Como otra joya de la historia de la literatura ilustrada, el libro de Walter Crane (1845-1915), A Floral Fantasy in an Old English Garden, dispuesto en versos y dibujos, viene a deleitar nuestro tiempo libre y a llenarnos de la más dócil inteligencia que sólo los libros para niños nos pueden dar.

El autor es considerado el creador más prolífico e influyente de libros para niños de su generación y, junto con Randolph Caldecott y Kate Greenaway, uno de los más activos contribuyentes a dicho género dentro de la literatura inglesa –en particular de libros ilustrados destinados a niños en las primeras etapas de desarrollo–. Su obra presentó algunos de los más coloridos y detallados motivos de “niño en el jardín” que en las siguientes décadas caracterizaría muchas canciones y cuentos.

Entre la dulzura y el ingenio (por momentos casi perverso) este libro de bellísimas ilustraciones tiene la facultad de cambiar el ritmo de nuestro pensamiento a uno más encabalgado, por decirlo así. La música de sus páginas permite otro tipo de respiro, uno más apacible, más esencial. En términos de “aprovechamiento de tiempo”, una tarde con este libro podría modificar la manera en que experimentamos el tiempo: iríamos más lenta y rítmicamente hacia el futuro, conducidos por la fantasía infantil de un jardín floral.

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Como otra joya de la historia de la literatura ilustrada, el libro de Walter Crane (1845-1915), A Floral Fantasy in an Old English Garden, dispuesto en versos y dibujos, viene a deleitar nuestro tiempo libre y a llenarnos de la más dócil inteligencia que sólo los libros para niños nos pueden dar.

El autor es considerado el creador más prolífico e influyente de libros para niños de su generación y, junto con Randolph Caldecott y Kate Greenaway, uno de los más activos contribuyentes a dicho género dentro de la literatura inglesa –en particular de libros ilustrados destinados a niños en las primeras etapas de desarrollo–. Su obra presentó algunos de los más coloridos y detallados motivos de “niño en el jardín” que en las siguientes décadas caracterizaría muchas canciones y cuentos.

Entre la dulzura y el ingenio (por momentos casi perverso) este libro de bellísimas ilustraciones tiene la facultad de cambiar el ritmo de nuestro pensamiento a uno más encabalgado, por decirlo así. La música de sus páginas permite otro tipo de respiro, uno más apacible, más esencial. En términos de “aprovechamiento de tiempo”, una tarde con este libro podría modificar la manera en que experimentamos el tiempo: iríamos más lenta y rítmicamente hacia el futuro, conducidos por la fantasía infantil de un jardín floral.

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