Existen pocas cosas que encarnan la naturaleza en su faceta más desbordante que una flor tropical. Eso lo supo una mujer llamada Nancy Anne Kingsbury Wollstonecraft, de quien poco sabemos. Tras la muerte de su esposo Charles en 1817, ella dejó su natal Estados Unidos para ir a vivir a la exuberante provincia de Matanzas, en Cuba. Ahí, dedicó su vida a estudiar la flora de la isla y, a mediados de la década de 1820, reunió sus observaciones en un volumen titulado Specimens of the Plants and Fruits of the Island of Cuba.

Este manuscrito fue, durante mucho tiempo, uno de los únicos registros ilustrados de la flora cubana. Es por lo tanto, y a pesar de haber estado en el olvido durante décadas, uno de los más antiguos. No se sabe si Wollstonecraft recibió una educación formal o fue autodidacta, pero el hecho de haber sido una amateur de la botánica con un notable sentido estético le da a su libro un encanto singular que refleja no solamente su vena artística, sino también su gran amor por el mundo natural. De hecho, la obra nos remite a esa sensual inocencia con la que quizá siempre debiéramos acercarnos, incluso en contextos científicos, a la naturaleza.

Las ilustraciones de Wollstonecraft, hechas en acuarela, incluyen el análisis de las plantas y su biología. De acuerdo con el especialista Emilio Cueto, que presentó este manuscrito en 2018, solamente 145 ilustraciones de plantas cubanas se habían hecho hasta ese momento, y por lo menos 124 fueron obra de la norteamericana —algunos de los registros gráficos previos a ella fueron producto de expediciones de europeos a la isla, entre ellas las de Alexander von Humboldt.

Wollstonecraft murió a los 46 años, poco después de haber mandado su manuscrito a un editor en Nueva York; nunca lo vio convertirse en un libro y mucho menos imaginó que éste sería estudiado al día de hoy. Pero antes de eso, publicó algunos textos que, bajo el pseudónimo D’Anville, que incluían crónicas de cartas que narraban sus exploraciones por la isla caribeña y apuntes sobre la flora que ahí presenció.


Este precioso volumen, proveniente de la colección de manuscritos raros de la Universidad de Cornell, fue digitalizado recientemente en la biblioteca digital del Hathi Trust y está disponible para su descarga. Se trata de una de esas raras joyas parte del dominio público que ningún amante de la contundente simpleza que toda flor presume se puede perder.

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Imágenes: Hathi Trust

Existen pocas cosas que encarnan la naturaleza en su faceta más desbordante que una flor tropical. Eso lo supo una mujer llamada Nancy Anne Kingsbury Wollstonecraft, de quien poco sabemos. Tras la muerte de su esposo Charles en 1817, ella dejó su natal Estados Unidos para ir a vivir a la exuberante provincia de Matanzas, en Cuba. Ahí, dedicó su vida a estudiar la flora de la isla y, a mediados de la década de 1820, reunió sus observaciones en un volumen titulado Specimens of the Plants and Fruits of the Island of Cuba.

Este manuscrito fue, durante mucho tiempo, uno de los únicos registros ilustrados de la flora cubana. Es por lo tanto, y a pesar de haber estado en el olvido durante décadas, uno de los más antiguos. No se sabe si Wollstonecraft recibió una educación formal o fue autodidacta, pero el hecho de haber sido una amateur de la botánica con un notable sentido estético le da a su libro un encanto singular que refleja no solamente su vena artística, sino también su gran amor por el mundo natural. De hecho, la obra nos remite a esa sensual inocencia con la que quizá siempre debiéramos acercarnos, incluso en contextos científicos, a la naturaleza.

Las ilustraciones de Wollstonecraft, hechas en acuarela, incluyen el análisis de las plantas y su biología. De acuerdo con el especialista Emilio Cueto, que presentó este manuscrito en 2018, solamente 145 ilustraciones de plantas cubanas se habían hecho hasta ese momento, y por lo menos 124 fueron obra de la norteamericana —algunos de los registros gráficos previos a ella fueron producto de expediciones de europeos a la isla, entre ellas las de Alexander von Humboldt.

Wollstonecraft murió a los 46 años, poco después de haber mandado su manuscrito a un editor en Nueva York; nunca lo vio convertirse en un libro y mucho menos imaginó que éste sería estudiado al día de hoy. Pero antes de eso, publicó algunos textos que, bajo el pseudónimo D’Anville, que incluían crónicas de cartas que narraban sus exploraciones por la isla caribeña y apuntes sobre la flora que ahí presenció.


Este precioso volumen, proveniente de la colección de manuscritos raros de la Universidad de Cornell, fue digitalizado recientemente en la biblioteca digital del Hathi Trust y está disponible para su descarga. Se trata de una de esas raras joyas parte del dominio público que ningún amante de la contundente simpleza que toda flor presume se puede perder.

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Imágenes: Hathi Trust