Time is an ocean but it ends at the shore

Bob Dylan

Alguna vez, en la antigua Grecia, se llegó a postular la necesidad de desarrollar una ciencia llamada obnosis, que hoy podría definirse como la observación de lo obvio. En un curioso y poco conocido libro de 1981, La dificultad de ver lo obvio, el pedagogo, filósofo, sanador y Ministro de Defensa de Israel Moshe Feldenkrais, postuló lo descuidado de nuestra educación en lo referente a observar de forma profunda lo que está frente a nosotros. Uno de los remedios para esa ceguera colectiva y tan humana es, sin duda, el arte. El fotógrafo y pescador Corey Arnold, en su serie de fotografías Aleutian Dreams hace un imponente retrato de la vida en un barco pesquero que surca los fríos mares de Alaska (en las cercanías de las islas Aleutianas) y nos reta a ver aquello que subyace sus oscuras imágenes —llenas de muerte y, paradójicamente, de vida.

De manera inmediata, las fotografías de Arnold nos muestran buques, pescados, aves marinas, muelles, olas, boyas y cuerdas, cielos nublados, águilas calvas, pulpos que son carnada, espuma de un mar que se agita, bolardos, hielo, agua, costa, nudos, líneas, un zorro en la noche, pescadores (siempre uno solo y cuyo rostro nunca vemos de manera franca), un cangrejo, banderas norteamericanas rasgadas: los componentes básicos o más inmediatos de la pesca industrial en los mares de Bering y los poblados aledaños. Pero detrás de todo ello, del frío que se percibe y casi se siente, detrás del mar implacable, hay una reflexión profundamente poderosa.

Luego están, como claves o pinceladas fragmentarias, lo títulos de las fotografías: “Líder ciego” (“Blind leader”), “Mar oscuro” (“Dark Sea”), “Pelear o volar” (“Fight or Flight), “Camino a casa” (“Homecoming”), “Persistencia Crustácea” (“Crustacean Resistance”), “El mar de Bering” (“The Bering Sea”), “Trampa” (“Caer en la trampa”), “Libertad calva” (“Bald Freedom”), y demás nombres que nos dan un atisbo de las ideas medulares detrás de esta imponente colección: la resistencia, el viaje, la soledad, la muerte y, sobre todo, el impetuoso y helado mar (como escenario y también como protagonista, como fuente de la vida, como lugar de muerte).

En claroscuros, el artista nos cuenta una historia de depredadores (el águila, el zorro, el tiburón, el pulpo mismo, las aves marinas, los restos de la cacería, el barco pesquero, las redes), siempre en medio de lo frío; y luego la historia del depredador de depredadores (el hombre frío y su hambre fría), siempre disimulados o semi ocultos. También encontramos los claros, aunque raídos, símbolos de la depredación imperial: la bandera de Estados Unidos, el águila calva, lo industrial de la modernidad, la violencia del mar y de los climas; curiosamente los depredados son los depredadores, en el caso de los animales y también de los hombres.

El mar, “ese desierto resplandeciente” (como alguna vez lo llamó Borges); el silencio detrás del estruendo marino; la soledad frente a lo abismal; la paradoja de fijar lo fugitivo; la necesidad de lo oscuro que define y da sentido a la luz; la supresión del tirano tiempo; o la estática que conspira detrás del movimiento, son algunos otros de los acuosos mensajes que, como si fueran sueños, Arnold capturó en Aleutian Dreams.

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Imágenes: Corey Arnold

Time is an ocean but it ends at the shore

Bob Dylan

Alguna vez, en la antigua Grecia, se llegó a postular la necesidad de desarrollar una ciencia llamada obnosis, que hoy podría definirse como la observación de lo obvio. En un curioso y poco conocido libro de 1981, La dificultad de ver lo obvio, el pedagogo, filósofo, sanador y Ministro de Defensa de Israel Moshe Feldenkrais, postuló lo descuidado de nuestra educación en lo referente a observar de forma profunda lo que está frente a nosotros. Uno de los remedios para esa ceguera colectiva y tan humana es, sin duda, el arte. El fotógrafo y pescador Corey Arnold, en su serie de fotografías Aleutian Dreams hace un imponente retrato de la vida en un barco pesquero que surca los fríos mares de Alaska (en las cercanías de las islas Aleutianas) y nos reta a ver aquello que subyace sus oscuras imágenes —llenas de muerte y, paradójicamente, de vida.

De manera inmediata, las fotografías de Arnold nos muestran buques, pescados, aves marinas, muelles, olas, boyas y cuerdas, cielos nublados, águilas calvas, pulpos que son carnada, espuma de un mar que se agita, bolardos, hielo, agua, costa, nudos, líneas, un zorro en la noche, pescadores (siempre uno solo y cuyo rostro nunca vemos de manera franca), un cangrejo, banderas norteamericanas rasgadas: los componentes básicos o más inmediatos de la pesca industrial en los mares de Bering y los poblados aledaños. Pero detrás de todo ello, del frío que se percibe y casi se siente, detrás del mar implacable, hay una reflexión profundamente poderosa.

Luego están, como claves o pinceladas fragmentarias, lo títulos de las fotografías: “Líder ciego” (“Blind leader”), “Mar oscuro” (“Dark Sea”), “Pelear o volar” (“Fight or Flight), “Camino a casa” (“Homecoming”), “Persistencia Crustácea” (“Crustacean Resistance”), “El mar de Bering” (“The Bering Sea”), “Trampa” (“Caer en la trampa”), “Libertad calva” (“Bald Freedom”), y demás nombres que nos dan un atisbo de las ideas medulares detrás de esta imponente colección: la resistencia, el viaje, la soledad, la muerte y, sobre todo, el impetuoso y helado mar (como escenario y también como protagonista, como fuente de la vida, como lugar de muerte).

En claroscuros, el artista nos cuenta una historia de depredadores (el águila, el zorro, el tiburón, el pulpo mismo, las aves marinas, los restos de la cacería, el barco pesquero, las redes), siempre en medio de lo frío; y luego la historia del depredador de depredadores (el hombre frío y su hambre fría), siempre disimulados o semi ocultos. También encontramos los claros, aunque raídos, símbolos de la depredación imperial: la bandera de Estados Unidos, el águila calva, lo industrial de la modernidad, la violencia del mar y de los climas; curiosamente los depredados son los depredadores, en el caso de los animales y también de los hombres.

El mar, “ese desierto resplandeciente” (como alguna vez lo llamó Borges); el silencio detrás del estruendo marino; la soledad frente a lo abismal; la paradoja de fijar lo fugitivo; la necesidad de lo oscuro que define y da sentido a la luz; la supresión del tirano tiempo; o la estática que conspira detrás del movimiento, son algunos otros de los acuosos mensajes que, como si fueran sueños, Arnold capturó en Aleutian Dreams.

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Imágenes: Corey Arnold