…y por todas partes hay caminos que conducen hasta los dioses.

Lucano, Farsalia

Un rasgo típico, inevitablemente humano, es nuestra capacidad para ver lo que no existe, encontrarnos en presencia de la realidad y, sin embargo, imaginar un algo más. La imaginación, esa fuerza a veces incontrolable del pensamiento, podría entenderse incluso como un recurso evolutivo, una habilidad para vislumbrar el potencial de un hecho o una circunstancia, y sospechar cómo podría ser mejor.

Esta búsqueda del cambio, este imaginar cómo algo puede ser mejor de lo que es en su estado actual, la voluntad de perfección que culturalmente se remonta a las tradiciones espirituales y filosóficas más antiguas, conoció una expresión sumamente refinada durante el Renacimiento, sobre todo luego de que se rescataran algunas discusiones sostenidas en la Grecia clásica sobre problemas esenciales del hombre, tanto en su dimensión individual como colectiva.

En este contexto, el género utópico gozó de una particular predilección entre filósofos y escritores de la época, un movimiento de la imaginación intelectual que se complace en montar escenarios y personajes, países enteros aunque inexistentes, sociedades elevadas a una potencia en la que desaparecen sus defectos y sus deficiencias. Siguiendo el ejemplo de Platón y su República, varios pensadores emprendieron la fabulación de lugares donde la civilización humana se mostrara en sus mejores cualidades, suponiendo que el bien ―en todas sus manifestaciones― es totalmente posible y asequible sin importar las condiciones desde las cuales se parta.

Como sabemos, la obra antonomástica de este tipo de literatura es la Utopía de Tomás Moro, un libro notablemente influyente ya desde su publicación, en 1516, al grado de que pasó con su solo título a significar esas fantasías donde se idealiza una situación despojándola de todos sus dificultades.

Utopía es un discurso profundamente humanista en el que su autor se sirve de la metáfora para analizar los requisitos de una sociedad sana, armó. El llamado “descubrimiento de América”, la aparición súbita y significativa del “Nuevo Mundo” (elocuente apelativo que simboliza la importancia del suceso para el desarrollo del pensamiento europeo), permite a Moro presentar el relato de un viajero, Rafael, que ha visitado tierras ignotas y extrañas, un explorador compañero de Vespucio que pasó varios años en la isla Utopía, estudiando las costumbres de los naturales, admirables por el nivel de buena convivencia alcanzado gracias, entre otros aspectos, a la rigurosa observancia de las leyes locales.

En su narración, Moro expone puntualmente la organización del Estado utópico, de ahí que su obra se clasifique de preferencia en el estante de la literatura política. La mayoría de las lecturas que se han hecho de Utopía han sido desde esta perspectiva, así como ciertas aplicaciones prácticas que ha conocido a lo largo de la historia.

Esta también es la razón por la cual, sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XX y en vista de los hechos ocurridos entonces, particularmente en Europa, la Utopía perdió algo de ese prestigio humanista con que nació, imputándosele cierto carácter totalitario que, se dijo entonces, hacían preferible no buscarla. Incluso hacia el final de ese mismo siglo cobró fuerza una corriente de pensamiento que canceló la realización de la utopía, fijando este mundo y esta realidad como la única deseable.

Si esto último es o no cierto, quizá quede aclarado recurriendo al malentendido etimológico presente en el nombre de Utopía.

Originalmente, Tomás Moro bautizó su territorio fantástico uniendo las palabras griegas “eu”, “bien”, y “topos”, “lugar”, con lo cual daba la idea de Utopía como una sede espacial, geográfica, de la bondad. Sin embargo, la latinización del vocablo y también su pronunciación en inglés provocó la pérdida de la “e” inicial, con lo cual parecía que el prefijo elegido era “ou”, que implica ausencia o negación.

La ambigüedad es semántica, pero también epistémica y sumamente elocuente. Como si se tratase de un lapsus, sugiere una contradicción: el impulso de desear lo mejor y, al mismo tiempo, creerlo irrealizable; desear el bien y, pese a todo, pensar que no podemos conseguirlo. Ese vacío entre uno y otro punto es el “no hay tal lugar” de la traducción de Quevedo.

Pero como bien lo demuestra la historia de Utopía y el impacto que como obra ha tenido en la cultura humana, esta contradicción es un falso dilema, o un dilema que se resuelve dialécticamente en la medida en que convertimos esta última certeza en el incentivo para buscar la perfección.

Que algo parezca imposible es, potencialmente, el mejor estímulo para materializarlo en una palpable realidad.

…y por todas partes hay caminos que conducen hasta los dioses.

Lucano, Farsalia

Un rasgo típico, inevitablemente humano, es nuestra capacidad para ver lo que no existe, encontrarnos en presencia de la realidad y, sin embargo, imaginar un algo más. La imaginación, esa fuerza a veces incontrolable del pensamiento, podría entenderse incluso como un recurso evolutivo, una habilidad para vislumbrar el potencial de un hecho o una circunstancia, y sospechar cómo podría ser mejor.

Esta búsqueda del cambio, este imaginar cómo algo puede ser mejor de lo que es en su estado actual, la voluntad de perfección que culturalmente se remonta a las tradiciones espirituales y filosóficas más antiguas, conoció una expresión sumamente refinada durante el Renacimiento, sobre todo luego de que se rescataran algunas discusiones sostenidas en la Grecia clásica sobre problemas esenciales del hombre, tanto en su dimensión individual como colectiva.

En este contexto, el género utópico gozó de una particular predilección entre filósofos y escritores de la época, un movimiento de la imaginación intelectual que se complace en montar escenarios y personajes, países enteros aunque inexistentes, sociedades elevadas a una potencia en la que desaparecen sus defectos y sus deficiencias. Siguiendo el ejemplo de Platón y su República, varios pensadores emprendieron la fabulación de lugares donde la civilización humana se mostrara en sus mejores cualidades, suponiendo que el bien ―en todas sus manifestaciones― es totalmente posible y asequible sin importar las condiciones desde las cuales se parta.

Como sabemos, la obra antonomástica de este tipo de literatura es la Utopía de Tomás Moro, un libro notablemente influyente ya desde su publicación, en 1516, al grado de que pasó con su solo título a significar esas fantasías donde se idealiza una situación despojándola de todos sus dificultades.

Utopía es un discurso profundamente humanista en el que su autor se sirve de la metáfora para analizar los requisitos de una sociedad sana, armó. El llamado “descubrimiento de América”, la aparición súbita y significativa del “Nuevo Mundo” (elocuente apelativo que simboliza la importancia del suceso para el desarrollo del pensamiento europeo), permite a Moro presentar el relato de un viajero, Rafael, que ha visitado tierras ignotas y extrañas, un explorador compañero de Vespucio que pasó varios años en la isla Utopía, estudiando las costumbres de los naturales, admirables por el nivel de buena convivencia alcanzado gracias, entre otros aspectos, a la rigurosa observancia de las leyes locales.

En su narración, Moro expone puntualmente la organización del Estado utópico, de ahí que su obra se clasifique de preferencia en el estante de la literatura política. La mayoría de las lecturas que se han hecho de Utopía han sido desde esta perspectiva, así como ciertas aplicaciones prácticas que ha conocido a lo largo de la historia.

Esta también es la razón por la cual, sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XX y en vista de los hechos ocurridos entonces, particularmente en Europa, la Utopía perdió algo de ese prestigio humanista con que nació, imputándosele cierto carácter totalitario que, se dijo entonces, hacían preferible no buscarla. Incluso hacia el final de ese mismo siglo cobró fuerza una corriente de pensamiento que canceló la realización de la utopía, fijando este mundo y esta realidad como la única deseable.

Si esto último es o no cierto, quizá quede aclarado recurriendo al malentendido etimológico presente en el nombre de Utopía.

Originalmente, Tomás Moro bautizó su territorio fantástico uniendo las palabras griegas “eu”, “bien”, y “topos”, “lugar”, con lo cual daba la idea de Utopía como una sede espacial, geográfica, de la bondad. Sin embargo, la latinización del vocablo y también su pronunciación en inglés provocó la pérdida de la “e” inicial, con lo cual parecía que el prefijo elegido era “ou”, que implica ausencia o negación.

La ambigüedad es semántica, pero también epistémica y sumamente elocuente. Como si se tratase de un lapsus, sugiere una contradicción: el impulso de desear lo mejor y, al mismo tiempo, creerlo irrealizable; desear el bien y, pese a todo, pensar que no podemos conseguirlo. Ese vacío entre uno y otro punto es el “no hay tal lugar” de la traducción de Quevedo.

Pero como bien lo demuestra la historia de Utopía y el impacto que como obra ha tenido en la cultura humana, esta contradicción es un falso dilema, o un dilema que se resuelve dialécticamente en la medida en que convertimos esta última certeza en el incentivo para buscar la perfección.

Que algo parezca imposible es, potencialmente, el mejor estímulo para materializarlo en una palpable realidad.

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