Desde que el hombre tiene conciencia, la mecánica de la naturaleza lo ha fascinado: los ciclos lunares, las estaciones y los tránsitos planetarios, los ciclos del agua y de la tierra, las etapas de la vida animal y vegetal, las formas (espirales, triángulos, esferas y círculos) que revelan órdenes estables, superiores y sagrados.

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En Grecia, y posteriormente durante el Renacimiento europeo, se recurrió a los matemáticos, a los geómetras y a los artistas para determinar las proporciones exactas de las cosas, las formas ideales de las que todo procedía. Estas fijaciones —tan objetivas como artísticas— llegaron también a preguntarse sobre la proporción ideal de los animales: ¿cómo sería un caballo perfecto o lo que ellos llamaron “el caballo ideal”? ¿qué proporciones guardarían los huesos de sus patas, su caja torácica, orejas u ojos?

Aunque en un principio (por obvias razones) el primer referente fue el cuerpo humano —siendo el Hombre de Vitrubio una de las cúspides estilísticas de estos estudios—, en esta era de descubrimientos también se desarrollaron teorías sobre los animales y su proporción ideal usando cuadrados y círculos como guías para artistas y aprendices. El problema era determinar si es que existía un modelo inicial, una especie de molde perfecto del que hubieran surgido los cuerpos que habitan nuestro mundo.

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Dentro de esta cuestión, los criadores de caballos jugaron un papel preponderante, y con razón: de todos los animales del mundo, los caballos son el más deslumbrante ejemplo de fuerza y belleza. De la perfección y potencia del animal podía depender el dominio o la caída de un imperio. No sólo fue el medio de transporte más común, también fue parte determinante del proceso agrícola, un lujo para los aristócratas y, sobre todo, la base de la fuerza guerrera de tierra.

Pero como en toda empresa intelectual de aquel entonces, ésta inevitablemente llegó al concepto de Dios, la perfección y los absolutos, de la importancia de emular la creación divina. Se consideraba, por ejemplo, que el caballo perfecto era el que Noé embarcó en su arca; si debía salvarse una especie, era porque ésta era ejemplar: si no perfecta, las más aproximada a la que alguna vez habitó el Paraíso. Las imperfecciones y fallas posteriores de los animales eran resultado, o más precisamente culpa, del hombre y su caída del Jardín del Edén. Por todas estas razones era misión del hombre restaurar la unidad original y el orden sagrado a través de obras que fueran, por lo menos, virtuosas, medidas, proporcionales.

Así los criadores de caballos procedieron a buscar, siempre guiados por la mesura (o la medida) las especies mejor proporcionadas. Pero fueron los artistas los que crearon las guías para los criadores. Luego de muchos ensayos basados en consideraciones matemático-geométricas (pero también estéticas) y basándose en círculos y cuadrados, algunos de los grabadores y artistas plásticos más importantes del periodo concluyeron que el caballo italiano proveniente de Nápoles era el más perfecto de todos. Por supuesto, se tuvo que admitir que el “ideal” no era representativo de todas las razas y dado que el clima jugaba una parte importante se hicieron mezclas “atrevidas”, como el caballo turco con la yegua inglesa, por ejemplo. De ahí la significativa importación de razas de caballos turcos a las islas británicas en el Renacimiento.

La discusión sobre cuál sería el caballo ideal siguió durante muchas décadas, pero ésta siempre desembocó en discusiones de orden teológico, y la búsqueda de modelos perfectos siempre derivó en el universo de lo abstracto. ¿Cómo es el caballo perfecto que Dios hizo? La respuesta sólo podía darse, se creía entonces, a través de la geometría (expresión de lo divino), pero sobre todo a través del arte, de aquellos que llevaron el mundo de la idea, del concepto, a lo palpable de un papel o un lienzo en blanco. Así vemos que en una era como ésta, incluso las cuestiones más extraordinariamente complejas desembocaban en la inverosímil posibilidad del arte de acercarnos a los sagrado —algo que, por cierto, no ha cambiado hasta el día de hoy.

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Imágenes: Hans Sebald Beham, Dieses Büchlein zeigt an, und lernet ein maß oder proporcion der Roß — Bayerische Staatsbibliothek 

Desde que el hombre tiene conciencia, la mecánica de la naturaleza lo ha fascinado: los ciclos lunares, las estaciones y los tránsitos planetarios, los ciclos del agua y de la tierra, las etapas de la vida animal y vegetal, las formas (espirales, triángulos, esferas y círculos) que revelan órdenes estables, superiores y sagrados.

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En Grecia, y posteriormente durante el Renacimiento europeo, se recurrió a los matemáticos, a los geómetras y a los artistas para determinar las proporciones exactas de las cosas, las formas ideales de las que todo procedía. Estas fijaciones —tan objetivas como artísticas— llegaron también a preguntarse sobre la proporción ideal de los animales: ¿cómo sería un caballo perfecto o lo que ellos llamaron “el caballo ideal”? ¿qué proporciones guardarían los huesos de sus patas, su caja torácica, orejas u ojos?

Aunque en un principio (por obvias razones) el primer referente fue el cuerpo humano —siendo el Hombre de Vitrubio una de las cúspides estilísticas de estos estudios—, en esta era de descubrimientos también se desarrollaron teorías sobre los animales y su proporción ideal usando cuadrados y círculos como guías para artistas y aprendices. El problema era determinar si es que existía un modelo inicial, una especie de molde perfecto del que hubieran surgido los cuerpos que habitan nuestro mundo.

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Dentro de esta cuestión, los criadores de caballos jugaron un papel preponderante, y con razón: de todos los animales del mundo, los caballos son el más deslumbrante ejemplo de fuerza y belleza. De la perfección y potencia del animal podía depender el dominio o la caída de un imperio. No sólo fue el medio de transporte más común, también fue parte determinante del proceso agrícola, un lujo para los aristócratas y, sobre todo, la base de la fuerza guerrera de tierra.

Pero como en toda empresa intelectual de aquel entonces, ésta inevitablemente llegó al concepto de Dios, la perfección y los absolutos, de la importancia de emular la creación divina. Se consideraba, por ejemplo, que el caballo perfecto era el que Noé embarcó en su arca; si debía salvarse una especie, era porque ésta era ejemplar: si no perfecta, las más aproximada a la que alguna vez habitó el Paraíso. Las imperfecciones y fallas posteriores de los animales eran resultado, o más precisamente culpa, del hombre y su caída del Jardín del Edén. Por todas estas razones era misión del hombre restaurar la unidad original y el orden sagrado a través de obras que fueran, por lo menos, virtuosas, medidas, proporcionales.

Así los criadores de caballos procedieron a buscar, siempre guiados por la mesura (o la medida) las especies mejor proporcionadas. Pero fueron los artistas los que crearon las guías para los criadores. Luego de muchos ensayos basados en consideraciones matemático-geométricas (pero también estéticas) y basándose en círculos y cuadrados, algunos de los grabadores y artistas plásticos más importantes del periodo concluyeron que el caballo italiano proveniente de Nápoles era el más perfecto de todos. Por supuesto, se tuvo que admitir que el “ideal” no era representativo de todas las razas y dado que el clima jugaba una parte importante se hicieron mezclas “atrevidas”, como el caballo turco con la yegua inglesa, por ejemplo. De ahí la significativa importación de razas de caballos turcos a las islas británicas en el Renacimiento.

La discusión sobre cuál sería el caballo ideal siguió durante muchas décadas, pero ésta siempre desembocó en discusiones de orden teológico, y la búsqueda de modelos perfectos siempre derivó en el universo de lo abstracto. ¿Cómo es el caballo perfecto que Dios hizo? La respuesta sólo podía darse, se creía entonces, a través de la geometría (expresión de lo divino), pero sobre todo a través del arte, de aquellos que llevaron el mundo de la idea, del concepto, a lo palpable de un papel o un lienzo en blanco. Así vemos que en una era como ésta, incluso las cuestiones más extraordinariamente complejas desembocaban en la inverosímil posibilidad del arte de acercarnos a los sagrado —algo que, por cierto, no ha cambiado hasta el día de hoy.

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Imágenes: Hans Sebald Beham, Dieses Büchlein zeigt an, und lernet ein maß oder proporcion der Roß — Bayerische Staatsbibliothek