En la mitología nórdica existió un fascinante lugar llamado el Valhalla, referido también como el salón de los caídos. Este sitio sólo albergaba a los más bravos guerreros caídos en batalla. Para pueblos que estaban en guerra constante (con el clima, con otros pueblos, con el inclemente mar del Norte), la vida sólo podía comprenderse en términos bélicos, con una actitud de hierro, templada en el rigor y la lucha. Lo cual no quiere decir que el Valhalla fuese precisamente un spa ni una casa de campo. Oh, no. Si sólo los valientes podían llegar era porque Odín, el dios rector de Asgard, les tenía preparada una misión aún más grande.

A diferencia de otras mitologías donde el más allá es un estado permanente de dicha o desgracia, el Valhalla nórdico era sólo un campo de entrenamiento de lujo para los más aptos: incluso después de la muerte la guerra continuaría cuando llegara el Ragnarök (“destino de los dioses”), donde incluso Odín, su hijo Thor y el trickster Loki morirán en batalla.

El Ragnarök puede entenderse como el fin del mundo vikingo; un momento donde el mundo se llenará de agua después de una gran batalla, donde incluso los más grandes caerán definitivamente. Es por eso que Odín necesitaba sólo a los mejores guerreros, los que estuvieran dispuestos a morir no sólo una vez sino dos: una en vida, y otra, en la más épica batalla del universo.

Al igual que en el bushido japonés, donde el guerrero debe pelear como si estuviera tratando de morir, en la mitología nórdica el arrojo y el valor se miden en el trato desinteresado con la muerte. La idea del Ragnarök, además, es la de aportar una nueva continuidad al mundo. Una vez que las aguas hubiesen bajado, el mundo volvería a ser fértil; los dioses sobrevivientes reinarán como Odín antes que ellos y el mundo será repoblado por dos seres humanos.

Y todo volverá a empezar.

Pero no tenemos que esperar eones para librar nuestras propias batallas épicas. La idea del Valhalla (menos como un lugar hedonístico y más como la asunción de una responsabilidad para con el mundo) ha sido adoptada en proyectos de índole utópica. Cuando se deja de ser parte de la protesta y se comienza a ser parte de la solución ocurren cosas como Valhalla Movement, una comunidad sustentable que busca producir una forma de utopía comunitaria que aprenda de sí misma y se extienda a todo el que quiera sumarse.

Las creencias en la vida futura dan sentido al presente de muchas personas; sin embargo, no debemos olvidar que la verdadera batalla es aquí y ahora, con nuestra realidad cotidiana, con las personas a nuestro alrededor y con el mundo en el estado actual. La diferencia está en que el paradigma cambia si entendemos que no peleamos contra ellos sino junto a ellos. Además de valor, el guerrero necesita la humildad necesaria para saber que somos sólo un episodio de la historia más épica de todas: la de la especie humana.

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En la mitología nórdica existió un fascinante lugar llamado el Valhalla, referido también como el salón de los caídos. Este sitio sólo albergaba a los más bravos guerreros caídos en batalla. Para pueblos que estaban en guerra constante (con el clima, con otros pueblos, con el inclemente mar del Norte), la vida sólo podía comprenderse en términos bélicos, con una actitud de hierro, templada en el rigor y la lucha. Lo cual no quiere decir que el Valhalla fuese precisamente un spa ni una casa de campo. Oh, no. Si sólo los valientes podían llegar era porque Odín, el dios rector de Asgard, les tenía preparada una misión aún más grande.

A diferencia de otras mitologías donde el más allá es un estado permanente de dicha o desgracia, el Valhalla nórdico era sólo un campo de entrenamiento de lujo para los más aptos: incluso después de la muerte la guerra continuaría cuando llegara el Ragnarök (“destino de los dioses”), donde incluso Odín, su hijo Thor y el trickster Loki morirán en batalla.

El Ragnarök puede entenderse como el fin del mundo vikingo; un momento donde el mundo se llenará de agua después de una gran batalla, donde incluso los más grandes caerán definitivamente. Es por eso que Odín necesitaba sólo a los mejores guerreros, los que estuvieran dispuestos a morir no sólo una vez sino dos: una en vida, y otra, en la más épica batalla del universo.

Al igual que en el bushido japonés, donde el guerrero debe pelear como si estuviera tratando de morir, en la mitología nórdica el arrojo y el valor se miden en el trato desinteresado con la muerte. La idea del Ragnarök, además, es la de aportar una nueva continuidad al mundo. Una vez que las aguas hubiesen bajado, el mundo volvería a ser fértil; los dioses sobrevivientes reinarán como Odín antes que ellos y el mundo será repoblado por dos seres humanos.

Y todo volverá a empezar.

Pero no tenemos que esperar eones para librar nuestras propias batallas épicas. La idea del Valhalla (menos como un lugar hedonístico y más como la asunción de una responsabilidad para con el mundo) ha sido adoptada en proyectos de índole utópica. Cuando se deja de ser parte de la protesta y se comienza a ser parte de la solución ocurren cosas como Valhalla Movement, una comunidad sustentable que busca producir una forma de utopía comunitaria que aprenda de sí misma y se extienda a todo el que quiera sumarse.

Las creencias en la vida futura dan sentido al presente de muchas personas; sin embargo, no debemos olvidar que la verdadera batalla es aquí y ahora, con nuestra realidad cotidiana, con las personas a nuestro alrededor y con el mundo en el estado actual. La diferencia está en que el paradigma cambia si entendemos que no peleamos contra ellos sino junto a ellos. Además de valor, el guerrero necesita la humildad necesaria para saber que somos sólo un episodio de la historia más épica de todas: la de la especie humana.

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