A veces, cuando uno se entera de un nuevo proyecto de música con ballenas o insectos, lo primero que piensa es en el new age o en una cabina de masajes. Y con toda razón. Este tipo de experimentos se dan en un nicho que rara vez suela involucrar músicos serios, o incluso, a veces, a músicos. Pero la Cicada Dream Band, sin pretensiones, derriba el prejuicio estético hacía los cantos de la fauna.

Lejos de ser una banda más de la nueva escena artistoide de Nueva York, los músicos involucrados son virtuosos de la música clásica en sus respectivos instrumentos. Son compositores y musicólogos que han dedicado su vida a la música.

Por décadas, el consumado clarinetista David Rothenberg ha estudiado la música del reino animal, y para documentar sus hallazgos ha autorado tres libros: Why Birds Sing: A Journey Into the Mystery of Birdsong; Thousand-Mile Song: Whale Music in a Sea of Sound; y Bug Music: How Insects Gave Us Rhythm and Noise. Pauline Oliveros es una compositora y acordeonista cuyo trabajo ha sido central para el desarrollo y refinamiento de música de la postguerra y arte electrónico. También es pionera de conceptos como “Deep Listening” y “sonic awareness”. Por último, Timothy Hill es un maestro de la harmónica y el canto, que resulta en una manera de cantar en harmonía con el espectro natural.

La Cicada Dream Band aprovechó la llegada de millones de cigarras a Nueva York (fenómeno que sucede cada 17 años) para organizar –literalmente– un concierto con ellas. Los integrantes del grupo llevaron a cientos de cigarras con ellos a un estudio de grabación para improvisar música con ellas. El ensamble de acordeón digital, clarinetes y sonidos de la naturaleza grabó tres horas y media, de las cuales escogió sus 64 minutos y 32 segundos favoritos.

Los escuchas de este disco deben dejar atrás sus convenciones pues no encontrarán melodía allí, pero tampoco mera abstracción: las ballenas, los magpies y las cigarras que cantan allí son tan reales que no hay espacio para lo abstracto. Y de hecho sí hay harmonía, solo que un tipo de armonía comparable al canto de las aves o a la comunicación entre insectos. Los tres virtuosos integrantes del grupo logran devolver el significado de “concierto” (reunir, hacer acuerdos, armonizar) al término. Reúnen criaturas de otros reinos en un acuerdo comunal para sonar. Nuestros oídos deben volverse antenas.

A veces, cuando uno se entera de un nuevo proyecto de música con ballenas o insectos, lo primero que piensa es en el new age o en una cabina de masajes. Y con toda razón. Este tipo de experimentos se dan en un nicho que rara vez suela involucrar músicos serios, o incluso, a veces, a músicos. Pero la Cicada Dream Band, sin pretensiones, derriba el prejuicio estético hacía los cantos de la fauna.

Lejos de ser una banda más de la nueva escena artistoide de Nueva York, los músicos involucrados son virtuosos de la música clásica en sus respectivos instrumentos. Son compositores y musicólogos que han dedicado su vida a la música.

Por décadas, el consumado clarinetista David Rothenberg ha estudiado la música del reino animal, y para documentar sus hallazgos ha autorado tres libros: Why Birds Sing: A Journey Into the Mystery of Birdsong; Thousand-Mile Song: Whale Music in a Sea of Sound; y Bug Music: How Insects Gave Us Rhythm and Noise. Pauline Oliveros es una compositora y acordeonista cuyo trabajo ha sido central para el desarrollo y refinamiento de música de la postguerra y arte electrónico. También es pionera de conceptos como “Deep Listening” y “sonic awareness”. Por último, Timothy Hill es un maestro de la harmónica y el canto, que resulta en una manera de cantar en harmonía con el espectro natural.

La Cicada Dream Band aprovechó la llegada de millones de cigarras a Nueva York (fenómeno que sucede cada 17 años) para organizar –literalmente– un concierto con ellas. Los integrantes del grupo llevaron a cientos de cigarras con ellos a un estudio de grabación para improvisar música con ellas. El ensamble de acordeón digital, clarinetes y sonidos de la naturaleza grabó tres horas y media, de las cuales escogió sus 64 minutos y 32 segundos favoritos.

Los escuchas de este disco deben dejar atrás sus convenciones pues no encontrarán melodía allí, pero tampoco mera abstracción: las ballenas, los magpies y las cigarras que cantan allí son tan reales que no hay espacio para lo abstracto. Y de hecho sí hay harmonía, solo que un tipo de armonía comparable al canto de las aves o a la comunicación entre insectos. Los tres virtuosos integrantes del grupo logran devolver el significado de “concierto” (reunir, hacer acuerdos, armonizar) al término. Reúnen criaturas de otros reinos en un acuerdo comunal para sonar. Nuestros oídos deben volverse antenas.

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