Cuando pensamos en la “locura”, a menos que tengamos alguna experiencia en psiquiatría o psicología, probablemente nuestras primeras asociaciones mentales tengan que ver con personas que se comportan fuera de la norma establecida, que incurren en “excentricidades”, ideas o acciones erráticas e imprevisibles, y que de alguna manera se ponen en riesgo a sí mismos y a los demás.

Sin embargo, en nuestros días vivimos sumergidos en burbujas de información que hacen difícil diferenciar claramente en qué consiste la salud mental de una persona y cuándo entramos en la locura.

En este pequeño artículo no nos referimos a la locura como una patología específica —formas de sufrimiento psíquico que provocan depresión, disociación de la realidad o conductas autoagresivas, que tampoco fomentamos— sino que tomamos a la locura en su acepción más amplia, como una provocación para el pensamiento lateral y la acción inesperada.

Oscilamos entre una racionalidad voluntaria y un irracionalismo que achacamos a los demás: el otro —el peligroso— siempre es el que presenta comportamientos peligrosos, siempre es el que incurre en el error. El yo —eso de nosotros que identificamos con nosotros, ese ego que se defiende frente a cualquier idea o tentativa de dividirlo o hacerle cambiar de parecer— es una construcción frágil que hoy en día se sustenta en hábitos de consumo y elecciones virtuales.

La información de la que está compuesto nuestro yo —memoria, amistades, caracteres de identificación— es tan ilusoria como nuestro nombre: puede ser borrada, robada, modificada a voluntad por los tecnócratas. Si la racionalidad y la “normalidad” al uso fueran cosa cierta, no veríamos el nuevo auge de los demagogos, de los políticos y los vendedores de (falsas) esperanzas que fomentan los miedos y las xenofobias con fines electorales. Practicar una apacible forma de locura frente al mundo puede salvarnos por momentos de perecer en los remolinos de la normalidad, del consumo y del miedo a los demás.

alice-tenniel

Tomemos un par de datos como ejemplo. El profesor de psicología David Levitin afirma que en 1976 una tienda tenía un inventario de aproximadamente 9,000 productos diferentes, mientras en nuestros días esta cifra llega a los 40,000 productos. Si compramos un promedio de 150 productos en nuestro carrito de compras, ¿cómo logramos ignorar esas decenas de miles de marcas, logos, promesas vacías en nuestro transitar comercial.

Además, hoy en día se produce más información por minuto que nunca antes en la historia humana. Las redes sociales se han convertido en una versión perversa del Internet (esa enciclopedia total que esperábamos a finales de los 90 del siglo pasado), una cámara de ecos en donde escuchamos una y otra vez las opiniones y las noticias que ya hemos aceptado previamente, resguardados en la seguridad de que ninguna idea peligrosa —que potencialmente podría cambiar nuestra vida— llegue jamás a nuestros ojos.

A decir del neurólogo del MIT Earl Miller nuestros cerebros ni siquiera están programados para realizar el famoso “multitasking”, pues cuando la gente cree estar llevando a cabo más de una tarea simultáneamente, “en realidad están cambiando de una tarea a otra muy rápidamente. Y cada vez que lo hacen incurren en un costo cognitivo”.

¿Cuál es este costo? La producción de cortisona, por ejemplo, la hormona del estrés, además de altas dosis de adrenalina –coctel de estrés visible en cualquier ciudad populosa.

La locura que proponemos frente al auge de la hiperconectividad consiste en recordar que el Internet, las redes sociales y los dispositivos electrónicos en realidad no son más que herramientas —no muy distintas de un tenedor, una taza, un vaso para servir agua. Objetos y servicios que se han convertido en amos y señores de nuestro tiempo, y que parecen controlarnos a partir de la administración de nuestra información, nuestras relaciones personales y nuestro modo de vida. Pero el poder siempre ha estado en nosotros: no decimos que hay que renunciar a las formas de relación propias de nuestro tiempo histórico, sino que es preciso participar de la marea de la información con plena conciencia.

Como afirmó en los 70 Jiddu Krishnamurti, “La cuestión es cómo vivir en este mundo sin pertenecer a él. ¿Cómo vivir en medio de esta locura y, no obstante, estar cuerdo?”. Una posible respuesta sea esta: tomar una distancia compasiva del mundo, actuar en él sin pertenecer a él, sin dejarse devorar por él, vivir en el tiempo sin dejar que nos consuma, como en un instante eterno, con una conciencia clara de que todo esto también pasará.

 

*Imágenes: ilustración de John Tenniel (1865) – Dominio Público

Cuando pensamos en la “locura”, a menos que tengamos alguna experiencia en psiquiatría o psicología, probablemente nuestras primeras asociaciones mentales tengan que ver con personas que se comportan fuera de la norma establecida, que incurren en “excentricidades”, ideas o acciones erráticas e imprevisibles, y que de alguna manera se ponen en riesgo a sí mismos y a los demás.

Sin embargo, en nuestros días vivimos sumergidos en burbujas de información que hacen difícil diferenciar claramente en qué consiste la salud mental de una persona y cuándo entramos en la locura.

En este pequeño artículo no nos referimos a la locura como una patología específica —formas de sufrimiento psíquico que provocan depresión, disociación de la realidad o conductas autoagresivas, que tampoco fomentamos— sino que tomamos a la locura en su acepción más amplia, como una provocación para el pensamiento lateral y la acción inesperada.

Oscilamos entre una racionalidad voluntaria y un irracionalismo que achacamos a los demás: el otro —el peligroso— siempre es el que presenta comportamientos peligrosos, siempre es el que incurre en el error. El yo —eso de nosotros que identificamos con nosotros, ese ego que se defiende frente a cualquier idea o tentativa de dividirlo o hacerle cambiar de parecer— es una construcción frágil que hoy en día se sustenta en hábitos de consumo y elecciones virtuales.

La información de la que está compuesto nuestro yo —memoria, amistades, caracteres de identificación— es tan ilusoria como nuestro nombre: puede ser borrada, robada, modificada a voluntad por los tecnócratas. Si la racionalidad y la “normalidad” al uso fueran cosa cierta, no veríamos el nuevo auge de los demagogos, de los políticos y los vendedores de (falsas) esperanzas que fomentan los miedos y las xenofobias con fines electorales. Practicar una apacible forma de locura frente al mundo puede salvarnos por momentos de perecer en los remolinos de la normalidad, del consumo y del miedo a los demás.

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Tomemos un par de datos como ejemplo. El profesor de psicología David Levitin afirma que en 1976 una tienda tenía un inventario de aproximadamente 9,000 productos diferentes, mientras en nuestros días esta cifra llega a los 40,000 productos. Si compramos un promedio de 150 productos en nuestro carrito de compras, ¿cómo logramos ignorar esas decenas de miles de marcas, logos, promesas vacías en nuestro transitar comercial.

Además, hoy en día se produce más información por minuto que nunca antes en la historia humana. Las redes sociales se han convertido en una versión perversa del Internet (esa enciclopedia total que esperábamos a finales de los 90 del siglo pasado), una cámara de ecos en donde escuchamos una y otra vez las opiniones y las noticias que ya hemos aceptado previamente, resguardados en la seguridad de que ninguna idea peligrosa —que potencialmente podría cambiar nuestra vida— llegue jamás a nuestros ojos.

A decir del neurólogo del MIT Earl Miller nuestros cerebros ni siquiera están programados para realizar el famoso “multitasking”, pues cuando la gente cree estar llevando a cabo más de una tarea simultáneamente, “en realidad están cambiando de una tarea a otra muy rápidamente. Y cada vez que lo hacen incurren en un costo cognitivo”.

¿Cuál es este costo? La producción de cortisona, por ejemplo, la hormona del estrés, además de altas dosis de adrenalina –coctel de estrés visible en cualquier ciudad populosa.

La locura que proponemos frente al auge de la hiperconectividad consiste en recordar que el Internet, las redes sociales y los dispositivos electrónicos en realidad no son más que herramientas —no muy distintas de un tenedor, una taza, un vaso para servir agua. Objetos y servicios que se han convertido en amos y señores de nuestro tiempo, y que parecen controlarnos a partir de la administración de nuestra información, nuestras relaciones personales y nuestro modo de vida. Pero el poder siempre ha estado en nosotros: no decimos que hay que renunciar a las formas de relación propias de nuestro tiempo histórico, sino que es preciso participar de la marea de la información con plena conciencia.

Como afirmó en los 70 Jiddu Krishnamurti, “La cuestión es cómo vivir en este mundo sin pertenecer a él. ¿Cómo vivir en medio de esta locura y, no obstante, estar cuerdo?”. Una posible respuesta sea esta: tomar una distancia compasiva del mundo, actuar en él sin pertenecer a él, sin dejarse devorar por él, vivir en el tiempo sin dejar que nos consuma, como en un instante eterno, con una conciencia clara de que todo esto también pasará.

 

*Imágenes: ilustración de John Tenniel (1865) – Dominio Público

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