Descubrir un nuevo cuadro de Leonardo Da Vinci es como descubrir un nuevo planeta. O al menos así describe el crítico de arte Alastair Sooke el reciente descubrimiento de un cuadro de Cristo pintado por Leonardo Da Vinci, una pieza que fue brevemente expuesta el año pasado en Christie’s (la casa de subastas londinense más famosa del mundo), antes de ser vendida de un coleccionista privado a otro. La historia de este cuadro es, sin duda, fascinante e invita a reflexiones pertinentes en torno al mercado del arte pero, sobre todo, en torno al poder que una gran obra de arte tiene sobre nuestra sensibilidad y, más aún, sobre nuestro cuerpo.

Salvator Mundi es el nombre del imponente Cristo que mira con ojos profundos y sobrenaturales. La técnica es impecable: los detallados rulos de cabello (que recuerdan los del San Juan Bautista de Da Vinci que habita el Louvre), la orbe o esfera transparente (testigo de la obsesión del artista con la luz y la óptica) y, sobre todo, el esfumado, técnica que en vida el italiano llevó a su máxima expresión. No menos impresionante, la mano derecha —perfecta y bendiciendo, apuntando hacia el cielo— fue, de hecho, uno de los detalles que ayudó a expertos a determinar que se trataba de una obra del gran Leonardo.

1salvatoremundi 
Se calcula que el cuadro fue pintado en 1499 o 1500, y eventualmente, en el siglo XVII, formó parte de la colección del rey Carlos I de Inglaterra, que fue vendida en algún momento. La pintura, sin embargo, fue devuelto a la colección real y posteriormente desapareció, hasta mediados del siglo XX. Hasta hace pocos años, se creía que se trataba de la copia de un pequeño Cristo que, se sabía, había pintado Leonardo —y que había sido hecha, tal vez, por un aprendiz de Leonardo, o por el aprendiz de un aprendiz. Se sabe que en 1958 el cuadro fue subastado en Londres, y se vendió por lo equivalente a 125 dólares de hoy. El cuadro había sido restaurado varias veces, y llevaba capas y capas de las pinceladas de distintas personas. Los penúltimos dueños del Cristo lo compraron en 2005 en la ciudad de Nueva Orleáns, tras lo que buscaron expertos para restaurarlo y, después de varios análisis y con la ferviente creencia de que se trataba de un Leonardo Da Vinci original, éste fue llevado a la National Gallery de Londres en 2008, donde expertos de la famosa galería afirmaron que se trataba de un cuadro del maestro renacentista. En 2017, hace apenas unos meses, Salvator Mundi se subastó en Christie’s por un poco más de 450 millones de dólares; es la pintura más cara jamás vendida.

Fue la mano del Cristo lo que ofreció las primeras pruebas de autenticidad porque ésta presentó, al momento de examinarla con rayos X, lo que los expertos llaman un pentimento, palabra italiana que significa “arrepentimiento” o cambio de opinión”, y que es un cambio en el cuadro posterior a que éste ha sido pintado. En el caso de Salvator Mundi, el pulgar fue originalmente pintado un poco más estirado y, posteriormente, el autor decidió doblarlo en la parte superior. También se encontraron otros “cambios de opinión” en la vestimenta, las joyas y la mano izquierda del Cristo, aquella que sostiene la esfera. Ninguna copia de un cuadro presenta estas modificaciones, por eso se supo que se trataba de una pieza original. El proceso de restauración implicó quitar capas de pinturas posteriores (dejar salir al fantasma que habitaba al fondo de la pintura) y arreglar una grieta en la madera, después de lo cuál, el rostro del hombre de ojos cafés que había estado cubierto durante siglos volvió a ver la luz.

La prueba final de que el cuadro fue pintado por Leonardo vino cuando se examinó el labio superior del Cristo, donde se encontraron los restos de la transferencia de un dibujo original al lienzo —técnica específica que había sido usada por Da Vinci en la Mona Lisa. Esta especie de calca se hacía haciendo pequeños orificios en los contornos del dibujo base, poniéndolo sobre el lienzo y aplicando pigmentos en polvo que dejarían su marca al pasar a través de los pequeños hoyos en el papel. Finalmente, se encontraron bosquejos de algunas partes de la pintura entre los dibujos del genio italiano.

Sólo existen 15 cuadros en el mundo que puede afirmarse fueron hechos por Leonardo Da Vinci, por esta razón encontrar un original de este artista es un suceso extraordinario. Además, el destino de este cuadro —sus ventas y reventas, sus intervenciones, sus viajes, sus precios y sus desapariciones— irónicamente nos hablan de cómo funciona el mercado del arte y nos invitan a preguntarnos: ¿este cuadro sería tan admirado si no se supiera que fue pintado por el gran Leonardo Da Vinci?

Pero más allá de cualquier consideración comercial o de autoría, lo esencial es el poder de personaje retratado. La mirada evanescente del hombre, el brillo amarillo en sus ojos, parecieran hechizar a quien lo observa, como si la divinidad del hombre que alguna vez vivió y fue llamado Jesús habitara, en alguna medida, la pintura. Más allá de los tecnicismos, las pruebas de autenticidad o el hecho de que el cuadro fue pintado por Da Vinci, la obra tiene un efecto hipnotizante y conmovedor, uno que nos recuerda el extraño Síndrome de Stendhal —una afección que implica reacciones corporales, dolores y ansiedad, ante las obras de arte— y que el director y retratista Nadav Kander, supo plasmar en un hermoso video de los rostros del público (que incluye a Patti Smith y Leonardo Di Caprio) que estuvo ante el Cristo de ojos poderosos:

 

Imagen: Public Domain

Descubrir un nuevo cuadro de Leonardo Da Vinci es como descubrir un nuevo planeta. O al menos así describe el crítico de arte Alastair Sooke el reciente descubrimiento de un cuadro de Cristo pintado por Leonardo Da Vinci, una pieza que fue brevemente expuesta el año pasado en Christie’s (la casa de subastas londinense más famosa del mundo), antes de ser vendida de un coleccionista privado a otro. La historia de este cuadro es, sin duda, fascinante e invita a reflexiones pertinentes en torno al mercado del arte pero, sobre todo, en torno al poder que una gran obra de arte tiene sobre nuestra sensibilidad y, más aún, sobre nuestro cuerpo.

Salvator Mundi es el nombre del imponente Cristo que mira con ojos profundos y sobrenaturales. La técnica es impecable: los detallados rulos de cabello (que recuerdan los del San Juan Bautista de Da Vinci que habita el Louvre), la orbe o esfera transparente (testigo de la obsesión del artista con la luz y la óptica) y, sobre todo, el esfumado, técnica que en vida el italiano llevó a su máxima expresión. No menos impresionante, la mano derecha —perfecta y bendiciendo, apuntando hacia el cielo— fue, de hecho, uno de los detalles que ayudó a expertos a determinar que se trataba de una obra del gran Leonardo.

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Se calcula que el cuadro fue pintado en 1499 o 1500, y eventualmente, en el siglo XVII, formó parte de la colección del rey Carlos I de Inglaterra, que fue vendida en algún momento. La pintura, sin embargo, fue devuelto a la colección real y posteriormente desapareció, hasta mediados del siglo XX. Hasta hace pocos años, se creía que se trataba de la copia de un pequeño Cristo que, se sabía, había pintado Leonardo —y que había sido hecha, tal vez, por un aprendiz de Leonardo, o por el aprendiz de un aprendiz. Se sabe que en 1958 el cuadro fue subastado en Londres, y se vendió por lo equivalente a 125 dólares de hoy. El cuadro había sido restaurado varias veces, y llevaba capas y capas de las pinceladas de distintas personas. Los penúltimos dueños del Cristo lo compraron en 2005 en la ciudad de Nueva Orleáns, tras lo que buscaron expertos para restaurarlo y, después de varios análisis y con la ferviente creencia de que se trataba de un Leonardo Da Vinci original, éste fue llevado a la National Gallery de Londres en 2008, donde expertos de la famosa galería afirmaron que se trataba de un cuadro del maestro renacentista. En 2017, hace apenas unos meses, Salvator Mundi se subastó en Christie’s por un poco más de 450 millones de dólares; es la pintura más cara jamás vendida.

Fue la mano del Cristo lo que ofreció las primeras pruebas de autenticidad porque ésta presentó, al momento de examinarla con rayos X, lo que los expertos llaman un pentimento, palabra italiana que significa “arrepentimiento” o cambio de opinión”, y que es un cambio en el cuadro posterior a que éste ha sido pintado. En el caso de Salvator Mundi, el pulgar fue originalmente pintado un poco más estirado y, posteriormente, el autor decidió doblarlo en la parte superior. También se encontraron otros “cambios de opinión” en la vestimenta, las joyas y la mano izquierda del Cristo, aquella que sostiene la esfera. Ninguna copia de un cuadro presenta estas modificaciones, por eso se supo que se trataba de una pieza original. El proceso de restauración implicó quitar capas de pinturas posteriores (dejar salir al fantasma que habitaba al fondo de la pintura) y arreglar una grieta en la madera, después de lo cuál, el rostro del hombre de ojos cafés que había estado cubierto durante siglos volvió a ver la luz.

La prueba final de que el cuadro fue pintado por Leonardo vino cuando se examinó el labio superior del Cristo, donde se encontraron los restos de la transferencia de un dibujo original al lienzo —técnica específica que había sido usada por Da Vinci en la Mona Lisa. Esta especie de calca se hacía haciendo pequeños orificios en los contornos del dibujo base, poniéndolo sobre el lienzo y aplicando pigmentos en polvo que dejarían su marca al pasar a través de los pequeños hoyos en el papel. Finalmente, se encontraron bosquejos de algunas partes de la pintura entre los dibujos del genio italiano.

Sólo existen 15 cuadros en el mundo que puede afirmarse fueron hechos por Leonardo Da Vinci, por esta razón encontrar un original de este artista es un suceso extraordinario. Además, el destino de este cuadro —sus ventas y reventas, sus intervenciones, sus viajes, sus precios y sus desapariciones— irónicamente nos hablan de cómo funciona el mercado del arte y nos invitan a preguntarnos: ¿este cuadro sería tan admirado si no se supiera que fue pintado por el gran Leonardo Da Vinci?

Pero más allá de cualquier consideración comercial o de autoría, lo esencial es el poder de personaje retratado. La mirada evanescente del hombre, el brillo amarillo en sus ojos, parecieran hechizar a quien lo observa, como si la divinidad del hombre que alguna vez vivió y fue llamado Jesús habitara, en alguna medida, la pintura. Más allá de los tecnicismos, las pruebas de autenticidad o el hecho de que el cuadro fue pintado por Da Vinci, la obra tiene un efecto hipnotizante y conmovedor, uno que nos recuerda el extraño Síndrome de Stendhal —una afección que implica reacciones corporales, dolores y ansiedad, ante las obras de arte— y que el director y retratista Nadav Kander, supo plasmar en un hermoso video de los rostros del público (que incluye a Patti Smith y Leonardo Di Caprio) que estuvo ante el Cristo de ojos poderosos:

 

Imagen: Public Domain