Una de las soluciones a la angustia que propone tanto el budismo como el pensamiento metafísico es el ejercicio de la atención presente (mindfulness): la meditación como una herramienta que nos reconfigura para descubrir que, como también quería Kierkegaard, es en este instante donde vuelve a surgir el mundo.

En 1951, Alan Watts, uno de los principales introductores de las enseñanzas budistas en Occidente, publicó el libro La sabiduría de la inseguridad: un mensaje para una época de angustia (The Wisdom of Insecurity: A Message for an Age of Anxiety), en el cual retomó este punto de vista para ampliarlo y encontrarle lugar en nuestra vida práctica, nuestro devenir cotidiano. Escribe Watts:

La “conciencia primaria”, la mente básica que conoce la realidad más que las ideas sobre esta, no sabe sobre el futuro. Vive completamente en el presente y percibe nada más que lo que es en este momento. El cerebro ingenioso, sin embargo, mira hacia esa parte de la experiencia presente llamada memoria y, al estudiarla, es capaz de hacer predicciones. Estas predicciones son relativamente tan precisas y seguras (e. g., “todos morirán”) que el futuro asume un grado elevado de realidad tan elevado que el presente pierde su valor.

Pero el futuro todavía no está aquí y no puede convertirse en una parte dela realidad experimentada hasta que es presente. Por lo que sabemos del futuro, este está hecho puramente de abstracciones y elementos lógicos inferencias, suposiciones, deducciones, no puede comerse, sentirse, olerse, mirarse, escucharse o, en otro sentido, disfrutarse. Perseguirlo es perseguir un fantasma que constantemente se retrae y mientras más rápida su persecución, más rápida su huida. De ahí que todos los asuntos de la civilización se apresuren, que difícilmente cualquiera disfrute lo que tiene y por siempre busque más y más. La felicidad consiste entonces no en realidades sólidas y sustanciosas, sino en cosas abstractas y superficiales como promesas, esperanzas y certezas.

Su análisis es lúcido y certero porque en cierta forma es también quirúrgico. Con agudeza identifica esos elementos en apariencia simples que suscitan la ansiedad y construye un modelo en el que dicha sencillez paulatina, inexplicablemente, se complejiza hasta devenir una idea de “felicidad” enriquecida de atributos equívocos, distractores que nos hacen creer que dicho estado también puede calcularse y medirse, ajustarse a patrones y fórmulas.

“Hay una contradicción en querer estar perfectamente seguros en un mundo cuya verdadera naturaleza es instantánea y fluida”, escribe Watts en otro pasaje del libro, y continúa:

Para ponerlo aún más simple: el deseo de seguridad y la sensación de inseguridad son lo mismo. Contener tu respiración es perder tu respiración. Una sociedad basada en la búsqueda de la seguridad es nada más que una competencia de retención de aliento en la cual todos están tan tensos como un tambor y tan morados como un betabel.

Dicho crudamente, esa es la vida de muchos. ¿Pero de verdad es la vida que quieres?

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Imagen: Tomi Ungerer, de The Underground Sketchbook (1964).

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Una de las soluciones a la angustia que propone tanto el budismo como el pensamiento metafísico es el ejercicio de la atención presente (mindfulness): la meditación como una herramienta que nos reconfigura para descubrir que, como también quería Kierkegaard, es en este instante donde vuelve a surgir el mundo.

En 1951, Alan Watts, uno de los principales introductores de las enseñanzas budistas en Occidente, publicó el libro La sabiduría de la inseguridad: un mensaje para una época de angustia (The Wisdom of Insecurity: A Message for an Age of Anxiety), en el cual retomó este punto de vista para ampliarlo y encontrarle lugar en nuestra vida práctica, nuestro devenir cotidiano. Escribe Watts:

La “conciencia primaria”, la mente básica que conoce la realidad más que las ideas sobre esta, no sabe sobre el futuro. Vive completamente en el presente y percibe nada más que lo que es en este momento. El cerebro ingenioso, sin embargo, mira hacia esa parte de la experiencia presente llamada memoria y, al estudiarla, es capaz de hacer predicciones. Estas predicciones son relativamente tan precisas y seguras (e. g., “todos morirán”) que el futuro asume un grado elevado de realidad tan elevado que el presente pierde su valor.

Pero el futuro todavía no está aquí y no puede convertirse en una parte dela realidad experimentada hasta que es presente. Por lo que sabemos del futuro, este está hecho puramente de abstracciones y elementos lógicos inferencias, suposiciones, deducciones, no puede comerse, sentirse, olerse, mirarse, escucharse o, en otro sentido, disfrutarse. Perseguirlo es perseguir un fantasma que constantemente se retrae y mientras más rápida su persecución, más rápida su huida. De ahí que todos los asuntos de la civilización se apresuren, que difícilmente cualquiera disfrute lo que tiene y por siempre busque más y más. La felicidad consiste entonces no en realidades sólidas y sustanciosas, sino en cosas abstractas y superficiales como promesas, esperanzas y certezas.

Su análisis es lúcido y certero porque en cierta forma es también quirúrgico. Con agudeza identifica esos elementos en apariencia simples que suscitan la ansiedad y construye un modelo en el que dicha sencillez paulatina, inexplicablemente, se complejiza hasta devenir una idea de “felicidad” enriquecida de atributos equívocos, distractores que nos hacen creer que dicho estado también puede calcularse y medirse, ajustarse a patrones y fórmulas.

“Hay una contradicción en querer estar perfectamente seguros en un mundo cuya verdadera naturaleza es instantánea y fluida”, escribe Watts en otro pasaje del libro, y continúa:

Para ponerlo aún más simple: el deseo de seguridad y la sensación de inseguridad son lo mismo. Contener tu respiración es perder tu respiración. Una sociedad basada en la búsqueda de la seguridad es nada más que una competencia de retención de aliento en la cual todos están tan tensos como un tambor y tan morados como un betabel.

Dicho crudamente, esa es la vida de muchos. ¿Pero de verdad es la vida que quieres?

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Imagen: Tomi Ungerer, de The Underground Sketchbook (1964).

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