Al llegar a cada nueva ciudad el viajero encuentra un pasado suyo que ya no sabía que tenía.

Italo Calvino

“Probablemente he pasado las mismas horas pensando en las ciudades en el fondo de Street Fighter 2 como en las impresiones de Hokusai, los blueprints de Le Corbusier o las pinturas de Fra Carnevale o Bruegel”, señala Darran Anderson, un personaje fascinante que se dedica a explorar las ciudades imaginadas por distintos artistas o escritores, en las que es posible “habitar” aunque sea por unos momentos. Un hombre para quien la sola mención de un nombre como Bagdad, Kabul o Kioto es un placer increíblemente poético y romántico, sobre todo cuando está yuxtapuesto con el sonido de borrachos, lluvia y helicópteros en la noche.

Su último libro, Imaginary Cities, es un fantasma enorme, garabateado por el sinuoso hilo de Ariadna. Es hasta ahora la colección más exhaustiva de las ciudades que otros han imaginado, escrito, dibujado o digitalizado, por supuesto inspirada en Las ciudades invisibles de Calvino, pero también en Marco Polo, el llamado “hombre de las mil mentiras, René Magritte, Narnia, el Londres de Jekyll y Hyde, el Fausto, Borges y tantos más. Anderson mapea las metrópolis de la imaginación y su simbiosis con nuestras ciudades reales. “Todas las ciudades pueden, y deben, ser leídas”, dice.

Anderson trae a la mesa la frase de Kierkegaard: “La vida sólo puede ser comprendida hacia atrás, pero únicamente puede ser vivida hacia delante”, para explicar la relevancia de hacer un recorrido de urbes ficcionales y así entender por qué nuestras ciudades terminaron por ser lo que son ahora. Porque cada una de ellas fue imaginada primero, pedazo a pedazo, edificio a edificio, por miles de ingenieros y arquitectos altamente egomaníacos. Porque no hay “obra” humana que aloje más ego que la arquitectura. Darran cree que deberíamos estar agotados del futuro que generalmente se nos promete: una ciudad de rascacielos de cristal, construidos para alojar empresas y no familias. Una tiranía disfrazada de carriles de bicicletas.

Screen shot 2015-09-20 at 10.37.49 AM

Todo se reduce a una sola imagen replicada mil veces; la Torre de Babel cayendo. Construyeron la torre como una amenaza directa a Dios, para invadir los cielos, para aseverar la primacía del hombre sobre sus deidades. […] Mi objetivo es mostrar que tales ideas nuca se han ido y nuca se irán y cuántos mitos permean todos los lugares donde vivimos, no importa qué tan brillante y moderno y racionalista parezca.

El verdadero urbanismo del futuro deberá ocuparse de descifrar el lenguaje alegórico, egoísta, contradictorio, publicitario e industrial que despliegan las ciudades, para al menos entender que las “concesiones” al ciudadano son parte de una –y siempre la misma– arrogancia, que Screen shot 2015-09-20 at 10.33.17 AMcomenzó en la ciudad imaginaria de Babel.

Una cuestión pertinente que podemos observar es cómo y por qué hemos permitido que el comercio tome posesión de todo nuestro skyline (y de hecho de la mayoría del territorio de nuestras ciudades). Es un caso de apatía y cobardía. Nos hemos permitido ser engañados a pensar que las torres que dominan nuestras ciudades tienen que ser aquellas de finanzas, y no innumerables otros temas; la Torre de la Filosofía que imaginó Hugh Ferriss por ejemplo o el Templo de la Música dibujado por Robert Fludd.

En el libro, el lector puede saltar de afuera adentro, como en un sueño, y ser habitado entero por una ciudad. Uno puede vivir dentro del libro. Anderson tiene una cuenta de Twitter (@Oniropolis) por medio de la cual comparte todo su material de investigación y el contenido de su libro. Otra especie de texto vivo y fragmentario, como un capítulo más de un proyecto vasto y sin final.

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Imágenes:

.1. La leyenda de la ciudad invisible de Kítezh y la doncella Fevróniya, Ivan Bilibin (1929) vía Wikimedia Commons

2. La pequeña torre de Babel, Pieter Bruegel (1563) vía Google Art Project

3. El templo de la música, Robert Fludd vía Art & Popular Culture

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Al llegar a cada nueva ciudad el viajero encuentra un pasado suyo que ya no sabía que tenía.

Italo Calvino

“Probablemente he pasado las mismas horas pensando en las ciudades en el fondo de Street Fighter 2 como en las impresiones de Hokusai, los blueprints de Le Corbusier o las pinturas de Fra Carnevale o Bruegel”, señala Darran Anderson, un personaje fascinante que se dedica a explorar las ciudades imaginadas por distintos artistas o escritores, en las que es posible “habitar” aunque sea por unos momentos. Un hombre para quien la sola mención de un nombre como Bagdad, Kabul o Kioto es un placer increíblemente poético y romántico, sobre todo cuando está yuxtapuesto con el sonido de borrachos, lluvia y helicópteros en la noche.

Su último libro, Imaginary Cities, es un fantasma enorme, garabateado por el sinuoso hilo de Ariadna. Es hasta ahora la colección más exhaustiva de las ciudades que otros han imaginado, escrito, dibujado o digitalizado, por supuesto inspirada en Las ciudades invisibles de Calvino, pero también en Marco Polo, el llamado “hombre de las mil mentiras, René Magritte, Narnia, el Londres de Jekyll y Hyde, el Fausto, Borges y tantos más. Anderson mapea las metrópolis de la imaginación y su simbiosis con nuestras ciudades reales. “Todas las ciudades pueden, y deben, ser leídas”, dice.

Anderson trae a la mesa la frase de Kierkegaard: “La vida sólo puede ser comprendida hacia atrás, pero únicamente puede ser vivida hacia delante”, para explicar la relevancia de hacer un recorrido de urbes ficcionales y así entender por qué nuestras ciudades terminaron por ser lo que son ahora. Porque cada una de ellas fue imaginada primero, pedazo a pedazo, edificio a edificio, por miles de ingenieros y arquitectos altamente egomaníacos. Porque no hay “obra” humana que aloje más ego que la arquitectura. Darran cree que deberíamos estar agotados del futuro que generalmente se nos promete: una ciudad de rascacielos de cristal, construidos para alojar empresas y no familias. Una tiranía disfrazada de carriles de bicicletas.

Screen shot 2015-09-20 at 10.37.49 AM

Todo se reduce a una sola imagen replicada mil veces; la Torre de Babel cayendo. Construyeron la torre como una amenaza directa a Dios, para invadir los cielos, para aseverar la primacía del hombre sobre sus deidades. […] Mi objetivo es mostrar que tales ideas nuca se han ido y nuca se irán y cuántos mitos permean todos los lugares donde vivimos, no importa qué tan brillante y moderno y racionalista parezca.

El verdadero urbanismo del futuro deberá ocuparse de descifrar el lenguaje alegórico, egoísta, contradictorio, publicitario e industrial que despliegan las ciudades, para al menos entender que las “concesiones” al ciudadano son parte de una –y siempre la misma– arrogancia, que Screen shot 2015-09-20 at 10.33.17 AMcomenzó en la ciudad imaginaria de Babel.

Una cuestión pertinente que podemos observar es cómo y por qué hemos permitido que el comercio tome posesión de todo nuestro skyline (y de hecho de la mayoría del territorio de nuestras ciudades). Es un caso de apatía y cobardía. Nos hemos permitido ser engañados a pensar que las torres que dominan nuestras ciudades tienen que ser aquellas de finanzas, y no innumerables otros temas; la Torre de la Filosofía que imaginó Hugh Ferriss por ejemplo o el Templo de la Música dibujado por Robert Fludd.

En el libro, el lector puede saltar de afuera adentro, como en un sueño, y ser habitado entero por una ciudad. Uno puede vivir dentro del libro. Anderson tiene una cuenta de Twitter (@Oniropolis) por medio de la cual comparte todo su material de investigación y el contenido de su libro. Otra especie de texto vivo y fragmentario, como un capítulo más de un proyecto vasto y sin final.

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Imágenes:

.1. La leyenda de la ciudad invisible de Kítezh y la doncella Fevróniya, Ivan Bilibin (1929) vía Wikimedia Commons

2. La pequeña torre de Babel, Pieter Bruegel (1563) vía Google Art Project

3. El templo de la música, Robert Fludd vía Art & Popular Culture

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