En Calle de dirección única (1928), Walter Benjamin escribió:

Una tradición popular desaconseja relatar los sueños en ayunas a la mañana siguiente. La persona que acaba de despertar aún está cautivada por sus sueños. Al asearse, va sacando a la luz escasamente la superficie del cuerpo y sus visibles funciones motoras, mientras en las capas más profundas persiste el gris crepúsculo del sueño…

Pero, ¿podríamos asegurar a ciencia cierta que la vigilia y el sueño son dos fronteras que no se contaminan mutuamente o, por el contrario, podríamos decir que el entendimiento del universo onírico, en Benjamin, sirve como pista de despegue para una teoría general de la Historia, es decir, de un sueño colectivo del pensamiento occidental al menos desde el siglo XV?

La figura del flâneur es, para Benjamin, semejante a la del soñador que atraviesa el mundo onírico, en tanto sujeto caminante, vagabundo, que recorre los lugares que mejor conoce como si no los conociera, dejándose fascinar, sorprender, seducir, pero también indignar y enfurecer. No es casual que Benjamin haya escrito algunas de las mejores páginas respecto a Baudelaire, el poeta por excelencia de la flânerie, de la vagancia alucinada y el vagabundeo creativo.

El registro y la escritura del sueño, para Benjamin, son un rito de paso cotidiano, una forma de documentar la memoria de eso que “no sabemos que sabemos”, como diría el psicoanálisis acerca de la emergencia del inconsciente (aunque Benjamin fue un feroz crítico de esta disciplina).

Pero escribir los sueños apenas despertar no es lo mismo que analizarlos: para Benjamin, soñar es “un saber aún no consciente de lo sido”; reportar por escrito los hallazgos de la vida onírica no implica tratar de “traducirlos” o de extraer diagnósticos de ellos. De hecho, para Benjamin se trata precisamente de lo contrario. El relato del sueño es, a su modo, un sueño en la vigilia, impenetrable y radicalmente otro.

Este lidiar con la propia extrañeza nutrirá la visión histórica que Benjamin vislumbra en el proyecto Pasajes de París (una idea de la Historia metaforizada en los pasajes comerciales de París a principios del siglo XX, con el boom de la mercantilización trasatlántica y el auge de la producción en masa), y cuyo germen (obra finalmente fractálica) se encuentra dispersa en sus escritos sobre Historia. Pero tan importante como el sueño es el despertar, tanto fisiológico (contemos o no nuestros sueños) como colectivo:

El despertar es un proceso gradual que se impone en la vida de la generación y el individuo. Dormir es por cierto su fase primaria. La experiencia juvenil de una generación tiene en común con la experiencia onírica. Su figura histórica es onírica. Toda época tiene su lado infantil, ese lado vuelto hacia los sueños. Para el pasado siglo eso representan los pasajes.

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En Calle de dirección única (1928), Walter Benjamin escribió:

Una tradición popular desaconseja relatar los sueños en ayunas a la mañana siguiente. La persona que acaba de despertar aún está cautivada por sus sueños. Al asearse, va sacando a la luz escasamente la superficie del cuerpo y sus visibles funciones motoras, mientras en las capas más profundas persiste el gris crepúsculo del sueño…

Pero, ¿podríamos asegurar a ciencia cierta que la vigilia y el sueño son dos fronteras que no se contaminan mutuamente o, por el contrario, podríamos decir que el entendimiento del universo onírico, en Benjamin, sirve como pista de despegue para una teoría general de la Historia, es decir, de un sueño colectivo del pensamiento occidental al menos desde el siglo XV?

La figura del flâneur es, para Benjamin, semejante a la del soñador que atraviesa el mundo onírico, en tanto sujeto caminante, vagabundo, que recorre los lugares que mejor conoce como si no los conociera, dejándose fascinar, sorprender, seducir, pero también indignar y enfurecer. No es casual que Benjamin haya escrito algunas de las mejores páginas respecto a Baudelaire, el poeta por excelencia de la flânerie, de la vagancia alucinada y el vagabundeo creativo.

El registro y la escritura del sueño, para Benjamin, son un rito de paso cotidiano, una forma de documentar la memoria de eso que “no sabemos que sabemos”, como diría el psicoanálisis acerca de la emergencia del inconsciente (aunque Benjamin fue un feroz crítico de esta disciplina).

Pero escribir los sueños apenas despertar no es lo mismo que analizarlos: para Benjamin, soñar es “un saber aún no consciente de lo sido”; reportar por escrito los hallazgos de la vida onírica no implica tratar de “traducirlos” o de extraer diagnósticos de ellos. De hecho, para Benjamin se trata precisamente de lo contrario. El relato del sueño es, a su modo, un sueño en la vigilia, impenetrable y radicalmente otro.

Este lidiar con la propia extrañeza nutrirá la visión histórica que Benjamin vislumbra en el proyecto Pasajes de París (una idea de la Historia metaforizada en los pasajes comerciales de París a principios del siglo XX, con el boom de la mercantilización trasatlántica y el auge de la producción en masa), y cuyo germen (obra finalmente fractálica) se encuentra dispersa en sus escritos sobre Historia. Pero tan importante como el sueño es el despertar, tanto fisiológico (contemos o no nuestros sueños) como colectivo:

El despertar es un proceso gradual que se impone en la vida de la generación y el individuo. Dormir es por cierto su fase primaria. La experiencia juvenil de una generación tiene en común con la experiencia onírica. Su figura histórica es onírica. Toda época tiene su lado infantil, ese lado vuelto hacia los sueños. Para el pasado siglo eso representan los pasajes.

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