At first there is nothing, then there is a profound nothingness, after that a blue profundity.

Yves Klein

Si ya de por sí los nombres de los colores raros son un jardín de delicias, la invención de un nuevo color es fascinante. Y es que de todas las cosas que puede “inventar” una persona, un color es un elemento en sí mismo, y como tal está a disposición de quienquiera utilizarlo. Además, crear un color es un acto que no carece de pretensiones de proporción divina.

Esto fue lo que hizo el artista francés Yves Klein, quien no solo “inventó” un color sino que este fue un tono de azul (sin duda el más evocador de nuestra gama) y lo registró bajo el nombre International Klein Blue (IKB), o Azul Klein.

Hijo de una pareja de pintores, amante de la magia y obseso de los poderes del color, Yves Klein (1928-1962) fue uno de los más provocadores artistas franceses de la postguerra y una figura crucial en el desarrollo del arte conceptual. Y aunque murió apenas a los 34 años, sus constantes y múltiples experimentaciones con polímeros lo llevaron nada menos que a descubrir un tono de color.

Fue en 1956, durante unas vacaciones en Niza, cuando Klein comenzó a experimentar con un polímero para preservar la luminiscencia y textura de un pigmento de azul ultramarino. Un año después, el artista realizó su primera exposición de monocromos azules; una muestra exitosa que marcaría lo que el mismo Klein llamó su “revolución azul”. Esta tendencia se extendería posteriormente a la creación de globos, esponjas y estatuas en el mismo tono. Poco tiempo después, en mayo de 1960, Klein registró su color ayudado por un equipo de químicos de la compañía farmacéutica francesa Rhône Poulenc.

La importancia de la obra de Klein radica en su búsqueda de significado dentro de la pureza del color y la manera en que este puede provocar una experiencia espiritual. Para él, el color es un elemento abstracto que transmite ideas y sentimientos concretos.

Como un hombre con una profunda fe católica pero también con toques de budismo zen (debido a que vivió en Japón un año), Klein reposicionó el azul —en otros momentos también utilizó el dorado y el rosa— como símbolo de la eternidad y lo divino en la iconografía cristiana.

El Azul Klein —vibrante, tónico, profundo— no sólo es un color, es también un símbolo del vacío y la vastedad, una expresión del reino de lo inmaterial, y su creación constituye un gesto radical que nació del amor por los colores y su calidad intuitiva.

At first there is nothing, then there is a profound nothingness, after that a blue profundity.

Yves Klein

Si ya de por sí los nombres de los colores raros son un jardín de delicias, la invención de un nuevo color es fascinante. Y es que de todas las cosas que puede “inventar” una persona, un color es un elemento en sí mismo, y como tal está a disposición de quienquiera utilizarlo. Además, crear un color es un acto que no carece de pretensiones de proporción divina.

Esto fue lo que hizo el artista francés Yves Klein, quien no solo “inventó” un color sino que este fue un tono de azul (sin duda el más evocador de nuestra gama) y lo registró bajo el nombre International Klein Blue (IKB), o Azul Klein.

Hijo de una pareja de pintores, amante de la magia y obseso de los poderes del color, Yves Klein (1928-1962) fue uno de los más provocadores artistas franceses de la postguerra y una figura crucial en el desarrollo del arte conceptual. Y aunque murió apenas a los 34 años, sus constantes y múltiples experimentaciones con polímeros lo llevaron nada menos que a descubrir un tono de color.

Fue en 1956, durante unas vacaciones en Niza, cuando Klein comenzó a experimentar con un polímero para preservar la luminiscencia y textura de un pigmento de azul ultramarino. Un año después, el artista realizó su primera exposición de monocromos azules; una muestra exitosa que marcaría lo que el mismo Klein llamó su “revolución azul”. Esta tendencia se extendería posteriormente a la creación de globos, esponjas y estatuas en el mismo tono. Poco tiempo después, en mayo de 1960, Klein registró su color ayudado por un equipo de químicos de la compañía farmacéutica francesa Rhône Poulenc.

La importancia de la obra de Klein radica en su búsqueda de significado dentro de la pureza del color y la manera en que este puede provocar una experiencia espiritual. Para él, el color es un elemento abstracto que transmite ideas y sentimientos concretos.

Como un hombre con una profunda fe católica pero también con toques de budismo zen (debido a que vivió en Japón un año), Klein reposicionó el azul —en otros momentos también utilizó el dorado y el rosa— como símbolo de la eternidad y lo divino en la iconografía cristiana.

El Azul Klein —vibrante, tónico, profundo— no sólo es un color, es también un símbolo del vacío y la vastedad, una expresión del reino de lo inmaterial, y su creación constituye un gesto radical que nació del amor por los colores y su calidad intuitiva.

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