En 1968, la revista Playboy le hizo una entrevista al cineasta Stanley Kubrick a propósito de diferentes temas; sin embargo, el entrevistador tal vez no esperaba la apasionada defensa de la vida que siguió cuando el director de cine fue cuestionado sobre si la vida vale la pena de ser vivida. La vida, según Kubrick, no tiene un propósito definido, a lo que el entrevistador pregunta “¿sientes que vale la pena vivir?”. He aquí la respuesta de Kubrick:

Sí, para aquellos que logran vérselas de algún modo con nuestra mortalidad. La misma insignificancia de la vida obliga al hombre a crear su propio significado. Los niños, claro, comienzan la vida con un sentido inmaculado de asombro, una capacidad de experimentar la alegría total frente a algo tan simple como el verde de una hoja; pero a medida que envejecen, la conciencia de la muerte y la decrepitud comienza a entrometerse en su conciencia y erosiona sutilmente su joie de vivre [alegría de vivir], su idealismo —y la suposición de su inmortalidad.

 

Esta introducción parece presentar al niño, como en el budismo, como aquel ser ajeno a los males de la enfermedad, el sufrimiento y la muerte. Todo cuanto ve y siente es nuevo y maravilloso; el mundo, sin embargo, lo hace enfrentarse al horror humano, lo que merma su fe en la bondad. Pero según Kubrick:

es a causa de y a pesar de su conciencia sobre la insignificancia de la vida que puede forjarse un sentido fresco de propósito y afirmación. Puede que no logre recapturar el mismo sentido puro de asombro con el que nació, pero puede darle forma a algo mucho más duradero y nutritivo.

 

Es aquí donde entra la veta más claramente existencialista de Kubrick, al afirmar que:

 el hecho más terrible del universo no es que sea hostil, sino que sea indiferente; pero si podemos hacer las paces con esta indiferencia y aceptar los retos de la vida dentro de los límites de la muerte —dependiendo de cuán mudables el hombre sea capaz de hacerlos— nuestra existencia como especie puede tener un significado genuino y realizador. Sin importar lo vasto de la oscuridad, debemos aportar nuestra propia luz.

 

Tal parece que sólo observando con fiereza el abismo —para utilizar una frase de Nietzsche— es que el abismo nos devolverá la mirada. La vida es un parpadeo entre dos eternidades, y lo que hagamos con este tiempo depende enteramente de nosotros.

En 1968, la revista Playboy le hizo una entrevista al cineasta Stanley Kubrick a propósito de diferentes temas; sin embargo, el entrevistador tal vez no esperaba la apasionada defensa de la vida que siguió cuando el director de cine fue cuestionado sobre si la vida vale la pena de ser vivida. La vida, según Kubrick, no tiene un propósito definido, a lo que el entrevistador pregunta “¿sientes que vale la pena vivir?”. He aquí la respuesta de Kubrick:

Sí, para aquellos que logran vérselas de algún modo con nuestra mortalidad. La misma insignificancia de la vida obliga al hombre a crear su propio significado. Los niños, claro, comienzan la vida con un sentido inmaculado de asombro, una capacidad de experimentar la alegría total frente a algo tan simple como el verde de una hoja; pero a medida que envejecen, la conciencia de la muerte y la decrepitud comienza a entrometerse en su conciencia y erosiona sutilmente su joie de vivre [alegría de vivir], su idealismo —y la suposición de su inmortalidad.

 

Esta introducción parece presentar al niño, como en el budismo, como aquel ser ajeno a los males de la enfermedad, el sufrimiento y la muerte. Todo cuanto ve y siente es nuevo y maravilloso; el mundo, sin embargo, lo hace enfrentarse al horror humano, lo que merma su fe en la bondad. Pero según Kubrick:

es a causa de y a pesar de su conciencia sobre la insignificancia de la vida que puede forjarse un sentido fresco de propósito y afirmación. Puede que no logre recapturar el mismo sentido puro de asombro con el que nació, pero puede darle forma a algo mucho más duradero y nutritivo.

 

Es aquí donde entra la veta más claramente existencialista de Kubrick, al afirmar que:

 el hecho más terrible del universo no es que sea hostil, sino que sea indiferente; pero si podemos hacer las paces con esta indiferencia y aceptar los retos de la vida dentro de los límites de la muerte —dependiendo de cuán mudables el hombre sea capaz de hacerlos— nuestra existencia como especie puede tener un significado genuino y realizador. Sin importar lo vasto de la oscuridad, debemos aportar nuestra propia luz.

 

Tal parece que sólo observando con fiereza el abismo —para utilizar una frase de Nietzsche— es que el abismo nos devolverá la mirada. La vida es un parpadeo entre dos eternidades, y lo que hagamos con este tiempo depende enteramente de nosotros.