¿Qué conforma la educación literaria de un escritor, y aún más, de un filósofo? ¿Se trata simplemente de manejar ciertos conceptos importantes en la historia de las humanidades? ¿De poder discutir con soltura acerca de Aristóteles o Platón? ¿De tener ideas propias a partir de referentes conocidos por nuestros contemporáneos? ¿De todo lo anterior?

El año pasado se presentó en Berlín una muestra de lo que fue en su momento una especie de “temario” de la educación del filósofo Walter Benjamin, quien llevó un diario numerado de cada libro que leyó desde los 22 años (en 1917) hasta 1939, poco antes de su trágica muerte. Aunque todos los títulos previos al número 462 se hayan perdido (la lista termina en el ítem 1712), las entradas siguientes dan cuenta no sólo de la voracidad lectora de Benjamin, sino de la amplia gama de sus intereses.

Así, por ejemplo, podemos encontrar títulos y autores que figuran dentro de los ensayos que Benjamin publicó en vida y que nutrieron sus intereses, como el poeta Charles Baudelaire, el novelista Marcel Proust y los filósofos Friedrich Nietszche, Martin Heidegger y Karl Marx. Sin embargo, las sorpresas también están a la mano: según esta lista de lecturas (que por desgracia no se encuentra digitalizada todavía) Benjamin parece haber sigo un gran aficionado a las novelas policíacas y de misterio, pues sabemos que en su lista de lecturas figuran novelas de Agatha Christie, Sir Arthur Conan Doyle (creador de Sherlock Holmes) e incluso una novela de A. A. Milne, autor del famoso personaje infantil Winnie the Pooh.

La lista de lecturas fue expuesta dentro de la muestra Irrkunst, de difícil traducción, pues se refiere a lo desapercibido, a lo discreto, a lo que está presente pero no llama la atención, un concepto utilizado por el artista inglés Edmund de Waal como “pasaporte” para su primera exposición berlinesa en la galería Max Hetzler, ubicada cerca de la antigua escuela donde Benjamin cursó estudios.

walter-benjamin
Según una de las investigadoras del Archivo Walter Benjamin, Ursula Marx, “lo que tenemos aquí es un archivo del conocimiento de Benjamin. Estás leyendo la historia de su propia educación”. Y es que, a pesar de que la exposición Irrkunst retoma piezas arquitectónicas y cerámicas de De Waal también está presente una sala con muchas ediciones de la obra de Walter Benjamin, así como de sus miles de comentaristas.

¿La historia bibliográfica de un autor puede ser materia de una exposición artística? Parece una pregunta irónica, e incluso retórica más que irónica, luego de que en su propia época Walter Benjamin fuera un escritor incomprendido, un guionista de radio con pasión divulgadora, un filósofo riguroso pero a menudo hermético, alguien indeseable en la academia y en los cenáculos intelectuales.

Entre las lecturas que podemos entrever en algunas capturas de pantalla disponibles en la web figuran también algunos grandes nombres de la literatura rusa, como Dostoievski, Chéjov y Gógol, además de “Ma vie” de Tolstói; también podemos encontrar obras como Huellas [Spuren] de Ernst Bloch, Adiós a las armas de Ernest Hemingway, el ensayo antibélico “Llamada a la razón” de Thomas Mann, André Malraux, André Gide, Friedrich Kroner, “La voz humana” de Jean Cocteau y Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll.

¿Sería posible saber qué forma adopta una obra literaria si pudiéramos saber qué obras nutrieron a su autor? La amplitud y generalidad de la pregunta no permite dar una respuesta definitiva, pero en el caso de Benjamin sería posible imaginar un algoritmo capaz de reunir los libros de los que dio cuenta en sus diarios y producir una obra de acuerdo a ciertas funciones. Este libro o esta obra imaginaria sería, sin duda alguna, más amplia que la suma de sus partes, aunque sus coordenadas podrían quedar bien delimitadas. Sin embargo, ni siquiera con un índice exhaustivo como el de Benjamin podríamos hacernos una idea del canon personal, íntimo, subjetivo hasta la extenuación, de lo que nutre la imaginación de un escritor.

 

*Imágenes: 1)Dominio Público; 2)  Arturo Espinosa – Flickr / Creative Commons

¿Qué conforma la educación literaria de un escritor, y aún más, de un filósofo? ¿Se trata simplemente de manejar ciertos conceptos importantes en la historia de las humanidades? ¿De poder discutir con soltura acerca de Aristóteles o Platón? ¿De tener ideas propias a partir de referentes conocidos por nuestros contemporáneos? ¿De todo lo anterior?

El año pasado se presentó en Berlín una muestra de lo que fue en su momento una especie de “temario” de la educación del filósofo Walter Benjamin, quien llevó un diario numerado de cada libro que leyó desde los 22 años (en 1917) hasta 1939, poco antes de su trágica muerte. Aunque todos los títulos previos al número 462 se hayan perdido (la lista termina en el ítem 1712), las entradas siguientes dan cuenta no sólo de la voracidad lectora de Benjamin, sino de la amplia gama de sus intereses.

Así, por ejemplo, podemos encontrar títulos y autores que figuran dentro de los ensayos que Benjamin publicó en vida y que nutrieron sus intereses, como el poeta Charles Baudelaire, el novelista Marcel Proust y los filósofos Friedrich Nietszche, Martin Heidegger y Karl Marx. Sin embargo, las sorpresas también están a la mano: según esta lista de lecturas (que por desgracia no se encuentra digitalizada todavía) Benjamin parece haber sigo un gran aficionado a las novelas policíacas y de misterio, pues sabemos que en su lista de lecturas figuran novelas de Agatha Christie, Sir Arthur Conan Doyle (creador de Sherlock Holmes) e incluso una novela de A. A. Milne, autor del famoso personaje infantil Winnie the Pooh.

La lista de lecturas fue expuesta dentro de la muestra Irrkunst, de difícil traducción, pues se refiere a lo desapercibido, a lo discreto, a lo que está presente pero no llama la atención, un concepto utilizado por el artista inglés Edmund de Waal como “pasaporte” para su primera exposición berlinesa en la galería Max Hetzler, ubicada cerca de la antigua escuela donde Benjamin cursó estudios.

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Según una de las investigadoras del Archivo Walter Benjamin, Ursula Marx, “lo que tenemos aquí es un archivo del conocimiento de Benjamin. Estás leyendo la historia de su propia educación”. Y es que, a pesar de que la exposición Irrkunst retoma piezas arquitectónicas y cerámicas de De Waal también está presente una sala con muchas ediciones de la obra de Walter Benjamin, así como de sus miles de comentaristas.

¿La historia bibliográfica de un autor puede ser materia de una exposición artística? Parece una pregunta irónica, e incluso retórica más que irónica, luego de que en su propia época Walter Benjamin fuera un escritor incomprendido, un guionista de radio con pasión divulgadora, un filósofo riguroso pero a menudo hermético, alguien indeseable en la academia y en los cenáculos intelectuales.

Entre las lecturas que podemos entrever en algunas capturas de pantalla disponibles en la web figuran también algunos grandes nombres de la literatura rusa, como Dostoievski, Chéjov y Gógol, además de “Ma vie” de Tolstói; también podemos encontrar obras como Huellas [Spuren] de Ernst Bloch, Adiós a las armas de Ernest Hemingway, el ensayo antibélico “Llamada a la razón” de Thomas Mann, André Malraux, André Gide, Friedrich Kroner, “La voz humana” de Jean Cocteau y Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll.

¿Sería posible saber qué forma adopta una obra literaria si pudiéramos saber qué obras nutrieron a su autor? La amplitud y generalidad de la pregunta no permite dar una respuesta definitiva, pero en el caso de Benjamin sería posible imaginar un algoritmo capaz de reunir los libros de los que dio cuenta en sus diarios y producir una obra de acuerdo a ciertas funciones. Este libro o esta obra imaginaria sería, sin duda alguna, más amplia que la suma de sus partes, aunque sus coordenadas podrían quedar bien delimitadas. Sin embargo, ni siquiera con un índice exhaustivo como el de Benjamin podríamos hacernos una idea del canon personal, íntimo, subjetivo hasta la extenuación, de lo que nutre la imaginación de un escritor.

 

*Imágenes: 1)Dominio Público; 2)  Arturo Espinosa – Flickr / Creative Commons