Los intentos por definir la belleza son tan antiguos como la idea de belleza misma. Pero el sentimiento estético siempre tendrá algo de indescriptible, un cualidad que, más que apelar a nuestra racionalidad, nace en la intuición, en algún lugar sin nombre dentro de nuestras entrañas, en una región a la que las palabras rara vez tienen acceso. Por esta razón, entre muchas otras, el libro Wabi-sabi para artistas, diseñadores, poetas y filósofos de Leonard Koren tiene una belleza especial, pues está dedicado a definir este término japonés —uno que alguna vez fue desconocido en Occidente y ahora está en todos partes, especialmente en obras sobre la estética y filosofía japonesas.

Publicado por primera vez en 1994 y reeditado en 2008, este pequeño libro podría definirse, sobre todo, como simple. Es posible leerlo en una o dos horas; incluso sus cualidades editoriales emulan al wabi-sabi, concepto definido por Koren como: “Una belleza de las cosas imperfectas, impermanentes e incompletas. Una belleza de las cosas modestas y humildes. Es una belleza de las cosas no convencionales”. En Japón, estos principios tocan la estética, la espiritualidad y la filosofía, pero también el pragmatismo de la vida diaria, equivalen a los preceptos de belleza que aún rigen en Occidente y que heredamos de los griegos —así de poderosa es su influencia.

En el libro, Koren comienza por conseguir una definición provisional del término, no sin antes asegurar que, a pesar de que el wabi-sabi es parte intrínseca de la vida de cualquier japonés, al momento de pedirle a uno que lo defina, es común que éste o ésta se quede sin palabras: un hecho que refuerza la difícil definición, al menos a través del lenguaje oral, de este concepto. El wabi-sabi también ha sido conocido como “el zen de las cosas” porque ejemplifica muchos de los principios espirituales y filosóficos de dicha filosofía.

A partir de  narrar una breve historia del término, Koren se lanza a describir el universo del wabi-sabi a través de su base metafísica: todo en el universo se dirige hacia o proviene de la nada. Así también, el autor describe los tres principales valores espirituales del concepto: 1) la verdad surge de la observación de la naturaleza 2) la “grandeza” existe en los detalles ignorados e inconspicuos 3) la belleza puede ser extraída de la fealdad.

En su faceta más pragmática, el wabi-sabi defiende dos principios centrales: la aceptación de lo inevitable y la apreciación del orden cósmico. Sus principios morales incluyen el deshacerse de todo aquello que no necesitamos y concentrarnos en la cualidad intrínseca de las cosas, ignorando las jerarquías materiales.

El wabi-sabi, que Koren define como un sistema estético, sugiere y emula los procesos de la naturaleza y, por lo tanto, celebra lo irregular, lo íntimo, lo no pretencioso, lo terrenal y lo simple. Su libro es un discreto y breve tesoro, especialmente para todas aquellas mentes destinadas al quehacer artístico, estético y filosófico porque acierta en delinear con palabras (lo más cercano a definir algo indefinible) un término cuya naturaleza supera las palabras.

 

Imagen: Creative Commons – Natasha Wheatland

Los intentos por definir la belleza son tan antiguos como la idea de belleza misma. Pero el sentimiento estético siempre tendrá algo de indescriptible, un cualidad que, más que apelar a nuestra racionalidad, nace en la intuición, en algún lugar sin nombre dentro de nuestras entrañas, en una región a la que las palabras rara vez tienen acceso. Por esta razón, entre muchas otras, el libro Wabi-sabi para artistas, diseñadores, poetas y filósofos de Leonard Koren tiene una belleza especial, pues está dedicado a definir este término japonés —uno que alguna vez fue desconocido en Occidente y ahora está en todos partes, especialmente en obras sobre la estética y filosofía japonesas.

Publicado por primera vez en 1994 y reeditado en 2008, este pequeño libro podría definirse, sobre todo, como simple. Es posible leerlo en una o dos horas; incluso sus cualidades editoriales emulan al wabi-sabi, concepto definido por Koren como: “Una belleza de las cosas imperfectas, impermanentes e incompletas. Una belleza de las cosas modestas y humildes. Es una belleza de las cosas no convencionales”. En Japón, estos principios tocan la estética, la espiritualidad y la filosofía, pero también el pragmatismo de la vida diaria, equivalen a los preceptos de belleza que aún rigen en Occidente y que heredamos de los griegos —así de poderosa es su influencia.

En el libro, Koren comienza por conseguir una definición provisional del término, no sin antes asegurar que, a pesar de que el wabi-sabi es parte intrínseca de la vida de cualquier japonés, al momento de pedirle a uno que lo defina, es común que éste o ésta se quede sin palabras: un hecho que refuerza la difícil definición, al menos a través del lenguaje oral, de este concepto. El wabi-sabi también ha sido conocido como “el zen de las cosas” porque ejemplifica muchos de los principios espirituales y filosóficos de dicha filosofía.

A partir de  narrar una breve historia del término, Koren se lanza a describir el universo del wabi-sabi a través de su base metafísica: todo en el universo se dirige hacia o proviene de la nada. Así también, el autor describe los tres principales valores espirituales del concepto: 1) la verdad surge de la observación de la naturaleza 2) la “grandeza” existe en los detalles ignorados e inconspicuos 3) la belleza puede ser extraída de la fealdad.

En su faceta más pragmática, el wabi-sabi defiende dos principios centrales: la aceptación de lo inevitable y la apreciación del orden cósmico. Sus principios morales incluyen el deshacerse de todo aquello que no necesitamos y concentrarnos en la cualidad intrínseca de las cosas, ignorando las jerarquías materiales.

El wabi-sabi, que Koren define como un sistema estético, sugiere y emula los procesos de la naturaleza y, por lo tanto, celebra lo irregular, lo íntimo, lo no pretencioso, lo terrenal y lo simple. Su libro es un discreto y breve tesoro, especialmente para todas aquellas mentes destinadas al quehacer artístico, estético y filosófico porque acierta en delinear con palabras (lo más cercano a definir algo indefinible) un término cuya naturaleza supera las palabras.

 

Imagen: Creative Commons – Natasha Wheatland