I

Si el amor puede compararse con una forma de lo escrito, esa podría ser la carta. Su parecido es tal que incluso hay ciertas palabras que uno y otra comparten. En las cartas y en el amor se habla de correspondencia, de destinatarios, a veces incluso de “leer entre líneas”. Algo tiene el amor de esa paciencia que se requiere para escribir una carta, del cuidado que se pone en las palabras y de la toma de conciencia necesaria del lugar tanto del remitente como del destinatario, literal y simbólicamente: para escribir y para amar hace falta saber de corazón a quién se ama y a quién se escribe.

Pero, como sabemos, hay cartas de amor que no se entregan. Cartas que se pierden. A veces también cartas que no terminan de escribirse o que por un descuido del autor se traspapelan y se confunden. Lo sabemos bien: hay amores no correspondidos. Hay cartas para las que su remitente debe conformarse con el silencio como única respuesta.

¿Qué pasa cuando una carta de amor queda sin enviar?

II

Erik Satie era un hombre excéntrico y al mismo tiempo de costumbres profundamente arraigadas. Meurig Bowen, editorialista y funcionario cultural en su natal Inglaterra, autor también de una pieza dramático-musical en torno a la vida de compositor, cuenta en este articulo que Satie, ya adulto, se compró un día siete trajes grises de pana idénticos y ya jamás volvió a vestir de otra manera; nos dice también que se jactaba de no comer nada que no fuera de color blanco y que, entre otras muestras de esa doble característica suya de manía y repetición, otro día, en su juventud, incapaz de financiar por más tiempo la “vida de artista” del París de finales del siglo XIX, se mudó a un apartamento diminuto en Arcueil, un suburbio cercano, el mismo que habitó durante los siguientes treinta años, subsistiendo con lo mínimo: una cama, una estufa, dos pianos, otros enseres de trabajo y poco más que eso.

Con esos antecedentes, quizá no sea sorpresivo decir que Satie tuvo un primer y único amor, o al menos así pasó a la historia: Suzanne Valadon, una pintora que conoció el compositor en el tiempo en que ambos vivían en Montmartre. Además de su obra propia –que la llevó a ser la primera mujer en la Sociedad Nacional de las Bellas Artes de Francia–, Valadon fue también modelo de pintores como Renoir y Toulouse-Lautrec, por lo que también bajo esa faceta se le encuentra en el capítulo impresionista de la pintura francesa.

Su relación con Satie fue breve –de escasos seis meses– pero al parecer intensa, al menos para el músico, quien luego del rompimiento jamás volvió a manifestar una pasión semejante por otra mujer.

Después de morir, en 1925, en su minúsculo apartamento de Arcueil en donde nadie nunca lo visitó, se encontraron decenas de cartas sin enviar, algunas de las cuales eran cartas de amor.

¿Qué pasa cuando una carta de amor queda sin enviar?

III

Casi cien años después de ese hallazgo y ese acontecimiento, la compositora Elena Kats-Chernin fue, de alguna manera, la destinataria inesperada de esas cartas. Fascinada doblemente por la obra de Satie y por la relación de este con Suzanne Valadon, exploró a fondo ambas, y de su trabajo resultó un homenaje tanto al genio musical del francés como al desenlace frustrado de sus lances amorosos: veintiséis composiciones para piano reunidas bajo el nombre de Unsent Love Letters (Cartas de amor no enviadas).

La estela de Satie da unidad a las composiciones y las piezas, en específico lo evocan a cada tanto: sea como una alusión sutil (como cuando se recuerda de pronto a alguien querido en quien hacía tiempo no se pensaba) o mediante alusiones más directas, como es el caso de la pieza “Sarabande”, que por momentos suena como una “Gnossienne” del compositor.

En ese sentido, el ejercicio, aunque musical, también es literario en al menos un punto: la “suspensión de la realidad” a la que inducen las composiciones. Como cuando leemos y, por un momento, necesitamos dejar de creer en la realidad para que el artificio literario funcione, así también las Unsent Love Letters llevan a su escucha a tener a cada momento la imagen de Satie y la posibilidad resuelta de su propuesta amorosa.

Las piezas reverberan caprichosa pero conscientemente por ese caleidoscopio que es posible imaginar en torno a las “cartas de amor no enviadas”. En parte como los Nocturnos, en los que Chopin quiso recorrer todas las salas del amor, en Unsent Love Letters se encuentra también esa voluntad creativa de querer decir lo indecible del amor. Kats-Chernin quiso retomar ese diálogo interrumpido entre el músico y la mujer que amó e imaginar los caminos por los que pudo haber continuado: responder, desde la composición musical, esas cartas de amor no enviadas.

IV

La historia de Satie, su enamoramiento intempestivo hacia Valadon, las cartas encontradas casi treinta años después, todo esto que está a nada de caer en el registro de lo anecdótico puede ser, sin embargo, más que eso; puede mirarse a la luz no sólo del pretexto y la oportunidad, sino de un sentido profundo, significativo, si seguimos la estela de las composiciones de Kats-Chernin.

De inicio puede creer que, por tratarse de “cartas de amor” en el sentido estricto de esta forma de la escritura, aquellas fueron mensajes frustrados que nunca llegaron a los ojos de la persona a quien estaban dirigidas. Pero ampliemos por un momento este horizonte, pensemos que el amor, en este caso, es la expresión particular de un fenómeno más amplio.

Se ha dicho, con razón, que no es posible amar a otras personas o a otros seres si antes uno no se ama a sí mismo. Se dice también que en el amor al prójimo encontramos el bálsamo que quizá no cura nuestra heridas, pero indudablemente contribuye a sobrellevarlas. En El Banquete Platón hace a Sócrates defender la idea de que el amor es una fuerza que puede encontrarse dirigida a un amado, pero no solamente, pues es más amplia y diversa que eso: es, ni más ni menos, la energía propia de la vida.

En este sentido, el amor a la vida se expresa necesariamente en creación (y a partir de esto sigue innumerables rutas). El amor se nutre de la existencia al mismo tiempo que la alimenta recíprocamente; se hace espacio a sí mismo en nuestras vidas y se instala a voluntad para generar desde ahí más amor aún. Esa es su magia, por decirlo así: multiplicarse sin nunca agotarse. Surgir donde menos se le espera. Y acaso, por encima de todo, encontrar su correspondencia a pesar de la improbabilidad, tal y como ocurrió con estas composiciones.

V

Quizá eso es lo que pasa con las cartas de amor que quedan sin enviar: de una u otra forma, siempre encuentran no su destino, sino su destinatario.

 

 

 

Imagen: El bohemio, Poet of Montmarte, Ramon Casas. (Public Domain)

 

I

Si el amor puede compararse con una forma de lo escrito, esa podría ser la carta. Su parecido es tal que incluso hay ciertas palabras que uno y otra comparten. En las cartas y en el amor se habla de correspondencia, de destinatarios, a veces incluso de “leer entre líneas”. Algo tiene el amor de esa paciencia que se requiere para escribir una carta, del cuidado que se pone en las palabras y de la toma de conciencia necesaria del lugar tanto del remitente como del destinatario, literal y simbólicamente: para escribir y para amar hace falta saber de corazón a quién se ama y a quién se escribe.

Pero, como sabemos, hay cartas de amor que no se entregan. Cartas que se pierden. A veces también cartas que no terminan de escribirse o que por un descuido del autor se traspapelan y se confunden. Lo sabemos bien: hay amores no correspondidos. Hay cartas para las que su remitente debe conformarse con el silencio como única respuesta.

¿Qué pasa cuando una carta de amor queda sin enviar?

II

Erik Satie era un hombre excéntrico y al mismo tiempo de costumbres profundamente arraigadas. Meurig Bowen, editorialista y funcionario cultural en su natal Inglaterra, autor también de una pieza dramático-musical en torno a la vida de compositor, cuenta en este articulo que Satie, ya adulto, se compró un día siete trajes grises de pana idénticos y ya jamás volvió a vestir de otra manera; nos dice también que se jactaba de no comer nada que no fuera de color blanco y que, entre otras muestras de esa doble característica suya de manía y repetición, otro día, en su juventud, incapaz de financiar por más tiempo la “vida de artista” del París de finales del siglo XIX, se mudó a un apartamento diminuto en Arcueil, un suburbio cercano, el mismo que habitó durante los siguientes treinta años, subsistiendo con lo mínimo: una cama, una estufa, dos pianos, otros enseres de trabajo y poco más que eso.

Con esos antecedentes, quizá no sea sorpresivo decir que Satie tuvo un primer y único amor, o al menos así pasó a la historia: Suzanne Valadon, una pintora que conoció el compositor en el tiempo en que ambos vivían en Montmartre. Además de su obra propia –que la llevó a ser la primera mujer en la Sociedad Nacional de las Bellas Artes de Francia–, Valadon fue también modelo de pintores como Renoir y Toulouse-Lautrec, por lo que también bajo esa faceta se le encuentra en el capítulo impresionista de la pintura francesa.

Su relación con Satie fue breve –de escasos seis meses– pero al parecer intensa, al menos para el músico, quien luego del rompimiento jamás volvió a manifestar una pasión semejante por otra mujer.

Después de morir, en 1925, en su minúsculo apartamento de Arcueil en donde nadie nunca lo visitó, se encontraron decenas de cartas sin enviar, algunas de las cuales eran cartas de amor.

¿Qué pasa cuando una carta de amor queda sin enviar?

III

Casi cien años después de ese hallazgo y ese acontecimiento, la compositora Elena Kats-Chernin fue, de alguna manera, la destinataria inesperada de esas cartas. Fascinada doblemente por la obra de Satie y por la relación de este con Suzanne Valadon, exploró a fondo ambas, y de su trabajo resultó un homenaje tanto al genio musical del francés como al desenlace frustrado de sus lances amorosos: veintiséis composiciones para piano reunidas bajo el nombre de Unsent Love Letters (Cartas de amor no enviadas).

La estela de Satie da unidad a las composiciones y las piezas, en específico lo evocan a cada tanto: sea como una alusión sutil (como cuando se recuerda de pronto a alguien querido en quien hacía tiempo no se pensaba) o mediante alusiones más directas, como es el caso de la pieza “Sarabande”, que por momentos suena como una “Gnossienne” del compositor.

En ese sentido, el ejercicio, aunque musical, también es literario en al menos un punto: la “suspensión de la realidad” a la que inducen las composiciones. Como cuando leemos y, por un momento, necesitamos dejar de creer en la realidad para que el artificio literario funcione, así también las Unsent Love Letters llevan a su escucha a tener a cada momento la imagen de Satie y la posibilidad resuelta de su propuesta amorosa.

Las piezas reverberan caprichosa pero conscientemente por ese caleidoscopio que es posible imaginar en torno a las “cartas de amor no enviadas”. En parte como los Nocturnos, en los que Chopin quiso recorrer todas las salas del amor, en Unsent Love Letters se encuentra también esa voluntad creativa de querer decir lo indecible del amor. Kats-Chernin quiso retomar ese diálogo interrumpido entre el músico y la mujer que amó e imaginar los caminos por los que pudo haber continuado: responder, desde la composición musical, esas cartas de amor no enviadas.

IV

La historia de Satie, su enamoramiento intempestivo hacia Valadon, las cartas encontradas casi treinta años después, todo esto que está a nada de caer en el registro de lo anecdótico puede ser, sin embargo, más que eso; puede mirarse a la luz no sólo del pretexto y la oportunidad, sino de un sentido profundo, significativo, si seguimos la estela de las composiciones de Kats-Chernin.

De inicio puede creer que, por tratarse de “cartas de amor” en el sentido estricto de esta forma de la escritura, aquellas fueron mensajes frustrados que nunca llegaron a los ojos de la persona a quien estaban dirigidas. Pero ampliemos por un momento este horizonte, pensemos que el amor, en este caso, es la expresión particular de un fenómeno más amplio.

Se ha dicho, con razón, que no es posible amar a otras personas o a otros seres si antes uno no se ama a sí mismo. Se dice también que en el amor al prójimo encontramos el bálsamo que quizá no cura nuestra heridas, pero indudablemente contribuye a sobrellevarlas. En El Banquete Platón hace a Sócrates defender la idea de que el amor es una fuerza que puede encontrarse dirigida a un amado, pero no solamente, pues es más amplia y diversa que eso: es, ni más ni menos, la energía propia de la vida.

En este sentido, el amor a la vida se expresa necesariamente en creación (y a partir de esto sigue innumerables rutas). El amor se nutre de la existencia al mismo tiempo que la alimenta recíprocamente; se hace espacio a sí mismo en nuestras vidas y se instala a voluntad para generar desde ahí más amor aún. Esa es su magia, por decirlo así: multiplicarse sin nunca agotarse. Surgir donde menos se le espera. Y acaso, por encima de todo, encontrar su correspondencia a pesar de la improbabilidad, tal y como ocurrió con estas composiciones.

V

Quizá eso es lo que pasa con las cartas de amor que quedan sin enviar: de una u otra forma, siempre encuentran no su destino, sino su destinatario.

 

 

 

Imagen: El bohemio, Poet of Montmarte, Ramon Casas. (Public Domain)