cuento Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. También existen lugares que existen en la realidad, y que son reinventados en los libros, como el Dublín de James Joyce o los bosque de Walden retratados en el poema de Thoreau, por nombrar sólo algunos ejemplos. En la larga tradición de la cartografía literaria existen esos escritores que, de hecho, hicieron mapas en sus libros, como aquellos planos de la Tierra Media en los épicos libros J R. R. Tolkien —algunos de estos lugares que existen en los libros son el objeto de The Writer’s Map.

El libro de Lewis-Jones ofrece la oportunidad de recorrer las tierras de la Utopía de Tomás Moro, la isla del tesoro de R. L. Stevenson o las muchas comarcas y reinos que integran la Tierra Media. Además, el libro contiene una buena cantidad de ensayos sobre la cartografía literaria hechos por escritores y también por cartógrafos. “Para muchos escritores”, escribe Lewis-Jones, “la hechura de un mapa es absolutamente central para dar forma y contar su historia”. Para otros, los mapas simplemente evitan párrafos y párrafos de descripciones espaciales.

Algo que une a los escritores cuyos mapas forman parte de este volumen es un amor por la imaginación, por la fantasía; muchos de ellos son parte de los libros desde su publicación y otros provienen de los cuadernos y anotaciones privadas de varios escritores —tesoros que incluyen, por ejemplo, el mapa de Mordor hecho por Tolkien en un papel cuadriculado; mapas de Narnia provenientes de los cuadernos de C. S. Lewis; o la ruta que tomó Jack Kerouac en En el camino.

Los espacios literarios son tan fascinantes porque tienen más posibilidades que los lugares reales, independientemente de si éstos son elementos paraliterarios o uno solo con el texto, esos lugares hechos de palabras siempre estimularán nuestra imaginación de formas insospechadas.

 

Imagen: Dominio público