Como la mayor parte de las vanguardias artísticas de principios del siglo xx, el vorticismo fue un impetuoso movimiento encaminado a cambiar el orden estético y social del momento. El término vórtice, probablemente inspirado en las teorías del futurista Boccioni, hacía referencia al torbellino de emociones y potencia expresiva que sus artistas peretendieron liberar en sus creaciones.

La realidad aparecía en las obras voticistas transformada por el remolino de la subjetividad; la arquitectura, los objetos, los retratos, todo se veía alterado al entrar en contacto con el ojo fractal de los vorticistas. Whyndam Lewis, principal fundador del movimiento junto a el poeta Ezra Pound, reunió en torno a la revista Blast a poetas de la talla de T.S Eliot, y artistas plásticos como el escultor Gaudier Brzeska y Rebeca West, entre otros. El vorticismo fue la única y breve vanguardia artística nacida en Gran Bretaña.

Cuando Alvin Langdon Coburn llegó a Inglaterra, su fama como fotógrafo de exteriores y retratista estaba plenamente consolidada. El inicio de su carrera como fotógrafo fue precoz. Con tan solo ocho años Coburn, recibió como regalo de cumpleaños su primera cámara Kodak. Una vez en  Londres, centro indiscutible de la actividad artística de la época. Su talento lo convertiría en una de la figuras más destacadas del pictorialismo de finales del siglo XIX.

Pero fue la inercia abrumadora de las vanguardias artísticas la que condujo a Coburn a sus obras más arriesgadas y visionarias. En contacto con el cubismo y el futurismo, sintió la necesidad de dar rienda libre a su expresividad. En el vorticismo, hijo a su vez de los dos movimientos anteriores, el fotógrafo bostoniano encontró el medio perfecto para liberar sus inquietudes formales y deslindarse de la corriente pictorialista, ya en plena decadencia.

Las vortofotografías de Langdon Coburn resultan de su estrecha colaboración con Ezra Pound. Apoyado por el insigne poeta, Coburn pudo desarrollar un artilugio denominado vortoscopio. A través de un juego de espejos este fragmentaba la realidad, del mismo modo a como lo hacían las pinturas de Whyndam Lewis. El resultado son imágenes de una gran potencia expresiva, en las que la realidad es modificada para servir a las necesidades internas del creador, a su vórtice personal. Como si de una estructura mineral se tratase, los objetos adquieren una apariencia geométrica y caleidoscópica, desdibujando casi por completo las formas del original.

Con sus vortografías, Coburn se situó a la cabeza de la vanguardia fotográfica. Tras el estallido de la Primera Guerra Mundial, sin embargo, decidió abandonar sus experimentos y retirarse a un monasterio. El movimiento vorticista desapareció tras tres años de efímera existencia. La realidad se imponía en bloque.

Como la mayor parte de las vanguardias artísticas de principios del siglo xx, el vorticismo fue un impetuoso movimiento encaminado a cambiar el orden estético y social del momento. El término vórtice, probablemente inspirado en las teorías del futurista Boccioni, hacía referencia al torbellino de emociones y potencia expresiva que sus artistas peretendieron liberar en sus creaciones.

La realidad aparecía en las obras voticistas transformada por el remolino de la subjetividad; la arquitectura, los objetos, los retratos, todo se veía alterado al entrar en contacto con el ojo fractal de los vorticistas. Whyndam Lewis, principal fundador del movimiento junto a el poeta Ezra Pound, reunió en torno a la revista Blast a poetas de la talla de T.S Eliot, y artistas plásticos como el escultor Gaudier Brzeska y Rebeca West, entre otros. El vorticismo fue la única y breve vanguardia artística nacida en Gran Bretaña.

Cuando Alvin Langdon Coburn llegó a Inglaterra, su fama como fotógrafo de exteriores y retratista estaba plenamente consolidada. El inicio de su carrera como fotógrafo fue precoz. Con tan solo ocho años Coburn, recibió como regalo de cumpleaños su primera cámara Kodak. Una vez en  Londres, centro indiscutible de la actividad artística de la época. Su talento lo convertiría en una de la figuras más destacadas del pictorialismo de finales del siglo XIX.

Pero fue la inercia abrumadora de las vanguardias artísticas la que condujo a Coburn a sus obras más arriesgadas y visionarias. En contacto con el cubismo y el futurismo, sintió la necesidad de dar rienda libre a su expresividad. En el vorticismo, hijo a su vez de los dos movimientos anteriores, el fotógrafo bostoniano encontró el medio perfecto para liberar sus inquietudes formales y deslindarse de la corriente pictorialista, ya en plena decadencia.

Las vortofotografías de Langdon Coburn resultan de su estrecha colaboración con Ezra Pound. Apoyado por el insigne poeta, Coburn pudo desarrollar un artilugio denominado vortoscopio. A través de un juego de espejos este fragmentaba la realidad, del mismo modo a como lo hacían las pinturas de Whyndam Lewis. El resultado son imágenes de una gran potencia expresiva, en las que la realidad es modificada para servir a las necesidades internas del creador, a su vórtice personal. Como si de una estructura mineral se tratase, los objetos adquieren una apariencia geométrica y caleidoscópica, desdibujando casi por completo las formas del original.

Con sus vortografías, Coburn se situó a la cabeza de la vanguardia fotográfica. Tras el estallido de la Primera Guerra Mundial, sin embargo, decidió abandonar sus experimentos y retirarse a un monasterio. El movimiento vorticista desapareció tras tres años de efímera existencia. La realidad se imponía en bloque.

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