Los árboles hablan sin hablar. Encontrarse rodeado de estos “serios y pacientes santos”, como los reconoce Carol Ann Duffy, es capaz de provocar sentimientos —a veces casi inadvertidos— que acercan a los hombres a la eternidad y, por lo tanto, a sí mismos. Recientemente, la poeta laureada dedicó una radiante pieza a estos seres, y en este video de la BBC, ella recita a los árboles (rodeada de ellos) su poema titulado, simplemente, Forest (Bosque).

Los escritores y los árboles mantienen una relación única. Al respecto de estos nobles habitantes del mundo, Hermann Hesse escribió que, cuando aprendemos a escucharlos, la brevedad o la rapidez de nuestro pensamientos adquieren una alegría sin precedentes. Por su parte, Walt Whitman también supo celebrarlos con palabras: a los 54 años de edad y en plena recuperación de un infarto cerebral, desarrolló un enorme gusto por escaparse en soledad a la naturaleza, entonces escribió sobre ellos llamándolos seres “tan inocentes e inofensivos y al mismo tiempo tan salvajes” que son capaces de encarnar el acto de ser y, a diferencia de los hombres, no tienen ninguna intención de parecer, convirtiéndose así en un ejemplo de autenticidad.

Para Duffy, los árboles son seres hechos de empatía que, a partir de su cualidad sagrada, son capaces de hablar en silencio a los seres humanos sobre el tiempo y así recordarles su propia humanidad…

Bosque

De hecho, los árboles están murmurando bajo tus pies,

una empatía enterrada; que tú pisas.

                                            Arriba, sobre tu cabeza,

sus copas cuelan la luz; una conversación

que lees como leyendo los labios. El bosque

                                mantiene un tiempo diferente;

lentas horas tan largas como tu vida,

entonces te sientes humano.

Entonces te sientes más humano; persuadido de lo que eres

por el aliento sin palabras de la madera, razón en la resina.

Puedes nombrarlos-

                                roble, fresno, acebo, haya, olmo-

pero los gigantes son silencio vivo, superiores,

y entonces tú eres todo instinto;

meciendo la pequeña lámpara de tu corazón

mientras te aventuras en su mundo:

el verde, sombrío aire de ajo

                                            que tus ancestros respiraron,

Ah, pensabas en el amor humano

hasta que te perdiste en el bosque,

pero es más extraño.

                                Estos graves y pacientes santos

que rezan y rezan

y sufren tu pequeño abrazo.

 

 

 

Imagen: Dominio público

Los árboles hablan sin hablar. Encontrarse rodeado de estos “serios y pacientes santos”, como los reconoce Carol Ann Duffy, es capaz de provocar sentimientos —a veces casi inadvertidos— que acercan a los hombres a la eternidad y, por lo tanto, a sí mismos. Recientemente, la poeta laureada dedicó una radiante pieza a estos seres, y en este video de la BBC, ella recita a los árboles (rodeada de ellos) su poema titulado, simplemente, Forest (Bosque).

Los escritores y los árboles mantienen una relación única. Al respecto de estos nobles habitantes del mundo, Hermann Hesse escribió que, cuando aprendemos a escucharlos, la brevedad o la rapidez de nuestro pensamientos adquieren una alegría sin precedentes. Por su parte, Walt Whitman también supo celebrarlos con palabras: a los 54 años de edad y en plena recuperación de un infarto cerebral, desarrolló un enorme gusto por escaparse en soledad a la naturaleza, entonces escribió sobre ellos llamándolos seres “tan inocentes e inofensivos y al mismo tiempo tan salvajes” que son capaces de encarnar el acto de ser y, a diferencia de los hombres, no tienen ninguna intención de parecer, convirtiéndose así en un ejemplo de autenticidad.

Para Duffy, los árboles son seres hechos de empatía que, a partir de su cualidad sagrada, son capaces de hablar en silencio a los seres humanos sobre el tiempo y así recordarles su propia humanidad…

Bosque

De hecho, los árboles están murmurando bajo tus pies,

una empatía enterrada; que tú pisas.

                                            Arriba, sobre tu cabeza,

sus copas cuelan la luz; una conversación

que lees como leyendo los labios. El bosque

                                mantiene un tiempo diferente;

lentas horas tan largas como tu vida,

entonces te sientes humano.

Entonces te sientes más humano; persuadido de lo que eres

por el aliento sin palabras de la madera, razón en la resina.

Puedes nombrarlos-

                                roble, fresno, acebo, haya, olmo-

pero los gigantes son silencio vivo, superiores,

y entonces tú eres todo instinto;

meciendo la pequeña lámpara de tu corazón

mientras te aventuras en su mundo:

el verde, sombrío aire de ajo

                                            que tus ancestros respiraron,

Ah, pensabas en el amor humano

hasta que te perdiste en el bosque,

pero es más extraño.

                                Estos graves y pacientes santos

que rezan y rezan

y sufren tu pequeño abrazo.

 

 

 

Imagen: Dominio público