Cuando hablamos de “vibras” o sentimientos inexplicables (positivos o negativos) con respecto a personas o lugares, estamos en el terreno de la intuición. Existen personas con las que establecemos lazos inmediatamente, mientras otras nos repelen sin aparente razón.

Según el psiquiatra Peter C. Whybrow, la intuición es un auto-conocimiento reflexivo regulado por la red neuronal preconsciente. Esto no explica del todo por qué nos da miedo pasar por lugares oscuros de noche, o por qué olemos la leche que lleva mucho tiempo en el refrigerador antes de servirla, pero ayuda a aterrizar la intuición como una habilidad que nos ayuda a evitar el peligro y prevenir problemas.

La red neuronal preconsciente se vuelve más fuerte con el tiempo. Aprender a nadar o andar en bicicleta es algo que hacemos automáticamente una vez que lo aprendimos, y lo mismo ocurre con toda una serie de patrones a lo largo de nuestra vida, desde el comportamiento social, hasta hábitos y creencias personales.

El establecimiento de estos patrones neuronales ayuda al cerebro a mantener energía disponible para otras funciones: si una acción nos sirvió alguna vez en el pasado para prevenir un peligro, nuestro cerebro la jerarquiza como algo importante, y tiende a aplicarla en similares situaciones en el futuro cuando reconoce dicho patrón.

Nuestra intuición, sin embargo, no es infalible, pues aunque nos sintamos inclinados a comportarnos de tal o cual manera ante una situación, los impulsos que provienen de esta red neuronal preconsciente —al ocurrir en cuestión de microsegundos— no toman en cuenta las características nuevas que la situación puede presentar. Es así como el trauma o el reflejo condicionado de miedo frente a ciertas situaciones es irracional, y muchas veces hace más daño que bien si nuestra razón no interviene.

La intuición, pues, es una herramienta concreta que podemos reconocer cuando practicamos algún deporte con regularidad, cuando andamos en bicicleta o cuando leemos y escribimos: no tenemos que aprender una y otra vez el mismo código, pues nuestro cerebro ya lo integró a su red.

Nuestro inconsciente almacena una cantidad inimaginable de patrones y respuestas aprendidas a partir de experiencias previas, y nos las presenta en forma de sentimientos de atracción o repulsión; por un lado, confiar en estos impulsos nos hace más conscientes de nuestra experiencia, pero confiar ciegamente en tales impulsos nos impide notar las diferencias o características nuevas de las circunstancias.

Aprender a confiar en la intuición, pues, es un arte que debe ejercerse con atención, reconociendo en nosotros mismos tales sentimientos de atracción o repulsión, y honrarlos en muchas ocasiones, pero sin dejar de prestar atención dentro de lo posible a lo que el entorno ofrece de diferente.

 

*Imagen: Susanne Nilsson – Flickr / Creative Commons

Cuando hablamos de “vibras” o sentimientos inexplicables (positivos o negativos) con respecto a personas o lugares, estamos en el terreno de la intuición. Existen personas con las que establecemos lazos inmediatamente, mientras otras nos repelen sin aparente razón.

Según el psiquiatra Peter C. Whybrow, la intuición es un auto-conocimiento reflexivo regulado por la red neuronal preconsciente. Esto no explica del todo por qué nos da miedo pasar por lugares oscuros de noche, o por qué olemos la leche que lleva mucho tiempo en el refrigerador antes de servirla, pero ayuda a aterrizar la intuición como una habilidad que nos ayuda a evitar el peligro y prevenir problemas.

La red neuronal preconsciente se vuelve más fuerte con el tiempo. Aprender a nadar o andar en bicicleta es algo que hacemos automáticamente una vez que lo aprendimos, y lo mismo ocurre con toda una serie de patrones a lo largo de nuestra vida, desde el comportamiento social, hasta hábitos y creencias personales.

El establecimiento de estos patrones neuronales ayuda al cerebro a mantener energía disponible para otras funciones: si una acción nos sirvió alguna vez en el pasado para prevenir un peligro, nuestro cerebro la jerarquiza como algo importante, y tiende a aplicarla en similares situaciones en el futuro cuando reconoce dicho patrón.

Nuestra intuición, sin embargo, no es infalible, pues aunque nos sintamos inclinados a comportarnos de tal o cual manera ante una situación, los impulsos que provienen de esta red neuronal preconsciente —al ocurrir en cuestión de microsegundos— no toman en cuenta las características nuevas que la situación puede presentar. Es así como el trauma o el reflejo condicionado de miedo frente a ciertas situaciones es irracional, y muchas veces hace más daño que bien si nuestra razón no interviene.

La intuición, pues, es una herramienta concreta que podemos reconocer cuando practicamos algún deporte con regularidad, cuando andamos en bicicleta o cuando leemos y escribimos: no tenemos que aprender una y otra vez el mismo código, pues nuestro cerebro ya lo integró a su red.

Nuestro inconsciente almacena una cantidad inimaginable de patrones y respuestas aprendidas a partir de experiencias previas, y nos las presenta en forma de sentimientos de atracción o repulsión; por un lado, confiar en estos impulsos nos hace más conscientes de nuestra experiencia, pero confiar ciegamente en tales impulsos nos impide notar las diferencias o características nuevas de las circunstancias.

Aprender a confiar en la intuición, pues, es un arte que debe ejercerse con atención, reconociendo en nosotros mismos tales sentimientos de atracción o repulsión, y honrarlos en muchas ocasiones, pero sin dejar de prestar atención dentro de lo posible a lo que el entorno ofrece de diferente.

 

*Imagen: Susanne Nilsson – Flickr / Creative Commons

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